Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 7 Nada será igualElena
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Capítulo 7 Nada será igualElena

Elen a

E l sonido rítmico del ventilador girando en mi oficina es casi hipnótico, un acompañamiento constante al zumbido de pensamientos que no me dejan en paz.

La tarde se desliza en un parpadeo, y las sombras empiezan a alargarse sobre las paredes de ladrillo rojo.

Afuera, la selva susurra sus propios secretos al viento, como si guardara celosamente las historias de todos los que han pasado por aquí.

Me encuentro sentada en la pequeña silla de mi oficina, revisando una y otra vez los mismos expedientes, sin leer nada en realidad.

Mi mente está lejos, perdida en la imagen de Javier entrando por esa puerta con la camiseta ensangrentada y el rostro endurecido.

Una bala en el hombro. Trabajo sucio, había dicho.

—¿Trabajo sucio? —murmuro, como si al decirlo en voz alta pudiera darle algún sentido.

Es una frase que no puedo sacarme de la cabeza.

Aquí, en este lugar remoto, todo tiene un significado diferente.

‹‹Trabajo sucio›› podría significar cualquier cosa, desde un enfrentamiento con la guerrilla, hasta algo mucho más oscuro.

Y la forma en que lo dijo, como si fuera lo más normal del mundo, me deja un regusto amargo.

El sonido de unos pasos acercándose por el pasillo me saca de mis pensamientos. Levanto la vista justo cuando Grace asoma la cabeza por la puerta, su expresión cansada pero alerta.

—Doctora, tenemos una emergencia en la sala de pediatría —dice, sin más preámbulos.

Dejo los expedientes sobre la mesa y me levanto de inmediato.

Grace me guía por el pasillo, donde el sonido de las voces y los llantos de los niños se intensifica a medida que nos acercamos a la sala de pediatría.

Cuando entro, veo a Amina, la madre de Juma, inclinada sobre la cama de su hijo, con lágrimas en los ojos.

El pequeño cuerpo de Juma se agita con violentas convulsiones, su rostro retorcido en una mueca de dolor.

—¡Sujetadlo! —ordeno, corriendo hacia la cama.

Grace y otra enfermera, se apresuran a ayudarme, agarrando a Juma mientras yo preparo una dosis de diazepam para calmar las convulsiones. Mi mente se mueve a mil por hora, evaluando las posibilidades. Podría ser una complicación de la malaria, o algo completamente diferente.

—Vamos, pequeño, resiste —murmuro mientras administro el medicamento.

El tiempo parece detenerse mientras esperamos que el diazepam surta efecto.

Las convulsiones disminuyen poco a poco, hasta que el cuerpo de Juma se relaja por completo, aunque su respiración sigue siendo irregular.

Amina se inclina sobre él, susurrándole palabras tranquilizadoras en su lengua materna, pero su rostro refleja el miedo que todos sentimos.

—Vamos a trasladarlo a la sala de observación —le digo a Grace—. Necesito monitorearlo de cerca las próximas horas.

Grace asiente y, con cuidado, levantamos a Juma para trasladarlo a una sala más tranquila donde lo colocamos en una camilla con monitores rudimentarios para seguir su ritmo cardíaco y respiración.

Amina se sienta a su lado, sin apartarse ni un momento, su mano acariciando el cabello de su hijo con ternura.

—Voy a estar aquí cerca, por si necesitas algo —le digo a Amina, tratando de infundirle confianza.

Ella asiente en silencio, y me retiro de la sala, sintiendo que el peso de la incertidumbre se asienta sobre mis hombros.

El día se está volviendo más largo, y mi mente sigue luchando para mantenerse enfocada en lo que importa: salvar vidas.

Pero no puedo dejar de pensar en lo que ha sucedido en las últimas horas.

Todo parece estar interconectado de una manera que aún no puedo descifrar.

Decido salir al aire libre para despejar mi mente.

El sol está bajando en el horizonte, pintando el cielo con tonos de naranja y púrpura, mientras el calor sofocante del día comienza a ceder.

Me alejo del hospital, caminando hacia un pequeño claro entre los árboles en el que, para mi sorpresa, todo está en silencio.

