Capítulo 8 Sobreviviendo al CambioElena
Elen a
E l sol apenas ha comenzado a asomarse sobre el horizonte cuando despierto, la luz tenue filtrándose a través de las cortinas raídas de la pequeña ventana junto a mi cama.
El calor del día anterior aún se aferra a las paredes de mi habitación, y el sudor se ha convertido en una segunda piel que no me deja dormir bien.
Respiro hondo, tratando de ignorar el zumbido de los mosquitos que siguen insistiendo en rondar mis oídos.
Me siento en la cama y miro a mi alrededor, tomando conciencia del espacio que ahora llamo hogar.
Una habitación pequeña, con apenas espacio para la cama y una mesa improvisada que uso como escritorio.
Mis pocas pertenencias están esparcidas por el suelo de cemento, y un ventilador antiguo en la esquina se mueve de un lado a otro con un ritmo constante, aunque insuficiente para aliviar el calor.
Con un suspiro, me levanto y me acerco a la ventana, empujando las cortinas hacia un lado.
El paisaje que se despliega ante mí es una mezcla de verde exuberante y tierra seca, un contraste que define este lugar.
A lo lejos, el hospital comienza a cobrar vida, con el personal moviéndose de un lado a otro, preparándose para el día que comienza.
Los sonidos de la selva, combinados con los primeros murmullos de los pacientes y el silbido de los ventiladores, crean una sinfonía que ya me es familiar.
Busco entre mis cosas y encuentro la toalla que colgué la noche anterior, todavía húmeda por el rocío que parece impregnar todo en este lugar.
Con la toalla en la mano y una muda de ropa limpia, salgo de la habitación y me dirijo a las duchas, que se encuentran en una pequeña construcción anexa al hospital.
Las duchas son poco más que cubículos de madera con cortinas de plástico que se mueven con la brisa.
Una serie de cubos de madera están alineados en el suelo, llenos de agua que ha sido recogida de un tanque cercano.
No hay agua corriente aquí, no hay grifos de los que pueda salir un chorro constante y caliente.
Solo hay cubos y cazos de metal, y la necesidad de adaptarse a un método que, al principio, me pareció primitivo, pero que ahora acepto con resignación.
Entro en uno de los cubículos y cuelgo la toalla en un clavo oxidado.
Me quito la ropa con movimientos lentos, aún medio adormilada, y cojo uno de los cazos para comenzar a verter agua sobre mi cuerpo.
El agua está fría, lo que despierta todos mis sentidos de inmediato, arrancándome un pequeño jadeo que se pierde en el silencio de la mañana.
Mientras el agua corre por mi piel, siento cómo la tensión de los últimos días comienza a desvanecerse, aunque solo sea un poco.
Cada cazo de agua que vierto es un recordatorio de lo diferente que es todo aquí.
En mi vida anterior, una ducha caliente era una rutina tan sencilla que nunca me detuve a pensar en lo afortunada que era.
Aquí, cada gota de agua es un lujo, al igual que el poder ducharse a diario: aquí se han reducido a una cada tres o cuatro días.
Cada momento bajo el agua fría es una oportunidad para reflexionar sobre la vida que dejé atrás y la que estoy construyendo ahora.
Una vez que termino, me envuelvo en la toalla y salgo sintiendo el aire cálido sobre mi piel mojada.
Me visto intentando no pensar en lo rudimentario que es todo esto.
Es solo un pequeño ejemplo de cómo he tenido que adaptar mis expectativas, de cómo este lugar me ha obligado a enfrentar una realidad que nunca imaginé.
Aquí muchas cosas han dejado de tener importancia.
De vuelta en mi habitación, me siento en la cama y miro la hora. Es temprano, pero ya siento el peso del día sobre mis hombros. La falta de sueño, el constante estado de alerta, todo comienza a pasar factura. Pero no tengo tiempo para lamentarme. El hospital me espera.
Antes de dirigirme al hospital, paso por la cocina improvisada donde Grace y una de las enfermeras, ya están preparando el desayuno.
La cocina es un espacio abierto, con una pequeña fogata al aire libre donde se cocina todo.
El olor del fuego mezclado con los ingredientes locales crea un aroma que, aunque diferente, empieza a resultarme reconfortante.
—Buenos días, doctora —me saluda Grace, con su habitual sonrisa amable.
—Buenos días, Grace. ¿Qué tenemos para el desayuno hoy? —pregunto, aunque ya me hago una idea.
—Ugali y té negro —responde ella, señalando una olla donde la papilla de maíz se cocina a fuego lento.
El ugali es un alimento básico aquí, una papilla espesa hecha de harina de maíz que se come a cualquier hora del día.
La primera vez que lo probé, me pareció insípido y extraño, pero con el tiempo he aprendido a apreciarlo.
Aquí, no se trata del sabor, sino de lo que puede ofrecer: energía, sustento, la capacidad de seguir adelante.
Grace me sirve una porción en un cuenco de metal, y me siento en un banco improvisada bajo la sombra de un árbol cercano. El té negro, fuerte y sin azúcar, quema mi garganta al primer sorbo, pero es el tipo de energía que necesito para afrontar lo que sea que este día me depare.
Mientras como mis pensamientos vuelven a Javier.
Ayer lo curé, o al menos hice lo que pude, y me dejó con más preguntas que respuestas.
Me advirtió que no confiara en él, que las cosas aquí podían cambiar en un instante.
No soy ingenua; sé que sus palabras no eran una simple advertencia.
