Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 6 Bajo el Sol ArdienteJavier
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Capítulo 6 Bajo el Sol ArdienteJavier

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E l polvo se levanta en nubes espesas mientras la camioneta avanza por el camino de tierra, una serpiente de metal y caucho que se abre paso entre la maleza que rodea la región de Karatu.

El motor ruge con cada bache y la suspensión, aunque se queja, sigue adelante, implacable, como nosotros.

Somos cinco en total, pero cada uno de nosotros ocupa más espacio del que parece.

Es la forma en que nos sentamos, relajados pero atentos, con los ojos siempre escaneando el horizonte y las manos nunca lejos de las armas que llevamos.

A mi lado, Benítez, que se inclina hacia adelante, mirándome con esa sonrisa ladina que nunca deja su rostro.

—Así que, capitán, ¿qué tal la doctora? —pregunta, su voz cargada de una burla que no me sorprende.

Un murmullo de risas recorre la camioneta, y siento varias miradas fijas en mí, esperando mi respuesta.

—Seguro que le diste tu mejor trato, ¿no? —interviene Sight [1] , un exgurkha con un sentido del humor tan afilado como su Kukri. [2]

—No es mi tipo —miento —es justo mi único tipo— sin apartar la vista del camino que se extiende ante nosotros—.Y no es de las que caen con facilidad —añado.

—Dijeron que la enviaron aquí por insubordinada —añade Yawara, el único local de nuestro reducido grupo—. Es una rebelde. ¿Qué opinas de eso, capitán? ¿Te gustan las mujeres con carácter?

—Las mejores son esas que cuesta domar, lo primero que voy a hacer cuando toda esta mierda acabe, es buscarme una yegua bien rebelde y tomarme mi tiempo para domarla —suelta Elías, un joven de origen colombiano.

—Son las mujeres de hoy en día las que nos doman, Elías, si te oyera alguna decir eso, te llovían hostias como panes.

Más risas, y alguien lanza un comentario sobre cómo las mujeres difíciles son las que más vale la pena conquistar. No me molesto en corregirlo. De hecho, me siento extrañamente complacido de que la doctora sea un tema de conversación, aunque no dejo que se note.

—Capitán, ¿tú que dices? —pregunta Yawara.

—Digo que tenemos cosas más importantes en las que pensar —replico, mi voz firme, cortando las risas de inmediato.

La camioneta da un brinco cuando pasamos por un hoyo bastante profundo, y el silencio que sigue es pesado, lleno de expectativas no cumplidas.

Pero sé que mis hombres entienden. No estamos aquí para perder el tiempo hablando de mujeres.

Hay una misión que cumplir, y es mucho más complicada de lo que cualquiera de ellos quiere admitir.

El viento sopla a través de las ventanas abiertas, trayendo consigo el olor de la tierra seca y del verde que nos rodea.

Es un olor familiar, uno que se mezcla con el sudor y la pólvora, un recordatorio constante de dónde estamos y qué hacemos aquí.

Mis pensamientos, sin embargo, siguen volviendo a ella, a la doctora Vals.

Es difícil sacarla de mi cabeza y eso me molesta.

Me molesta más de lo que debería. Hay algo en su mirada, en esa mezcla de desafío y vulnerabilidad, y una pizca de anhelo que me ha dejado tocado.

No es solo su belleza, aunque no soy ciego y me he dado cuenta de que está más guapa si cabe.

Es su carácter, la forma en que me plantó cara en esa pequeña oficina, a pesar de que sabía que podría estar en peligro.

Un murmullo de risa de mis hombres me saca de mis pensamientos.

Elías le está contando a Morales cómo tuvo que ayudar a un médico de campo en Colombia a sacar una bala del culo de un narcotraficante.

La anécdota es tan grotesca como graciosa, pero no logro concentrarme en ella.

Mis pensamientos siguen regresando a lo mismo: ¿qué demonios estoy haciendo pensando en ella?

De repente, Yawara, que va conduciendo el vehículo, señala hacia adelante, donde una figura está de pie al borde del camino.

Es Isaac, el líder comunitario que parece estar siempre en los lugares más inusuales.

Yawara reduce la velocidad, y nos detenemos junto a él.

Isaac se acerca con paso firme y seguro, como si la misma tierra se moviera para acomodarlo.

—Capitán —saluda, con un gesto breve de la cabeza.

—Isaac —respondo, abriendo la puerta de la camioneta para salir y hablar con él más de cerca. No es un hombre que hable a la ligera, y si está aquí, es por algo importante.

Mis hombres siguen dentro, observando, atentos a cualquier peligro, cuidándome. Benítez y Sight intercambian una mirada, pero ninguno dice nada. Isaac se toma su tiempo, como si estuviera calculando la mejor manera de decir lo que sea que ha venido a decir.

