Capítulo 5 Señales de PeligroElena
Elen a
E l calor del mediodía es abrumador, envolviendo todo en una capa de aire denso y sofocante.
En el hospital, cada rincón parece sudar bajo el peso del sol, y las horas se desdibujan en una sucesión interminable de trabajo y agotamiento.
He perdido la noción del tiempo desde que llegué hace ya más de una semana, y la fatiga es ahora una compañera inseparable.
Estoy en la pequeña sala de pediatría, observando a Juma, el niño de seis años que se aferra a la vida con la misma fuerza con la que su madre, Amina, le sostiene la mano.
Su cuerpo, tan pequeño y frágil, tiembla ligeramente bajo las sábanas, y la palidez de su rostro me recuerda lo vulnerables que somos en este lugar.
—¿Va a estar bien, doctora? —pregunta Amina en un susurro, su voz apenas un hilo de esperanza.
La miro a los ojos, esos ojos que han visto tanto sufrimiento, y me esfuerzo por encontrar las palabras adecuadas. ¿Las hay? Da igual en qué país te encuentres, no hay momento ni palabras adecuadas para decirle a una madre que tal vez pierda a su hijo.
—Estamos haciendo todo lo posible, Amina. Juma es fuerte —respondo, tratando de transmitir una confianza que no siento del todo.
Ella asiente, pero sus ojos se llenan de lágrimas, reflejando el dolor que intenta mantener a raya. Me quedo con ellos unos minutos más, en silencio, permitiéndole a Amina que encuentre consuelo en mi presencia. Pero sé que debo seguir, hay otros pacientes que me necesitan.
Al salir de la sala, me encuentro a Grace conversando con un hombre alto, vestido con ropa sencilla pero bien cuidada. Es Isaac, uno de los líderes comunitarios. Su presencia siempre parece imponer respeto, y no es la primera vez que lo veo en el hospital.
—Doctora Vals, este es Isaac —me dice Grace, haciéndome un gesto para que me acerque—. Ha venido a hablar con usted sobre algo importante.
Isaac me estudia con una mirada intensa, como si estuviera evaluando cada uno de mis movimientos.
—Encantada de conocerlo, Isaac —digo, extendiendo la mano. Él la toma con firmeza, aunque su expresión sigue siendo imperturbable.
—Doctora Vals, la comunidad está agradecida por su trabajo aquí, pero hay algo que necesitamos discutir —dice sin rodeos.
—¿De qué se trata? ¿Algún problema? —pregunto, sintiendo una inquietud que crece en mi interior.
—La guerrilla. —Su respuesta es directa, sus palabras cayendo como piedras en el silencio del pasillo—. Han sido avistados más cerca de las aldeas. La gente está preocupada, y con razón.
Mi estómago se revuelve al escuchar esas palabras.
Había sabido desde el principio que este lugar no estaba exento de peligros, pero escuchar sobre la cercanía de la guerrilla hace que el peligro se sienta más real, más inmediato.
No soy tan ignorante como para no saber que ‹‹guerrilla›› significa peligro.
—Entiendo —respondo, tratando de mantener la calma—. Haré todo lo posible para asegurarme de que el hospital siga siendo un lugar seguro.
Isaac asiente, pero su expresión sigue siendo seria.
—Es todo lo que podemos pedir, doctora. Pero, recuerde, la neutralidad no siempre es fácil de mantener. En tiempos de conflicto, los hospitales pueden convertirse en objetivos. Debe estar preparada. Con ellos nunca se sabe…
—Gracias por avisarme, Isaac. Seré cuidadosa.
Isaac me mira por un largo momento antes de asentir una vez más y marcharse, dejándome con una sensación de inquietud que no puedo sacudirme. Sus palabras resuenan en mi mente mientras continúo mi jornada, tratando de concentrarme en mis pacientes, pero siempre con ese peso en el fondo de mi mente.
Al anochecer, el hospital empieza a calmarse, aunque nunca hay un momento de verdadera paz. Estoy en mi oficina, revisando expedientes y organizando las prioridades para el día siguiente, cuando escucho un golpe en la puerta.
—Adelante —digo, sin levantar la vista de los papeles.
La puerta se abre despacio, y cuando alzo la mirada, me encuentro con Javier, apoyado en el marco, aunque algo en su postura es diferente esta vez. Su rostro está pálido, y hay un brillo de sudor en su frente que no había visto antes.
—¿Qué haces aquí? —pregunto, notando que su mano izquierda presiona su hombro derecho con fuerza.
—Vengo a cobrarme un favor —responde, su voz más ronca de lo habitual.
Antes de que pueda decir algo más, Javier suelta su mano, y noto la mancha oscura de sangre que empapa su camiseta. Mis ojos se agrandan de inmediato.
—Estás herido —digo, levantándome de golpe.
Él asiente con una especie de sonrisa irónica.
—Una bala perdida, supongo. ¿Puedes ayudarme o busco a otro médico?
Ni me molesto en decir nada. Camino hacia él y lo tomo por el brazo sano, guiándolo hacia la pequeña camilla que tengo en la oficina.
—Siéntate, déjame ver —ordeno, en modo profesional. En modo ‹‹es solo un paciente con unos brazos como patas de jamón serrano››.
Javier se sienta con un gruñido y le ayudo a quitarse la camiseta con esfuerzo. Sobre todo para mí cuando veo cómo ha cambiado su cuerpo, ahora es más… más de todo. Dudo de si tiene los mismos músculos que el resto de los humanos. ¿Eso es un abdomen o un rallador de queso?
