Capítulo 11 Un nuevo comienzoElena
Elen a
E l calor del día se cuela en cada rincón del hospital, haciendo que el aire se sienta pesado, casi inmóvil.
Estoy en la sala de pediatría, revisando por enésima vez los signos vitales de Juma, cuando siento una presencia a mis espaldas.
Antes de que pueda girarme, una voz profunda y familiar rompe el silencio.
—Creí que te había dicho que no tenía que verte tan seguido —suelto, a la vez que me doy la vuelta y me lo encuentro en la entrada, apoyado en el marco de la puerta, con esa mirada calculadora que es tan reacia a abandonarle.
Lleva la camiseta de siempre, pero el vendaje que asoma por debajo está manchado de sangre seca. Está claro que no ha seguido mis indicaciones al pie de la letra.
—No quería volver —afirma con tono mordaz—, pero he tenido un pequeño… problema —susurra mirando su camiseta manchada de sangre. Es reciente. Puedo olerla incluso desde aquí.
—¿Un pequeño problema? —repito—. No sé cómo se pueden tener problemas si uno guarda reposo —le echo en cara, tratando de mantener mi tono neutral, disimulando que me preocupa que su herida sangre de nuevo.
—‹‹Problema›› es mi segundo nombre —responde él, aunque no puedo evitar notar que hay algo diferente en su tono esta vez. Algo más grave.
—Ven aquí —le indico, haciendo un gesto para que se siente en la camilla junto a la cama de Juma—. Déjame ver esa herida.
Javier cruza la sala en silencio y se sienta, quitándose la camiseta con movimientos que revelan la rigidez en su brazo.
Me acerco con el botiquín en la mano, mis pensamientos centrados en lo que veo.
La herida parece haber empeorado, y el área alrededor del vendaje está inflamada y rojiza, lo que me deja claro que se ha infectado.
—Te advertí que tenías que tener cuidado —le digo mientras empiezo a limpiar la herida con cuidado.
—Lo sé. Pero resulta que no es tan sencillo —responde él, su voz más suave esta vez.
Mientras trabajo, el silencio se instala entre nosotros, uno lleno de cosas que no se han dicho. Mis manos se mueven con destreza, pero mi mente está a mil por hora, tratando de descifrar lo que está pasando en su cabeza. Tratando de adivinar qué tipo de misión ha vuelto a abrir su herida.
Lo miro con disimulo, puedo ver marcas de otras heridas de balas, antiguas y cicatrizadas. Cicatrices que corresponde a algún arma blanca, algunos hematomas en su abdomen, en su pecho… ¿Una pelea?
Justo cuando termino de aplicar el nuevo vendaje y voy a preguntarle dónde coño se ha metido, un golpe en la puerta nos interrumpe. Una de las enfermeras asoma la cabeza, con una expresión de urgencia que me hace enderezarme de inmediato.
—Doctora, acaba de llegar un mensaje de la aldea de Boma. Hay un niño muy enfermo, creen que es grave. Necesitan que vaya de inmediato —dice, su voz cargada de preocupación.
Mi mente se pone en marcha, evaluando la situación. Boma no está demasiado lejos, pero el camino es difícil, sobre todo a esta hora del día. No hay tiempo que perder.
—Voy a preparar el equipo —le digo a la enfermera—. Diles que estoy en camino.
Me giro hacia Javier, que ha estado observando la conversación en silencio, y veo que ya se ha puesto de pie, como si supiera lo que viene.
—¿Necesitas transporte? —pregunta, sus ojos fijos en los míos.
Dudo por un momento, pero sé que no tengo otra opción. Javier es quien mejor conoce estos caminos, y el tiempo es esencial.
—Sí, gracias —respondo, y en pocos minutos estamos listos para partir.
El motor de la camioneta resuena mientras nos abrimos paso por los estrechos caminos de tierra.
El sol comienza a ser engullido por el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja intenso que se refleja en la vegetación que nos rodea.
La selva es imponente, una mezcla de belleza y peligro que me resulta a la vez fascinante y aterradora.
Javier mantiene la vista en el camino, concentrado en cada curva y bache, mientras yo repaso en mi cabeza lo que podría necesitar para tratar al niño. El silencio se torna pesado, casi asfixiante y cuando creo que ya no puedo más, Javier lo rompe.
—No esperaba que aceptaras mi ayuda tan rápido —confiesa. Su tono es imparcial, no me deja ver ninguna emoción.
—No tenía muchas más opciones —respondo, mi voz más firme de lo que esperaba—. Aunque me sorprende que te ofrecieras, nunca te interesó mi trabajo —revelo a su vez.
—Supongo que me estoy ablandando —responde con una sonrisa que no llega a sus ojos. Una sonrisa triste que habla en silencio de aquellos años en los que éramos uno. O de aquellos años en los que tratamos de ser uno y no lo logramos.
Nos quedamos en silencio por un momento, pero siento que tiene algo más que decir. No estoy dispuesta a preguntar, no tengo derecho, ya no. Sin embargo, lo suelta.
—Este lugar te cambia, Elena —dice, su voz suena más seria ahora—. Hace que te enfrentes a cosas que nunca pensaste que podrías manejar.
