Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 13 El sonido de la vidaElena
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Capítulo 13 El sonido de la vidaElena

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E l hospital está más tranquilo de lo usual esta mañana, un silencio que contrasta con la agitación de los últimos días.

Hoy es mi día libre, una rareza que casi no sé cómo manejar.

La idea de tener tiempo para mí misma es tentadora, y decido que necesito salir del entorno cerrado del hospital, explorar más allá de sus muros y sumergirme en el mundo que sé que existe fuera de él.

Decido ir al mercado local que, según me han contado, es un lugar lleno de vida, colores y sonidos.

Algo tan simple como un mercado podría ser justo lo que necesito para despejar mi mente, una oportunidad para perderme entre los puestos y las sonrisas de la gente, y recordar que hay más en este lugar que las paredes blancas y la tensión de la sala de urgencias. Y leones.

El sendero que lleva al pueblo está polvoriento y rodeado de una vegetación exuberante.

El cielo es de un azul tan intenso que parece que podría caerse sobre nosotros en cualquier momento y el sol, ya alto, calienta mi piel mientras camino.

La sensación de estar al aire libre, de no tener una agenda que seguir por unas horas, es liberadora.

Cuando llego al mercado me sorprende la explosión de color y movimiento.

Los puestos están repletos de frutas exóticas, especias que llenan el aire con aromas picantes, y telas tan vibrantes que parecen capturar la esencia misma de África.

El bullicio de la gente, los gritos de los vendedores ofreciendo sus mercancías y las risas de los niños que corren entre las piernas de los adultos crean una sinfonía caótica que, de alguna manera, me reconforta. Es el sonido de la vida.

Me detengo en un puesto que vende artesanías, donde una mujer mayor exhibe collares y pulseras hechos a mano.

Las cuentas de madera y los hilos trenzados están dispuestos con una meticulosidad que no puedo evitar admirar.

Tomo uno de los collares y lo sostengo a la luz del sol, viendo cómo brilla cada cuenta pulida.

—Nzuri sana [5] —digo, recordando la frase que Grace, una de las enfermeras locales, me enseñó. Quiero que la mujer sepa cuánto aprecio su trabajo.

La mujer me devuelve una amplia sonrisa y, aunque responde en suajili, el tono cálido de su voz es universal. Compro el collar, sintiendo que es un pequeño trozo de este lugar que puedo llevar conmigo.

Continúo explorando el mercado, perdiéndome en la energía del lugar. Todo aquí parece tan auténtico, tan arraigado en la tierra que, por un momento, me olvido de por qué estoy realmente aquí, de la razón por la que fui enviada a este rincón del mundo.

Mientras examino un puesto de especias, siento una presencia familiar.

Giro la cabeza y, para mi sorpresa, veo a Javier, parado junto a un puesto de frutas, parece inmerso en una conversación con el vendedor.

Lleva su habitual ropa oscura, pero aquí, bajo el sol y en medio de la vida del mercado, parece menos sombrío, casi relajado.

Cuando termina su conversación, levanta la vista y nuestros ojos se encuentran.

Un destello de reconocimiento pasa por su rostro antes de que una leve sonrisa curve sus labios.

Se despide del vendedor y se dirige hacia mí, moviéndose con esa mezcla de seguridad y cuidado que siempre parece acompañarlo.

—No esperaba verte aquí, doctora —dice, su tono más relajado de lo que acostumbra.

—Tampoco yo —respondo, sonriendo—. Hoy es mi día libre. Pensé que sería bueno conocer un poco más del lugar.

—Buena elección —dice, echando un vistazo a los puestos a nuestro alrededor—. Este mercado tiene su encanto. No es tan caótico como algunos otros que he visto.

La conversación fluye con facilidad, más de lo que esperaba. Aquí, fuera del entorno del hospital, Javier parece más accesible, menos en guardia. Es casi desconcertante verlo así, como si fuera una persona diferente.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, curiosa—. No te imaginaba paseando por un mercado local en tu tiempo libre.

Javier se encoge de hombros, una leve sonrisa jugando en sus labios.

—Tengo mis costumbres —dice—. A veces, es bueno ver un lado diferente de las cosas. Y, además, necesito reabastecerme de algunas provisiones.

