Capítulo 11 Un nuevo comienzoElena #2
Asiento, recogiendo mis cosas mientras la familia nos agradece en su lengua materna a la vez que me ponen en la mano piezas de fruta.
Salimos de la choza y nos dirigimos de nuevo a la camioneta, pero antes de que podamos llegar, un sonido en la selva nos hace detenernos en seco.
Es un gruñido bajo, profundo, que resuena en el aire como un eco de peligro inminente.
—¿Qué cojones es eso? —pregunto, sintiendo un nudo formarse en mi estómago.
Javier no responde de inmediato, sus ojos están fijos en la oscuridad más allá del claro. Entonces, lo veo. Dos puntos brillantes, reflejando la luz tenue que queda del día. Ojos, observándonos desde la espesura.
—León —susurra Javier, sin apartar la vista—. No te muevas.
Mi corazón late con fuerza mientras el león emerge de la selva, su cuerpo grande y musculoso moviéndose con una elegancia letal.
Nos observa, midiendo la distancia, el peligro.
Por un momento, el mundo parece detenerse, y el sonido de la selva se desvanece, remplazado por el atronador latido de mi corazón.
—Pensé que eran las hembras las que cazaban —murmuro, mi mente a toda prisa busca cualquier detalle que me diga que no estoy en peligro, que, aunque acojone tener un puto león cara a cara, sin una reja o cristal que nos separe, voy a salir con vida de esta.
—Por lo general sí —responde Javier, su voz apenas es audible—. Pero los machos también cazan cuando están solos o necesitan defender su territorio.
—No quiero su territorio para nada, todo para él. Si tiene hambre que se coma la fruta —murmuro muy bajito y a toda hostia. Por si acaso no me da tiempo a terminar la frase.
El león sigue observándonos, y Javier, con movimientos lentos y controlados, da un paso hacia adelante, interponiéndose entre el león y yo.
Ese gesto protector hace que tenga que tragar con fuerza, empujar hacia abajo las ganas de abrazarlo que me han entrado.
Puedo ver la tensión en sus músculos, el control absoluto que tiene sobre cada movimiento.
Siento el pánico subir por mi garganta, pero lo empujo hacia abajo.
No hay lugar para el miedo aquí, no si queremos salir de esta.
Una figura emerge de una choza cercana, un joven que ha notado el peligro demasiado tarde. El león reacciona al instante, su atención se desvía hacia la nueva amenaza. El joven grita, tratando de retroceder, pero el león ya está en marcha, lanzándose hacia él con una velocidad que quita el aliento.
—¡Cuidado! —grito, pero el sonido de mi voz se ve ahogado por el rugido del león.
Javier se lanza hacia adelante, sin perder un segundo, disparando al aire para ahuyentar al animal.
El estruendo del disparo retumba en la aldea, y el león se detiene en seco, confundido y aturdido.
Por un momento, parece que va a retroceder, pero luego sus ojos se fijan en el joven, que ha caído al suelo en su intento por escapar.
El león salta sobre él, y todo se convierte en un caos.
La gente grita, el polvo se levanta en nubes espesas, y mi corazón parece detenerse en mi pecho.
Javier dispara de nuevo, esta vez más cerca del león, y el animal retrocede lanzando un último rugido de advertencia antes de desaparecer en la oscuridad.
Corro hacia el joven, que yace en el suelo, cubierto de sangre.
Las garras del león han abierto su costado, y la herida es profunda, peligrosa.
Me arrodillo a su lado, sintiendo que el tiempo se acelera mientras mis manos buscan entre mi equipo algo, cualquier cosa, que pueda usar para detener la hemorragia.
—Necesito espacio —grito, mi voz firme, aunque por dentro estoy luchando contra el pánico —. ¡Y luz! ¡No veo una puta mierda! —aulló desesperada porque puedo oler cómo la vida de ese chico se me escapa entre las manos.
Javier se coloca junto a mí, iluminándome con la linterna del móvil, un puto móvil, y con la mano libre me ayuda a limpiar la herida lo mejor que podemos con lo poco que tenemos.
La situación es crítica, y el tiempo corre en contra del joven.
Las posibilidades de que sobreviva sin una cirugía adecuada son escasas, pero no puedo permitir que eso me detenga.
—Javier, necesito que mantengas presión aquí —le digo, señalando un punto específico en la herida—.
Dile a alguien que nos ilumine —pido. Yo no sé hablar suajili, lo bueno es que en el hospital casi todos hablan inglés, aunque no es lo mismo en esta aldea.
Por suerte sé que él controla lo suficiente.
Él obedece sin dudar, pide a uno de los hombres que nos ilumine y con sus manos firmes tapona la herida mientras yo preparo el bisturí.
La sangre sigue manando, pero mis pensamientos están enfocados, despejados.
No puedo permitirme el lujo de repasar lo que podría salir mal.
Todo lo que importa es mantenerlo con vida.
La cirugía de emergencia es una lucha constante.
El joven se retuerce de dolor, y Javier debe sostenerlo para que no se mueva.
El sudor corre por mi frente, mezclándose con la sangre que cubre mis manos.
La realidad de lo que estoy haciendo, sin los recursos adecuados, en medio de la selva, apenas parece real, pero no me detengo.
Después de lo que parece una eternidad, consigo suturar la herida. La hemorragia se detiene, pero el joven está débil, apenas consciente. Siento que mis manos tiemblan mientras limpio lo mejor que puedo la zona, con los recursos limitados que tenemos, que no son mucho más que nada.
Miro a Javier, esperando ver duda o preocupación en sus ojos. Pero lo que encuentro es algo más. Respeto.
—Lo hiciste bien, doctora —dice, su voz firme y clara.
La tensión en mis hombros se disipa un poco, pero solo por un momento. Hay tanto por hacer…, y el joven sigue en peligro.
—Hay que trasladarlo al hospital lo antes posible —digo, levantándome y tomando una bocanada de aire profunda para calmarme.
—Lo llevaremos ahora mismo —responde Javier, su tono decidido, ya moviéndose para organizar el transporte.
Nos apresuramos a subir al joven en la camioneta, y mientras Javier arranca el motor, me vuelvo hacia él, mi curiosidad al final ha superado mi cansancio.
—¿Ya no soy ‹‹doctorcita››? —pregunto, con una ligera sonrisa, intentando aliviar la tensión.
Javier me mira de reojo y, por primera vez, su expresión es casi cálida.
—No. Hoy has demostrado la gran doctora que eres.
Las palabras, tan simples, pero cargadas de significado, hacen que mi corazón se acelere por razones diferentes. No hay más que decir. El motor protesta, y nos dirigimos de vuelta al hospital.
El camino es largo, y el joven sigue luchando por su vida, pero sé que haremos todo lo posible por salvarlo. Cuando las luces del hospital aparecen en el horizonte, me doy cuenta de que algo ha cambiado entre Javier y yo: un respeto mutuo, forjado en la adversidad, que marca un nuevo comienzo.