Son un recordatorio constante de que este lugar es peligroso, de que estoy caminando sobre una línea muy fina entre la seguridad y el caos.
Cuando termino de comer, me levanto y llevo el cuenco de vuelta a la cocina. Grace me observa, su mirada perceptiva como siempre.
—No he visto a Javier esta mañana —comenta de repente, mientras coloca una olla en la fogata—. ¿Sabes si vendrá hoy?
Su pregunta me pilla desprevenida, pero intento no mostrarlo.
—Le dije que volviera cada dos días para que revisara su herida. Si sigue mi consejo, vendrá mañana —respondo, tratando de mantener mi voz neutral.
Grace asiente, pero noto una pequeña sonrisa en sus labios, una que no termina de entenderme.
No digo nada más y me dirijo al hospital, donde el ajetreo del día ha comenzado.
Mientras camino por el pasillo hacia la sala de pediatría, me detengo un momento para mirar por una ventana.
El sol ha subido más alto, y su luz lo cubre todo con un manto dorado.
La vida aquí es diferente en todos los sentidos posibles.
Desde cómo te lavas, hasta lo que comes, todo es un recordatorio constante de que ya no estoy en mi mundo, sino en el suyo.
Pero a pesar de todo, siento una extraña sensación de pertenencia, como si, poco a poco, este lugar estuviera comenzando a reclamarme.
El hospital cobra vida a mi alrededor, y los problemas cotidianos empiezan a ocupar mi mente de nuevo. Sin embargo, no puedo evitar pensar en cómo este lugar me ha cambiado, en cómo me seguirá cambiando. Y aunque no lo admitiría en voz alta, una pequeña parte de mí está agradecida por ello.
Con la jornada laboral en marcha, decido salir por un momento y dar un paseo por la comunidad que rodea al hospital.
Necesito aire fresco, una pausa para reordenar mis pensamientos antes de que el peso del día me arrastre por completo.
Aquí no hay especialidades, tienes que atender a todos los pacientes, sea cual sea su dolencia. Y eso agota, mucho.
La comunidad que se extiende alrededor del hospital es pequeña, pero vibrante de vida.
Caminando por los senderos de tierra que se entrelazan entre las chozas de barro y los árboles frondosos, me encuentro con los locales, ocupados en sus tareas diarias.
Un grupo de niños corretea descalzo por el terreno, riendo mientras persiguen una pelota raída que ha visto mejores días.
Sus gritos de alegría se elevan por encima del bullicio, y no puedo evitar sonreír al ver la energía contagiosa con la que juegan, ignorando por completo el calor abrasador.
Parece mentira que puedan ser felices con tan poco.
Y lo son, lo veo reflejado en sus enormes y contagiosas sonrisas.
A un lado del sendero, un grupo de mujeres se ha reunido bajo la sombra de un árbol grande, sus manos trabajando con destreza mientras limpian pescado recién traído del río cercano.
Las escamas brillan bajo la luz del sol, y el olor del pescado fresco se mezcla con el aire salado que llega desde la costa lejana.
Una de las mujeres, con un bebé atado a su espalda, me mira y me ofrece una sonrisa tímida, a la que respondo con un asentimiento.
Sus manos siguen trabajando con rapidez, como si la tarea fuera una extensión natural de su cuerpo.
Más adelante, me encuentro con otra escena familiar: una anciana sentada en un banco de madera, zurciendo con paciencia una prenda desgastada.
Puedo ver que tiene más zurcidos que tela.
Su concentración es tal que no se percata de mi presencia hasta que estoy a su lado.
Cuando alza la vista y me ve, sus ojos se iluminan con una calidez que me sorprende.
—Habari za asubuhi [3] , doctora —me saluda en suajili, su voz suave como el murmullo de las hojas.
—Nzuri, asante [4] —respondo, recordando las pocas palabras de suajili que he aprendido desde que llegué. Su sonrisa se ensancha ante mi esfuerzo.
Nos quedamos en silencio un momento, yo observando cómo sus manos arrugadas manejan la aguja y el hilo con una habilidad que solo la experiencia puede dar.
Es una escena tan simple y al mismo tiempo tan llena de vida.
.. Este lugar, con toda su dureza, también tiene una belleza que no se puede negar.
Mientras continúo mi paseo, las imágenes de la comunidad quedan grabadas en mi mente.
La vida aquí es un ciclo constante de trabajo y resistencia, una lucha diaria que, aunque diferente a la mía, refleja una determinación similar.
Los niños jugando, las mujeres trabajando, la anciana zurciendo ropa.
.. todo habla de una adaptación a este entorno que aún me resulta difícil de comprender en su totalidad.
El sol está en lo alto cuando decido regresar al hospital.
El paseo ha hecho más por mí de lo que esperaba; me siento más conectada con este lugar, más consciente de las vidas que me rodean.
Es como si la comunidad me estuviera mostrando, sin palabras, lo que significa sobrevivir aquí, cómo encontrar belleza en la rutina, y cómo, a pesar de todo, la vida sigue adelante.
Me detengo por un momento en la entrada, mirando a mi alrededor.
Los sonidos cotidianos continúan a mi espalda, un eco constante que me recuerda que no estoy sola en esta experiencia.
Aquí, en medio de todo lo que es tan extraño y diferente, estoy empezando a encontrar mi lugar.
Sobreviviendo al cambio que ha sido para mí.
Tal vez, después de todo, tenga que darle las gracias al cabrón de Andrés, ya que este lugar, aunque duro, me está enseñando más sobre mí misma de lo que jamás hubiera imaginado.