—¿Provisiones? —repito, arqueando una ceja—. En un mercado de frutas…

—Nunca subestimes lo que puedes encontrar en un mercado local —responde con tono enigmático.

Nos quedamos en silencio por un momento, pero es un silencio cómodo. Me doy cuenta de que, a pesar de su aura de peligro y su naturaleza reservada, Javier tiene un lado más accesible cuando no está en ‹‹modo misión››.

Tras un rato, rompo el silencio.

—Y, ¿cómo terminaste aquí? —pregunto, intentando no sonar demasiado intrusiva, pero la curiosidad me puede, más tras saber que el otro día eludió la respuesta—.

En este lugar, quiero decir. El otro día no me respondiste —le recuerdo—.

La verdad es que eras la última persona a la que esperaba ver aquí…

Javier me mira por un momento, como si estuviera decidiendo cuánto compartir. Luego, con un suspiro casi imperceptible, responde.

—Llegué aquí después de que las cosas se complicaran en… otros lugares —murmura y siento que esos ‹‹otros lugares›› soy yo—. Digamos que tuve que alejarme por razones que prefiero no detallar. Y este lugar es un buen sitio para desaparecer, para hacer trabajos que requieren cierta... discreción.

—Suena a que llevas una vida interesante —comento, tratando de no sonar demasiado sorprendida por su franqueza.

—Interesante no siempre es bueno, doctora —responde, su tono sombrío de nuevo, aunque no hostil.

—¿Y disfrutas de este trabajo? —pregunto, observando su expresión.

—Es lo que sé hacer —responde con una sinceridad que me desarma—. No sé si ‹‹disfrutar›› es la palabra correcta, pero es lo que hay.

Antes de que pueda preguntar más, Javier cambia de tema, como si hubiera decidido que ese tema de conversación ha llegado a su fin.

—Si no tienes planes —dice de repente—, puedo llevarte a un lugar que pocos conocen. Es uno de esos sitios que ni siquiera aparece en los mapas.

La curiosidad se despierta en mí, y aunque sé que salir con Javier significa adentrarme de nuevo en aguas turbulentas, no puedo resistirme a la oferta.

—¿De qué tipo de lugar estamos hablando? —pregunto, tratando de averiguar si esto es una buena idea.

—Un lago —responde—. No muy lejos de aquí. Es un lugar tranquilo, pero también... interesante. Tiene algunos visitantes regulares que no son precisamente los más amigables.

—¿Visitantes? —inquiero, levantando una ceja.

—Hipopótamos —dice, con una sonrisa que revela un atisbo de diversión—. No te preocupes, no planeo nadar con ellos.

La idea de ver hipopótamos en su hábitat natural suena tentadora, y sé que esta es una oportunidad que no se presenta todos los días. Además, una parte de mí quiere saber más sobre Javier, sobre lo que ha hecho todos estos años.

—Me parece bien —respondo, con una sonrisa—. Vamos.

Javier asiente y me hace un gesto para que lo siga. Caminamos juntos hasta donde tiene estacionada su camioneta, un vehículo que ya se ha vuelto tan familiar para mí como el hospital mismo. Subimos, y en pocos minutos estamos en camino, dejando atrás el bullicio del mercado.

El viaje es tranquilo, con el paisaje de la sabana extendiéndose a nuestro alrededor.

Las montañas se alzan a lo lejos y el cielo, despejado y azul, parece no tener fin.

El sol brilla con fuerza, haciendo que la tierra roja y la verde vegetación resalten con una viveza que no se ve en otros lugares.

—Este lugar es increíble —comento mientras miro por la ventana, perdiéndome en el paisaje.

—Sí, lo es —responde Javier, su tono pensativo—. Es fácil olvidar lo que tienes enfrente cuando te concentras solo en el trabajo.

Mientras nos acercamos al lago, Javier se relaja un poco más, y me atrevo a preguntarle más sobre él.

—Así que, ¿estás de misión? —digo, intentando sonar casual.

—Algo así —responde.

—¿Y cómo terminaste aquí, trabajando para el hospital?

