Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 10 Como sombras en la nocheJavier
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Capítulo 10 Como sombras en la nocheJavier

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E l cigarrillo se consume lentamente entre mis dedos mientras observo a mis hombres preparar el equipo en la oscuridad.

La noche envuelve la selva como una manta pesada, y el aire está tan quieto que cada crujido, cada murmullo, parece amplificado.

Estoy sentado en la parte trasera de la camioneta, observando el humo ascender en espirales perezosas hacia un cielo que apenas se adivina tras el follaje.

El peso de lo que estamos a punto de hacer cuelga en el aire, pero no es nada nuevo.

La familiaridad de esta tensión es casi reconfortante.

Benítez se acerca, su figura robusta se mueve con la agilidad de alguien acostumbrado a estas situaciones. Al verme, esboza una media sonrisa, pero sé que es solo para mantener la moral alta.

—Capitán, estamos listos —informa, con su habitual tono profesional.

Asiento, apagando el cigarrillo contra el borde de la camioneta. El sabor amargo del tabaco se mezcla con la acritud del polvo que nos rodea, una combinación tan conocida como el sonido de las armas cargándose a mi alrededor.

—Vamos —digo, y nos ponemos en marcha.

El motor de la camioneta chirría mientras avanzamos por el camino de tierra, el traqueteo de la suspensión rompe el silencio de la noche.

Nos dirigimos hacia uno de los campamentos de la guerrilla, una de las tantas bases que esos cabrones han instalado en la región.

La información es fragmentada, pero suficiente para saber que no será una misión sencilla.

Mientras nos acercamos, mis pensamientos se ven arrastrados de nuevo hacia las palabras de Malowe.

No confíes en nadie fuera de tu equipo. Su advertencia resonaba con un tono demasiado íntimo, demasiado familiar.

Como si él supiera más de lo que deja ver.

Y eso es lo que de verdad me molesta: la idea de que estoy jugando a un juego con piezas que no puedo ver.

Yawara, al volante, nos lleva por caminos que conocemos bien, aunque esta noche se sienten extraños, casi traicioneros.

La luna se asoma entre las nubes, arrojando sombras largas y deformes sobre el terreno.

No hay un solo sonido de animales en el aire.

Solo el zumbido distante de la selva y el ruido de nuestro motor.

—¿Pasa algo, capitán? —pregunta Morales, su tono parece despreocupado, pero noto esa pizca de inquietud.

—No te distraigas —respondo, cortante. Es mejor no pensar en nada más que en lo que tenemos delante. Cualquier cosa más allá de esto es una distracción que no podemos permitirnos.

Nos detenemos a una distancia prudente del campamento, las luces débiles en la distancia marcan nuestra meta.

Yawara apaga el motor y todos bajamos en silencio, con movimientos fluidos que se han convertido en nuestra segunda naturaleza.

Nos dispersamos, avanzando como sombras en la noche.

Cada paso es una preparación para lo inevitable.

El campamento es improvisado, apenas unas cuantas tiendas de campaña y una fogata a medio apagar. Los guardias están distraídos, confiados en la aparente seguridad de su escondite. La sorpresa está de nuestro lado, y eso es lo único que necesitamos.

Hago una señal a Benítez, que se adelanta en silencio, su figura fundiéndose con las sombras.

Esta no es nuestra primera misión de este tipo y, con seguridad, no será la última.

Pero mientras avanzo, una parte de mí no puede dejar de pensar en lo que esto significa para el hospital, para todos los que están allí.

Al acercarnos al centro del campamento, noto algo que no esperaba: un hombre atado a un poste en el centro de la fogata.

Su cuerpo está inclinado hacia adelante, las muñecas sujetas con cuerdas desgastadas, la piel cubierta de marcas que cuentan una historia demasiado familiar.

La luz de la fogata arroja sombras grotescas sobre su rostro, revelando sus ojos hinchados y la boca reseca.

