Capítulo 14 Dos caras de la misma monedaElena
Elen a
L a mañana había empezado con una tranquilidad engañosa.
El hospital estaba inmerso en su rutina habitual, con pacientes entrando y saliendo, y el personal concentrado en sus tareas.
Pero esa calma se rompió de golpe cuando un joven llegó cubierto de polvo y con el rostro desencajado por la urgencia.
—¡Hay un ataque! —exclamó, casi sin aliento—. La guerrilla ha arrasado una aldea cercana. Necesitan ayuda. ¡Es urgente!
Las palabras del chico resonaron en el hospital como una bomba. El director Malowe, siempre sereno, ordenó de inmediato la formación de un equipo médico. Sabía que no había tiempo que perder.
Tomé mi maletín, lleno con lo esencial para tratar heridas de emergencia, y me uní al equipo sin dudarlo. Mientras nos apresurábamos a subir a las camionetas, Malowe nos dio las últimas instrucciones.
—Recordad, cada segundo cuenta. Tratad a los heridos que aún puedan salvarse, estabilicen a los más graves, por los que no se pueda hacer nada…
—dejó inconclusa la frase, pero todos sabíamos qué significaba—, y protéjanse.
No tenemos ni idea de cómo es la situación, pero damos por hecho que es inestable. Así que no corran riesgos innecesarios.
El viaje hacia la aldea fue rápido, pero cada segundo se sentía eterno.
El silencio en la camioneta era opresivo, roto solo por el rugido del motor y el traqueteo de las ruedas sobre el camino de tierra.
Podía sentir la tensión en el aire, todos sabíamos que nos dirigíamos hacia una situación caótica y peligrosa.
Cuando llegamos a la aldea, el horror nos golpeó en plena cara.
Las chozas estaban reducidas a escombros y cenizas, el humo aún se elevaba en columnas negras hacia el cielo.
Los pocos edificios de ladrillo que habían sobrevivido al fuego estaban llenos de agujeros de bala. Pero lo peor era la gente.
Los cuerpos yacían esparcidos por el suelo, muchos de ellos niños, sus pequeñas figuras inmóviles, cubiertas de polvo y sangre. Sentí que el aire me faltaba, era dantesco, pero no podía permitirme un segundo de debilidad. No ahora.
—¡Rápido! —gritó uno de los médicos mientras bajábamos de la camioneta—. Hay heridos que necesitan atención urgente.
Nos separamos, cada uno tomando una dirección diferente para atender al mayor número de heridos posible.
Me acerqué a un grupo de mujeres que estaban arrodilladas junto a un cuerpo pequeño, el de un niño que no tendría más de seis años.
Una de las mujeres levantó la vista hacia mí, sus ojos llenos de desesperación.
—Por favor, sálvalo —suplicó en inglés con la voz rota por el llanto.
Asentí y me arrodillé junto al niño, pero en cuanto toqué su cuello para buscar el pulso, supe que era demasiado tarde.
Cerré los ojos por un segundo, luchando contra las lágrimas que amenazaban con brotar.
Estaba rota, nunca había visto algo así salvo en alguna película o en el telediario cuando hablaban de hechos parecidos, algo lejano.
Sin embargo ahora estaba en mitad de esa pesadilla y me faltaba el puto aire.
Me obligué a centrarme, negué con la cabeza en dirección a la madre y le susurré una disculpa en inglés.
No podía quedarme ahí, tenía que dejarla destrozada por la muerte de su hijo.
Ella podía llorar, yo no tenía tiempo para el dolor.
Me levanté, y salí corriendo en busca de otros a los que sí pudiera salvar.
Todo era un absoluto caos. La gente gritaba, los heridos gemían, y la destrucción estaba por todas partes. Me acerqué a una choza parcialmente derrumbada, de donde salían gritos ahogados. Dentro, encontré a un hombre atrapado bajo los escombros, su pierna aplastada por una viga de madera.
—Voy a sacarte de aquí —dije, con la voz lo más firme posible.
Con la ayuda de otros dos médicos, levantamos la viga lo suficiente para liberar la pierna del hombre.
Lo arrastramos fuera, y pude ver que estaba en shock, su mirada fija en algún punto más allá de nosotros.
Sin tiempo que perder, empecé a tratar sus heridas, improvisando un torniquete para detener la hemorragia.
A medida que avanzábamos, la magnitud de la destrucción se volvía más evidente.
Los gritos de los heridos y el llanto de los que habían perdido a sus seres queridos llenaban el aire, creando una atmósfera de desesperación que parecía envolverlo todo.
Mi mente trabajaba a mil por hora, intentando concentrarse en lo que tenía que hacer, pero no podía ignorar la sensación de impotencia que llenaba mis pensamientos.
Horas después, cuando todos los heridos que pudimos encontrar habían sido tratados, nos reunimos junto a las camionetas.
El sol ya comenzaba a ponerse, y las sombras se alargaban sobre la tierra quemada.
Pero incluso entonces, el peligro no había pasado.
Lo sentía en el aire, vibraba como el zumbido de un insecto que nos alertaba de su presencia antes de la picadura mortal.