El sonido de una rama al partirse me hace girar la cabeza, y mi corazón da un vuelco cuando veo a Javier emergiendo de la espesura, su camiseta ya limpia, aunque el vendaje en su hombro es visible bajo la tela.

—¿Qué haces aquí? —pregunto, intentando mantener mi tono neutral, aunque mi pulso se acelera de inmediato.

—Me pediste que viniera para que revisaras la herida —responde él, acercándose a mí con esa expresión indescifrable que tanto me irrita y que a la vez me muero de ganas por descifrar.

—No esperaba verte tan pronto —respondo, tratando de ocultar mi sorpresa—. Dije cada dos días, no cada dos horas —exagero, en realidad ha pasado un largo día.

Javier suelta una risa breve, aunque sin mucho humor.

—No tengo nada mejor que hacer —responde, pero noto que su tono es más suave de lo habitual.

Lo observo mientras se acerca, y por primera vez noto una ligera rigidez en su postura, como si el dolor en su hombro fuera más de lo que está dispuesto a admitir. Me acerco a él y, sin decir nada, le señalo que se siente en una roca cercana.

—Deberías ser más cuidadoso, Javier —le pido mientras examino el vendaje—. La herida parece estar curando bien, pero si no guardas reposo, podría abrirse de nuevo.

—No estoy acostumbrado a estar quieto —responde, su voz baja, casi en un susurro.

Un susurro que hace que mi vello se erice. No debería, decidí hace mucho que no tenía que sentir nada por él.

—Entonces tendrás que acostumbrarte —replico, volviendo a colocar el vendaje con cuidado tras el examen.

Javier se queda en silencio mientras trabajo, sus ojos fijos en algún punto en la distancia.

Es la primera vez que lo veo tan... vulnerable, y no puedo evitar sentir una mezcla de emociones encontradas.

Este hombre, que parece tan seguro de sí mismo y de lo que hace, ahora está aquí, confiando en mí para cuidar de él.

Es una contradicción que me desconcierta.

Cuando termino, me aparto un paso y lo observo por un momento. Javier se pone de pie despacio, probando su brazo como si estuviera evaluando los límites de su dolor. Luego, me mira con esa intensidad que parece ver más allá de lo que quiero mostrar.

—Gracias —dice con una sinceridad que me desarma.

—Solo estoy haciendo mi trabajo —respondo, como lo hice la vez anterior, pero siento que hay algo más que aire entre nosotros.

El silencio se extiende mientras ambos permanecemos en el claro, rodeados por la selva que se prepara para la noche.

El canto de los pájaros disminuye, y el sonido de la vida nocturna comienza a llenar el espacio entre nosotros.

Es un silencio que pesa, pero también es un alivio, una tregua temporal en medio de la incertidumbre.

—Ten cuidado, Elena —dice de repente, su tono grave—. Las cosas aquí pueden cambiar muy rápido. No confíes demasiado en nadie, por favor.

Lo miro, tratando de descifrar lo que en realidad está tratando de decirme.

—¿Ni siquiera en ti? —inquiero, y la pregunta parece quedarse atascada entre nosotros. Recuerdos me punzan el alma, recuerdos de otras ocasiones en las que le hacía la misma pregunta y la respuesta nunca cambiaba.

Javier me mira por un largo momento antes de responder, su expresión es impenetrable.

—Especialmente en mí.

Sus palabras caen como una sentencia, y siento una punzada de inquietud en el estómago.

Esas mismas palabras. Y me doy cuenta de que nada ha cambiado entre nosotros, todo parece igual que aquel día en el que nos separamos.

Antes de que pueda decir algo más, se aleja y desaparece entre los árboles, dejándome sola en el claro, con más preguntas que respuestas. Eso tampoco ha cambiado.

El cielo se oscurece de golpe, y sé que debo volver al hospital. Mientras camino de regreso, no puedo evitar pensar en lo que Javier ha dicho, en su advertencia, y en la creciente sensación de que estoy en medio de algo mucho más grande de lo que había imaginado.

La noche se cierra sobre el hospital cuando llego, y el sonido de los ventiladores y los murmullos de los pacientes me devuelven a la realidad.

Hay vidas que salvar, problemas que resolver.

Pero mientras me adentro en la penumbra del edificio, no puedo dejar de sentir que, de alguna manera, todo ha cambiado.

Y que nada será igual.