Capítulo 3 Bienvenida a la realidadElena
Elen a
E l primer paso que doy dentro del hospital me deja claro que, por mucho que me haya preparado mentalmente, no estaba lista para esto.
La atmósfera cargada, el aire denso y viciado por la falta de ventilación adecuada y el murmullo constante de voces mezcladas con los ecos de algún llanto distante crean una cacofonía que parece atrapar a cualquiera que entre.
La recepción es apenas una mesa de madera vieja con papeles amontonados en una pila desordenada.
Un ventilador, al que le cuesta la misma vida girar en una esquina, lucha inútilmente contra el calor sofocante.
Una mujer mayor, con arrugas profundas que marcan cada línea de su rostro como surcos en la tierra seca, se me acerca. Lleva un delantal blanco, ahora amarillento por el uso, y sus ojos, cansados y cálidos, me observan con una mezcla de curiosidad y hastío.
—Doctora Vals, supongo —dice, ofreciéndome una mano áspera—. Soy Grace, la jefa de enfermeras. Nos alegra tenerla aquí.
—Gracias, Grace —respondo, intentando devolver la sonrisa, aunque siento que mis labios apenas se mueven. Su mano se siente firme y fuerte en la mía, un contraste con la fragilidad que se respira alrededor.
Ella asiente y me indica que la siga. Caminamos por un pasillo estrecho, cuyas paredes están cubiertas con carteles descoloridos de campañas de salud de hace varios años (parecen de principios de los noventa).
El suelo de cemento cruje bajo mis pies, como si el propio edificio estuviera lamentando su existencia.
—Este es el hospital principal de la región —explica Grace mientras avanzamos—.
Aquí tratamos de todo: desde partos hasta emergencias quirúrgicas, enfermedades infecciosas, lo que sea.
No tenemos mucho, pero hacemos lo mejor que podemos con los escasos recursos que tenemos —informa de manera eficiente. Parece algo que hace a menudo.
Asiento mientras mis ojos se pasean por las salas a ambos lados del pasillo.
Camas de metal con colchones finos, a menudo ocupadas por más de un paciente, la mayoría de sábanas manchadas, y una infinidad de ojos que me observan.
La mayoría demasiado cansados para expresar curiosidad o emoción.
Me doy cuenta de que, en este lugar, la salud es un lujo, no un derecho.
Grace se detiene frente a una puerta al final del pasillo y la abre, revelando una oficina pequeña y desordenada, con una ventana que apenas deja entrar la luz del sol.
—Esta será su oficina —dice, como si fuera una gran revelación—. Lo sé, no es mucho, pero tiene un escritorio y una silla, y algo de espacio para trabajar. También puede usarla como lugar para descansar si lo necesita.
Miro a mi alrededor. Es más de lo que esperaba tras ver el hospital, para ser honesta. Dejo mi maleta en una esquina y me vuelvo hacia Grace.
—¿Puedo ver el resto de instalaciones? Me gustaría hacerme una idea general del lugar antes de empezar a trabajar —digo, intentando sonar profesional, aunque por dentro una parte de mí quiere correr en dirección contraria.
—Por supuesto —responde Grace, con una sonrisa que intenta ser alentadora—. Puedo mostrarle las áreas principales. No es mucho, pero es lo que tenemos.
Salimos de la oficina y comenzamos a recorrer el hospital.
Grace me muestra las distintas salas: maternidad, pediatría, la pequeña sala de cirugía y, en último lugar, la sala de emergencias.
Todo es más básico de lo que había imaginado, pero lo que más me impacta es la falta de personal y de recursos.
Un par de enfermeras corren de un lado a otro, haciendo malabares con más pacientes de los que pueden manejar, mientras un solo médico, un hombre mayor de aspecto agotado, se mueve entre ellos con movimientos automáticos, casi mecánicos.
—Ese es el director Malowe —dice Grace, señalando al hombre con la cabeza—. Lleva aquí más tiempo que cualquiera de nosotros. Es un buen médico, pero está sobrecargado. Espero que pueda aligerarle la carga.
—Haré lo que pueda —respondo, aunque en mi mente me pregunto si de verdad mi presencia podrá marcar alguna diferencia en un lugar así.
Grace me lleva a la sala de almacenamiento, donde se guardan los suministros médicos. Las estanterías están medio vacías, con solo unas pocas cajas de guantes, gasas y algunos medicamentos básicos.
—Como puede ver, no tenemos mucho. A menudo dependemos de donaciones, pero esas son esporádicas y a veces ni siquiera llegan —explica Grace, con un tono resignado que me duele escuchar.
Me obligo a mantener la calma, aunque la realidad de la situación es más sombría de lo que había anticipado. Mi experiencia en hospitales bien equipados parece irrelevante aquí. Tendré que aprender a trabajar con lo que hay, a improvisar, a encontrar soluciones donde no las hay.
—¿Y los pacientes? —pregunto—. ¿Qué pasa cuando necesitan algo que no tenemos?
Grace se encoge de hombros.