Javier apareció de repente, con la mirada tensa y las manos cerca del cinturón donde llevaba su arma. Su rostro, por lo general controlado, estaba cargado de una energía contenida, como si estuviera listo para actuar en cualquier momento.
—Tenemos que irnos —dijo, su tono más urgente de lo que lo había oído antes—. Ahora —ordenó con tono agrio.
—¿Qué pasa? —pregunté, sin poder ocultar la preocupación en mi voz.
—La guerrilla está más cerca de lo que pensamos —respondió, mirando a los médicos que cargaban a los heridos en las camionetas—. Esto no ha terminado.
La gravedad en sus palabras era inconfundible. Nos movimos más rápido, subiendo a los pacientes en los vehículos y preparándonos para regresar al hospital. Sabíamos que no podíamos quedarnos aquí por más tiempo, no con la posibilidad de que la guerrilla volviera para terminar lo que había empezado.
El viaje de regreso fue aún más tenso que el de ida. Los heridos gemían en la parte trasera de las camionetas, y el aire estaba cargado con el olor del humo y la sangre. Mi corazón latía con fuerza, pero me obligué a mantener la calma. Sabía que cualquier error podría costar más vidas.
En medio del trayecto, justo cuando empezaba a pensar que lo peor había pasado, sentí un tirón en el estómago cuando Javier frenó en seco y, antes de que pudiera preguntar qué ocurría, escuché voces y vi movimiento en los arbustos al borde del camino.
El director Malowe, que estaba en la camioneta con nosotros, se asomó por la ventanilla, su rostro tensándose al ver lo que se desarrollaba frente a nosotros.
—Manténganse alerta —ordenó con voz firme—. Elena, prepárate para cualquier cosa. Esto podría ponerse peor.
Un grupo de hombres armados salió de la maleza, sus rostros estaban cubiertos por pañuelos y sus ojos eran fríos, calculadores. La guerrilla. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda al darme cuenta de que estábamos atrapados.
Uno de los hombres, el que parecía ser el líder, se acercó a la camioneta, su mirada fija en nosotros. Antes de que pudiera reaccionar, uno de ellos me agarró del brazo, sacándome fuera del vehículo con una fuerza que me dejó sin aliento.
—¡Javier! —grité, por instinto.
Pero no fue Javier quien respondió. El líder de la guerrilla me empujó contra el suelo, su mirada llena de una crueldad que me heló la sangre. Podía sentir su aliento en mi rostro, el olor a pólvora y sudor mezclándose en el aire.
—Quédate quieta, doctorcita —murmuró con una sonrisa torcida—. No querrás que esto termine mal, ¿verdad?
Mi cabeza iba a mil por hora. Tenía que estar acojonada; mi vida estaba en peligro. Sin embargo, solo podía pensar en por qué me había llamado ‹‹doctorcita››.
—No me llame doctorcita —respondí. Sabía que tenía que mantener la boca cerrada, pero la ira y la frustración quemaban tanto bajo mi piel que tenía que darles una salida.
El hombre esbozó una sonrisa, lo supe por sus ojos, no podía verle la cara y con su arma apuntó a mi cabeza.
El frío metal sobre la piel de mi sien provocó un escalofrío en mi cuerpo que me recorrió de arriba abajo.
Tenía que obligarme a encontrar una forma de librarme de esto.
Pero, antes de que dijera o hiciera algo más, un disparo estalló cerca.
Muy cerca. El hombre se tambaleó, su expresión de sorpresa congelada en su rostro mientras caía al suelo. Sin vida.
Alcé la mirada y vi a Javier sosteniendo su arma aún humeante, su mirada fría y desprovista de emoción. Había actuado sin dudar, sin un segundo de vacilación.
Otro hombre que había cerca, retrocedió, dijo algo en suajili que provocó una sonrisa en Javier que me heló la sangre, sin sentimiento alguno, parecía…
parecía poseído por el mismo Diablo. Javier murmuró algo en el idioma del hombre que no logré comprender, pero sí vi el terror en los ojos de este antes de ser derribado por otro disparo de Javier.
Grité y reculé hacia atrás, asustada. ¿Dónde demonios me había enviado Andrés?
Observé como el resto de los guerrilleros se dispersaba a toda prisa. Tenían claro que no había oportunidad contra él. El aire se llenó de un silencio pesado, solo roto por el sonido de mi respiración entrecortada.
Javier se acercó a mí, extendiéndome la mano para ayudarme a levantarme, pero me quedé allí, en el suelo, mirando los cuerpos sin vida a mi alrededor. La realidad de lo que había pasado me golpeó con fuerza, y sentí una mezcla de alivio y horror que me dejó aturdida.
—Vamos, Elena —dijo Javier, su tono más suave ahora, pero con una urgencia subyacente—. Tenemos que seguir adelante.
Dudé, pero después de sopesar la situación me quedó claro que, si quería seguir con vida tenía que tomar la mano que me ofrecía. Aun así, no pude evitar mirarlo con miedo.
—Mataste a esos hombres... —susurré, sin poder contener la acusación en mi voz.