—Malowe necesitaba a alguien que pudiera hacer lo que sus doctores y enfermeras no pueden —responde, su tono se ha vuelto un poco más sombrío—. Alguien que se moviera en las sombras y que no hiciera preguntas. Este es un lugar complicado, Elena. Las cosas no siempre son lo que parecen.

—¿Te refieres al director del hospital? —pregunto, sintiendo que estoy tocando una cuerda sensible.

Javier hace una pausa antes de responder.

—Malowe es... práctico. Sabe lo que tiene que hacer para mantener este lugar funcionando. Pero su pragmatismo a veces lo lleva a cruzar líneas que otros no se atreverían a cruzar.

—¿Y tú? ¿Dónde te posicionas en todo esto? —pregunto, sin apartar la mirada de él.

Javier gira la cabeza y me mira por un segundo, luego vuelve a concentrarse en el camino.

—Yo me coloco en donde tengo que estar para hacer el trabajo —responde—. Nada más.

Llegamos a una pequeña colina desde donde se puede ver el lago. El agua es de un azul profundo, reflejando el cielo y las nubes dispersas que flotan con pereza. Es un lugar tranquilo, apartado, donde la naturaleza parece gobernar sin la interferencia del hombre.

Bajamos de la camioneta y nos acercamos al borde del lago. El lugar está desierto, salvo por algunas aves que se deslizan por el agua y los inconfundibles sonidos de los hipopótamos chapoteando más allá, entre los juncos.

—Es hermoso —digo, tomando un momento para absorber la paz que emana de este lugar.

—Sí, lo es —responde Javier, con un tono que sugiere que está de acuerdo, pero también que está pensando en otra cosa.

Nos quedamos allí por un rato, en silencio, observando el lago. Es extraño, pero en este lugar remoto, la distancia entre nosotros parece disminuir, como si el peligro constante de nuestras vidas diarias no tuviera cabida aquí.

—Esto es diferente a lo que suelo hacer —dice Javier de repente, con un tono reflexivo—. No suelo traer a nadie a este lugar.

—Entonces, ¿por qué a mí? —pregunto, mirándolo sin pestañear.

Javier se encoge de hombros.

—Supongo que quería mostrarte algo más de este sitio, algo más que no fuera el hospital y los problemas que nos rodean. No sé si es lo correcto, pero pensé que te vendría bien ver algo de luz, como un recordatorio de que no todo es oscuridad aquí.

—Te lo agradezco —respondo, sintiendo que sus palabras, aunque pocas, cargan un peso considerable—. A veces, es fácil olvidar que hay más allá de lo que vemos todos los días.

Javier asiente y, por un momento, parece que va a decir algo más, pero en lugar de eso se queda mirando el lago como si buscara alguna respuesta en el agua.

—¿Qué harás después de esto? —pregunto, esperando que continúe la conversación.

—No lo sé —responde con sinceridad—. Vivo día a día. En este trabajo, no puedes hacer muchos planes a largo plazo.

El momento se quiebra cuando uno de los hipopótamos emerge del agua, resoplando y causando una pequeña ola que se desplaza hacia la orilla. Javier da un paso atrás instintivamente, mientras yo me río con suavidad, sorprendida por lo cerca que están en realidad.

—Creo que es hora de irnos —dice Javier, con una sonrisa que muestra un destello de diversión—. No querrás estar cerca cuando decidan salir del agua.

—Sí, mejor no tentar a la suerte —respondo, todavía sonriendo.

Volvemos a la camioneta, y mientras nos alejamos del lago, me doy cuenta de que este día ha sido mucho más que un simple descanso del hospital.

He visto un lado diferente de Javier, y él ha visto algo en mí que, supongo, no esperaba.

El viaje de regreso al hospital es tranquilo, con ambos inmersos en nuestros pensamientos, pero la atmósfera entre los dos ha cambiado, como si hubiéramos cruzado una barrera invisible y ahora estuviéramos en un terreno diferente, uno donde la comprensión y el respeto comienzan a echar raíces.

Mientras las luces del hospital aparecen a lo lejos, no puedo evitar sentir que este día ha marcado un punto de inflexión. No sé qué traerá el futuro, pero por primera vez en mucho tiempo, siento que estoy justo donde necesito estar.