—¿Estoy bien? —me interrumpe su voz, no sé si hay algo de burla en su tono.
Parpadeo y me fijo en la herida que tiene en el hombro. La sangre aún fluye y confirmo que la bala ha atravesado la carne, hay orificio de entrada y salida. Me aseguro también de que no haya tocado ninguna arteria importante y dejo escapar el aire que contenía sin ser consciente.
—Tienes suerte, no parece grave —le digo, mientras me pongo los guantes y preparo el equipo necesario para limpiar y suturar la herida.
—Supongo que no siempre tengo suerte —responde él, su voz más débil de lo que le gustaría admitir. Estoy segura.
Trato de no hacer caso a sus palabras, a su voz ronca y varonil, a su cercanía, a mis manos rozando su piel desnuda, y me concentro en limpiar la herida, trabajando en silencio mientras Javier se mantiene, para mi sorpresa, quieto.
La tensión en el ambiente es palpable, pero diferente a nuestro primer encuentro.
Ahora, hay una vulnerabilidad que no puedo ignorar y siento una leve punzada de preocupación.
—No me vas a decir cómo ha pasado, ¿verdad? —pregunto a pesar de que conozco la respuesta.
—Clasificado —dice sin más, esbozando esa media sonrisa que siempre me volvió loca, a mi pesar eso no ha cambiado y mi estómago da un vuelco en contra de mi voluntad.
—Claro, siempre es clasificado —susurro.
Tendrás que venir cada dos días para que revise la herida —le digo, manteniendo la mirada fija en mi trabajo—. No quiero que se infecte.
—Pensaba que no querrías verme tan seguido, doctorcita —murmura él, su tono intentando mantener ese sarcasmo que tanto me irrita.
—Estoy hablando en serio, Javier —respondo con firmeza, cortando cualquier intento de broma—. No es algo que debas tomarte a la ligera. Una herida infectada aquí… podría significar la muerte por sepsis. ¿Eres capaz de aguantar sin anestesia? —interrogo.
En España ni se me ocurriría suturar sin anestesia, en España, sería raro atender una herida de bala, pero aquí me temo que será algo frecuente y los recursos son tan limitados que usar anestesia es un lujo.
Javier asiente, dando su permiso y se queda en silencio mientras termino de suturar la herida.
Siento sus ojos sobre mí, como si estuviera tratando de leer más allá de mis palabras, pero no levanto la vista hasta que termino de vendar el hombro.
Me asusta, en realidad, los reproches que pueda leer en el fondo de sus iris color café.
—Hemos terminado —digo, quitándome los guantes—.
Pero no seas imprudente. Y recuerda, ven cada dos días que vea cómo evoluciona.
A no ser que sea estrictamente necesario no voy a darte antibiótico…
—me excuso, incluso un antibiótico aquí es un articulo de lujo, un artículo que puede significar la diferencia entre la vida y la muerte. Un recurso que no debe desperdiciarse.
—Sí, doctorcita —responde, esta vez sin sarcasmo.
Me alejo un paso, observando su rostro, buscando algún signo de dolor o debilidad. Pero Javier, como siempre, se esfuerza por mantener esa fachada de invulnerabilidad, aunque su respiración entrecortada lo delata.
—Clasificado… —refunfuño, molesta, cruzando los brazos sobre mi pecho. Siempre odié esa palabra. Mi madre la usaba, él la usaba…
Javier me mira por un largo momento, como si estuviera decidiendo cuánto revelarme.
—Trabajo sucio, Elena —dice al fin—. No te preocupes por eso, no es tu problema.
—Si entras por la puerta de mi oficina en el hospital con una herida de bala en el hombro, se convierte en mi problema —replico, sin dejarme intimidar.
Él sonríe, pero es una sonrisa cansada, sin la usual chispa en sus ojos. Esa chispa que no he visto desde que nos encontramos en el aeropuerto días atrás.
—Aprecio tu preocupación, doctorcita —dice, suavizando su tono—. Pero créeme, es mejor que no te involucres en esto.
Siento una mezcla de frustración y algo más que no puedo identificar. A pesar de todo, sé que no va a decirme más de lo que ya ha dicho. Javier es un hombre lleno de secretos, y aunque una parte de mí quiere conocerlos, otra parte sabe que tal vez es mejor no hacerlo.
—No quiero verte aquí de nuevo —digo seria. Estoy cabreada, la verdad.
Él asiente a la vez que se incorpora.
—Lo intentaré, doctorcita —afirma, y no noto en su voz rastro de burla o ironía, parece que lo dice en serio.
Lo acompaño hasta la puerta, observando cómo se pone la camiseta ensangrentada, una prenda que ha visto mejores días. Justo antes de salir, se vuelve hacia mí, su expresión algo más suave que antes.
—Gracias, Elena —dice, con una sinceridad que me toma por sorpresa.
—Solo hago mi trabajo —respondo, tratando de restarle importancia.
Javier sonríe, una sonrisa breve pero autentica, antes de girarse y salir por la puerta, dejándome con mis pensamientos.
La habitación parece un poco más oscura después de su partida, y no puedo evitar preguntarme en qué tipo de problemas está metido.
Pero sé que no obtendré respuestas, nunca las obtuve.
Mientras limpio el área donde lo he atendido, una parte de mí no puede evitar preocuparse.
Este lugar está lleno de peligros y Javier, con todos sus secretos, parece estar en medio de ellos.
No sé por qué me importa, no debería. Decidí que no iba a preocuparme por él nunca más.
Sin embargo, en algún rincón de mi mente, no puedo evitar pensar que tal vez ya estoy más involucrada de lo que debería.