—La situación se está complicando —dice al fin, su voz baja aunque serena—. Los rumores sobre la guerrilla no son solo rumores. Están aquí, cerca. Ha habido avistamientos en las aldeas vecinas. La gente está nerviosa, capitán, y con razón.

Sus palabras no son una sorpresa, pero eso no las hace menos preocupantes. Asiento sin apartar la mirada de sus ojos. Isaac es un hombre que conoce este lugar mejor que nadie. Si él dice que la situación es grave, entonces lo es.

—Estamos preparados —respondo, aunque en mi mente repaso con rapidez lo que tenemos a nuestra disposición. No es mucho, pero hemos hecho más con menos antes.

Isaac me estudia por un momento, como si sopesara mis palabras.

—No se trata solo de estar preparados, Javier —dice, usando mi nombre en lugar de mi rango, algo que solo hace cuando quiere enfatizar la seriedad de lo que está diciendo—. Se trata de mantener el hospital fuera de esto. Si se convierte en un objetivo, perderemos mucho más que unas vidas.

No respondo de inmediato. Isaac tiene razón, por supuesto.

La neutralidad del hospital es crucial, no solo por lo que representa para la comunidad, sino porque es lo único que mantiene una frágil paz en esta región.

Pero mantener esa neutralidad no será fácil, no con la guerrilla moviéndose tan cerca.

—Lo que podemos hacer es asegurarnos de que el hospital se mantenga lo más alejado posible del conflicto —afirmo rotundo—. Pero si la guerrilla decide que lo quiere, no hay mucho que podamos hacer para evitarlo —revelo, es la realidad. Él lo sabe, lo sé, otra cosa es que nos guste o no.

Isaac asiente, consciente de que no le estoy diciendo nada que no sepa ya.

—Entiendo, pero te pido que hagas lo que puedas, Javier. La doctora Vals... ella es nueva aquí. No entiende lo que está en juego. Temo por ella.

Su solicitud me pilla desprevenido. Isaac no es un hombre que pida favores a la ligera, y lo que está sugiriendo no es cualquier cosa.

Me siento reacio, no por falta de disposición a proteger el hospital, sino porque involucrarme más con Elena significa cruzar una línea que no estoy seguro de querer cruzar.

—Haré lo que pueda —respondo, eludiendo un compromiso más firme.

Isaac parece satisfecho con mi respuesta, aunque sé que espera más de mí. No es un hombre fácil de leer, pero hay algo en sus ojos que me dice que confía en que haré lo correcto, lo que sea que eso signifique en este lugar donde las líneas entre el bien y el mal se difuminan a diario.

Nos despedimos con un breve asentimiento, y vuelvo a la camioneta, donde mis hombres han seguido la conversación en silencio. La tensión que sentí antes de bajarme sigue ahí, palpable, pero esta vez nadie bromea. La realidad de nuestra situación es clara para todos.

Nos ponemos en marcha de nuevo, el motor rugiendo mientras avanzamos por el camino polvoriento.

El sol empieza a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de un naranja intenso, y mis pensamientos vuelven a la doctora Vals, como si no pudiera evitarlo.

No sé qué es lo que me preocupa más: el hecho de que la guerrilla esté tan cerca, o la creciente sensación de que me estoy involucrando demasiado en algo que no debería.

Pero, por mucho que lo intente, no puedo sacarme de la cabeza la imagen de su rostro cuando me curaba la herida, la concentración en sus ojos, la firmeza en sus manos.

Esas manos que tantas veces tomé, esas manos que tantas veces me acariciaron…

Siempre ha habido en ella mucho más de lo que mostraba a los demás, incluso a mí.

Y me inquieta que esa curiosidad esté de vuelta de nuevo, mucho más de lo que estoy dispuesto a admitir.

—¿Por qué temerá Isaac por la nueva doctora? —pregunta en voz alta Yawara, aunque, para ser honestos, es una pregunta que sé que nos ronda a todos por la cabeza.

—No lo sé —respondo—, pero tengo claro que él no habla en vano. Si me ha advertido es por algo.

—¿Qué piensas hacer, capitán? —pregunta Benítez en voz baja.

—Protegerla, aunque me cueste la vida —afirmo rotundo.

Ninguno dice nada mientras la camioneta avanza hacia la base, saben cuándo guardar silencio.

El aire a mi alrededor se vuelve más pesado, cargado de esa electricidad que precede a la tormenta.

El peligro no es algo que me asuste, pero esta vez, hay algo diferente en el aire, algo que no puedo identificar pero que no puedo ignorar.

La guerra está acercándose, y esta vez, no estoy seguro de quién será el enemigo más peligroso: los hombres armados que se mueven en las sombras, o los sentimientos que empiezan a resurgir dentro de mí.