—Capitán, ¿qué hacemos con este? —susurra Benítez, deteniéndose a mi lado.

Miro al hombre, intentando descifrar si es uno de ellos o si es una víctima, alguien que tan solo estaba en el lugar equivocado en el momento equivocado. Pero aquí, esas distinciones a menudo no significan nada.

—Déjalo por ahora —respondo, sin apartar la vista de él—. Tenemos otras prioridades.

El enfrentamiento es rápido y brutal. Los guardias no tienen tiempo de reaccionar antes de que estemos sobre ellos.

Las balas atraviesan el aire con un silbido mortal, y el campamento se llena de gritos y el caos de la batalla.

Mis movimientos son automáticos, entrenados por años de experiencia.

No hay espacio para el error, solo para la eficiencia.

Cuando el humo se disipa, el campamento queda en silencio.

Los cuerpos yacen en el suelo, y la hoguera ha sido pisoteada hasta convertirse en un montón de cenizas humeantes.

Miro a mis hombres, todos ilesos, pero la tensión en sus rostros me dice que esto no es una victoria.

Es solo un paso más en una guerra que no tiene fin.

Me acerco al hombre atado al poste. Sus ojos entreabiertos me siguen con una mezcla de miedo y resignación. No digo nada, pero desato las cuerdas que lo sujetan. Su cuerpo cae al suelo como un saco de huesos, sin fuerzas para mantenerse en pie.

—Capitán, encontramos algo —me llama Morales, desde una de las tiendas.

Lo sigo, dejando al prisionero donde está, sabiendo que no irá a ninguna parte. Dentro de la tienda, Morales sostiene una caja de madera abierta. Dentro, hay armas, municiones, y algo más. Papeles. Mapas. Nombres.

—Esto es tan solo una base —digo, examinando los documentos—. Están planeando algo grande.

La revelación es un golpe en el estómago. La guerrilla está planeando un ataque, y por lo que parece, el hospital podría ser su próximo objetivo. Miro a Morales, que parece haber llegado a la misma conclusión.

—Tenemos que volver, ahora —ordeno, con la voz tensa—. Nos llevaremos al prisionero. Podría saber algo más.

Mientras los hombres se preparan para el regreso, me quedo un momento más observando los papeles.

Esto cambia todo. El hospital ya no es solo un lugar para salvar vidas; se ha convertido en un objetivo.

Y con ello, todos los que están allí se han convertido en piezas de un tablero, en parte de un juego en el que no pidieron participar.

Miro de nuevo al rehén, que ahora es llevado a la camioneta, atado y con los ojos vacíos. Este hombre podría ser la clave para entender qué está ocurriendo en realidad, o podría no ser nada más que un peón insignificante en ese juego más grande. Pero no puedo permitirme el lujo de descartarlo.

El viaje de regreso es silencioso. Nadie dice una palabra, pero el peso de lo que hemos descubierto cuelga sobre nosotros como una nube oscura. El prisionero está en la parte trasera, inmóvil, consciente de que su destino pende de un hilo. Al igual que su vida.

Mientras nos acercamos al hospital, mis pensamientos vuelven a Elena. Esta misión lo ha dejado todo más claro: el peligro es real y si no hago algo ella estará en el centro de todo. Pero no puedo permitirme el lujo de distraerme con sentimientos, no ahora.

El motor de la camioneta ruge mientras cruzamos el último tramo de carretera. El edificio de ladrillo rojo aparece a la distancia, una silueta oscura bajo la luna llena. Las luces en las ventanas brillan con una paz que parece casi irreal después de lo que acabamos de pasar.

Pero sé que la calma es solo una ilusión. La tormenta se está acercando, y no hay nada que pueda detenerla.

El prisionero será interrogado. Lo que descubramos podría cambiar todo, para bien o para mal. Pero una cosa es segura: las decisiones que tome en los próximos días determinarán no solo mi destino, sino también el de todos los que están en este hospital.

No puedo fallar. No esta vez.