—Lo imagino —respondo, sin pensar demasiado—. No es fácil estar aquí.
—No, no lo es —dice, y su tono tiene un matiz que me hace mirarlo de reojo.
Quiero preguntarle más, quiero saber qué eso que su mirada refleja y que lo atormenta, pero antes de que pueda decir algo, la camioneta da un brinco al pasar sobre una roca, sacándonos del momento.
Después de unos minutos de silencio, Javier vuelve a hablar.
—Este lugar te rompe, Elena, aunque tú no eres de las que se quiebran, ¿verdad? —susurra. No hace falta que hable más alto, mis sentidos están pendientes de él, de la más mínima respiración.
Sé que esas palabras hacen referencia al momento en el que lo dejé, a ese instante en el que me suplicó que me quedara con él, que me amaría por siempre, y en el que yo seguí adelante con mi decisión sin pestañear. No sabe que todo era pura fachada.
—¿Qué te trajo aquí, Elena? —pregunta, y pronuncia mi nombre de esa forma en la que me llamaba, esa manera que resuena en mis oídos, íntima.
Dudo por un segundo, pero luego decido que no tiene sentido ocultarlo.
—Fui castigada —respondo, con un tono más calmado de lo que me siento—. En mi último trabajo, en Madrid, tuve que realizar una operación complicada. Una niña de ocho años con un tumor cerebral inoperable, o eso decían todos. El riesgo era altísimo, pero no podía quedarme de brazos cruzados.
No sigo hablando del tema, todavía me duele pensar en todo aquello y que lo vino después.
—Eso suena a algo por lo que deberían haberte dado un premio, no un castigo —murmura, frunciendo el ceño.
—Eso pensé yo también —suspiro—. Pero rompí protocolos.
Me salté órdenes directas. Fui más allá de lo que se esperaba de mí y a los ojos de la junta, eso fue una insubordinación.
No seguí las instrucciones al pie de la letra.
Así que, como premio me enviaron aquí, donde supuestamente aprendería a ‹‹reconsiderar›› mis decisiones.
Javier se queda en silencio por un momento, como si estuviera procesando lo que acabo de decir. Tras un rato, me lanza una mirada que mezcla sorpresa con algo más que no puedo identificar.
—Nunca lo hubiera dicho —dice, con un tono casi admirado—. Con tu devoción a tu profesión, nadie pensaría que tienes el valor para hacer algo así. Siempre he pesando que tu mayor defecto era tu fragilidad.
—¿Frágil? —repito, arqueando una ceja—. Nunca he sido tan frágil como pensabas. Creí que lo había dejado claro —escupo molesta. Y eso era lo que no quería, traer el pasado de vuelta. Pero su comentario me ha dolido, porqué sé por qué lo dice.
—Ya, me di cuenta hace cuatro años —susurra.
El silencio se instala de nuevo, incómodo. No me gusta perder el control, pero él no me lo pone fácil. Tras unos minutos, los que necesito para apaciguar la tormenta que ruge en mi pecho, decido que es mi turno de preguntar.
—¿Y tú? —digo, mirándolo de reojo—. ¿Qué haces aquí, Javier? Que yo recuerde no eras el tipo de hombre que se quedaba en un lugar durante mucho tiempo —lo ataco. No todo fue culpa mía.
Javier mantiene la vista en el camino, su mandíbula apretada como si estuviera sopesando si responder o no. Justo cuando abre la boca para hablar, la camioneta da un brinco al pasar sobre un bache profundo, sacudiéndonos en nuestros asientos.
—¡Joder! —me quejo. Ha sido algo espontáneo, pero le hace esbozar una sonrisa relajada.
—Estos caminos... —murmura Javier, concentrándose de nuevo en la conducción, dejando la respuesta en el aire.
La aldea de Boma aparece ante nuestra vista poco después, un conjunto de chozas de barro rodeadas por un pequeño claro en la selva.
Las mujeres se acercan a la camioneta, con rostros que muestran tanto preocupación como esperanza.
Salimos del vehículo a toda prisa, y una de las mujeres nos guía hacia una choza donde el niño está acostado en una cama improvisada, su respiración es superficial y su piel luce pálida bajo el sudor.
—Es malaria —digo en voz baja después de examinarlo por encima—. Está en una etapa avanzada.
No hay tiempo que perder. Saco el equipo y comienzo a administrar el tratamiento necesario, concentrada en cada movimiento.
Siento la presencia de Javier cerca, observando en silencio, sin intervenir.
Es un recordatorio de que, aunque nuestras vidas sean completamente diferentes, en este momento estamos aquí por la misma razón: salvar a este niño.
El tratamiento es complicado, pero el niño empieza a responder.
El alivio en el rostro de su madre es palpable, y cuando por fin me pongo de pie sintiendo que he hecho todo lo que podía, me doy cuenta de que la oscuridad ha envuelto a la aldea por completo.
Y junto a la noche llega una sensación de inquietud que no puedo sacudirme.
—Deberíamos irnos —dice Javier en voz baja, como si hubiera leído mis pensamientos.