Oscuro destino (Pactos oscuros 1) Capítulo 4 El destino no puede ser tan cabrónJavier
13%

Capítulo 4 El destino no puede ser tan cabrónJavier

Javie r

L lego a la base y sus palabras, todavía, martillean dentro de mi cabeza. No puedo detenerlas, rebotan como un eco incansable, torturándome. Sin piedad.

—¿Estás bien? Ni que hubieras visto a un fantasma —dice Benítez al verme entrar tan de mal humor.

—Algo así —respondo y me voy para la zona donde entrenamos.

Me tiro a por el saco de boxeo sin pensarlo y me lío a puñetazos.

Le doy fuerte, rápido, duro… No me importa destrozarlo, necesito calma y ahora mismo mi cabeza es una puta tormenta que va a alcanzar el nivel de tifón en breve, destrozándome.

No puedo volver a pasar por eso, lo nuestro terminó hace mucho. Está en el pasado. ¿Verdad?

—¿Qué le ha pasado? —pregunta Morales.

—Ni puta idea, no me ha dicho nada —responde Benítez.

—¿No te recuerda a cuando…? —insinúa Morales.

—No, no puede ser, ¿verdad? ¿Acaso esa doctora que has ido a recoger, no sería…? —continúa Benítez, dejando la pregunta inconclusa.

—¿Cómo sería posible? El destino no puede ser tan cabrón, ¿no? —interroga Morales, pero no dejo de golpear el saco, aunque los oigo.

—¡Joder! ¡Me cago en la hostia puta! ¡Es ella! —afirma Benítez al ver que no paro.

—Vale, capitán, para —ordena Morales a pesar de tener un rango más bajo. Pero ahora habla mi amigo, no mi subordinado.

—Desembucha, no te lo tragues todo… —anima Benítez.

—Es ella —digo sin más.

—¿Cómo cojones ha pasado algo así? —interroga Morales llevándose las manos a la cabeza.

—No tengo ni puta idea —responde Benítez en mi lugar.

Doy un último golpe y reviento el saco, el relleno sale por uno de los lados. Me recuerdan a tripas saliendo de un abdomen abierto.

—¿Lo sabías? —vuelve a la carga Benítez, él sabe bien lo mal que lo pasé cuando todo se fue a la puta mierda.

—Tenía mis sospechas. Mismo nombre, misma profesión…

—¿Por qué no dejaste que fuéramos alguno de nosotros? —suelta Morales que parece no enterarse de nada.

—¿Y perderse la fiesta? —responde por mí Benítez.

—Capitán, ¿no me irás a decir que todavía sientes algo por esa doctora, no? —resopla Morales que, al darse cuenta de que no digo nada y tan solo lo miro con tanta ira que podría derretir ahora mismo el jodido Polo Sur, farfulla molesto—. ¡Joder! ¡Me cago en la puta hostia! —maldice, molesto.

—Calla, tío, no sabes nada… —lo riñe Benítez.

—Sí, no sabéis nada —murmuró alejándome de la sala. Necesito una ducha fría, o ahogarme en el arroyo cercano…

—Tengo ganas de ver cómo es esa mujer. Es la única persona que lo saca de sus casillas —escucho a Morales susurrar a Benítez.

—Es…

Pero no alcanzo a escuchar lo que dice, salgo a correr para sacar de mis venas todo lo que siento en este instante, esos sentimientos que creí muertos.

Me engañaba, estaban tan solo agazapados, a la espera de su oportunidad y se la he servido en bandeja.

Ahora mismo soy una triste presa que se ha arrojado a la trampa sin dudar.