—Hacemos lo que podemos. A veces, transferimos a los casos más graves a hospitales más grandes, pero no siempre es posible. Y cuando no podemos hacer nada más... —hace una pausa, sus ojos bajan al suelo, como si quisiera evitar mi mirada—, bueno, nos aseguramos de que no sufran.
No tengo respuesta para eso. La crudeza de su respuesta es tan real como el polvo que cubre cada rincón de este lugar. Esta es la verdad que me espera en los próximos meses, una verdad que tendré que enfrentar día tras día.
Mientras nos dirigimos de regreso a mi oficina, la puerta principal del hospital se abre con un golpe y un hombre entra cargando a una mujer en sus brazos.
Ella está inconsciente, su cuerpo flácido, con la cabeza colgando hacia un lado.
El hombre grita algo en un idioma que no entiendo, pero el pánico en su voz es universal.
Grace reacciona de inmediato, corriendo hacia él y llamando al doctor Malowe. Me quedo inmóvil por un momento, observando la escena, sintiendo cómo la adrenalina comienza a bombear en mi sistema. Este es el momento. No hay tiempo para dudas ni para preguntas. Debo actuar.
—¿Qué ha pasado? —pregunto en voz alta, acercándome al hombre y a la mujer que sostiene.
Él me mira con desesperación y empieza a hablar muy rápido en su lengua, pero no necesito entender las palabras para saber que la situación es grave. Grace llega a mi lado y me traduce a toda velocidad.
—Es su esposa. Ha estado sangrando mucho desde anoche, después de dar a luz en casa. Intentó traerla esta mañana, pero viven muy lejos.
Miro a la mujer, su rostro pálido, sus labios azulados. Es evidente que está en shock hipovolémico. Necesitamos transfusiones de sangre y cirugía inmediata para detener el sangrado, pero en este lugar... ¿tenemos lo que necesitamos?
—Llévenla a la sala de cirugía —ordeno, tomando el control de la situación.
El doctor Malowe llega corriendo, y aunque sus ojos reflejan el cansancio de años de trabajo en este lugar, también hay una chispa de determinación.
Juntos, llevamos a la mujer a la sala de cirugía improvisada.
El espacio es pequeño, apenas equipado con lo necesario para una intervención básica.
Malowe me lanza una mirada, buscando alguna señal de que sé lo que estoy haciendo.
—Voy a necesitar su ayuda —le digo, poniéndome los guantes de cirugía que Grace me ha alcanzado.
Malowe asiente, aceptando mi liderazgo sin cuestionarlo. La situación es crítica y no hay tiempo para formalidades. Comenzamos a trabajar, con Grace y otra enfermera joven, Aminata, preparándose para asistirnos.
—Necesitamos sangre 0 negativo, ¿tenemos? —pregunto mientras inspecciono a la paciente.
—Muy poco —responde Malowe—. Lo justo para mantenerla estable durante un tiempo, pero no suficiente para una cirugía completa.
Eso no es una opción. Miro alrededor, buscando una solución, y mi mirada se cruza con la de Javier, quien ha entrado en la sala y observa la escena desde la puerta. Sus brazos están cruzados sobre el pecho, su expresión es indescifrable, pero sé que está evaluando cada movimiento que hago.
—¿Qué haces aquí? —le pregunto, intentando concentrarme en la paciente.
—Los he encontrado de camino y los he traído aquí —explica. Y era esos gestos los que me enamoraron de él. Sigo mirándolo, sin decir nada—. Me preguntaba si necesitarías ayuda, doctorcita —termina la frase.
—¿Tienes 0 negativo? —pregunto, desesperada.
Él levanta una ceja, sorprendido por la pregunta.
—Sí, lo tengo —responde rotundo—. ¿Lo has olvidado también? —Su pregunta me deja fuera de juego unos segundos, claro, era 0 negativo. Yo positivo. Siempre fue algo de broma entre nosotros… Me acerco a él, con los guantes de látex aún puestos, sintiendo que la tensión en la sala ha aumentado.
—Te necesito en esta cirugía. No tenemos suficiente sangre para ella —digo, y esta vez no hay sarcasmo en mi voz, solo urgencia.
Javier me mira por un momento, sopesando mi petición. Finalmente, asiente con un movimiento rápido de la cabeza y se quita la chaqueta, preparándose para donar sangre.
—Grace, prepara la transfusión —ordeno, volviendo a la paciente, que cada vez parece más frágil, más cerca de la línea entre la vida y la muerte.
Mientras Malowe y yo trabajamos para estabilizarla, Grace se encarga de Javier, quien observa todo desde la camilla donde está siendo conectado a la bolsa de sangre.
No puedo evitar sentir que hay algo simbólico en esto, en la sangre de un hombre curtido por la guerra que ahora fluye para salvar una vida.
Los minutos se convierten en una eternidad mientras luchamos para detener el sangrado. Es un trabajo delicado, difícil de realizar con el equipo limitado que tenemos, pero tras un buen rato, logramos estabilizarla. El silencio que sigue a nuestro éxito es pesado, pero está lleno de alivio.
Grace comienza a limpiar a la paciente mientras la transfusión de sangre continúa, y Malowe da un paso atrás, limpiando el sudor de su frente.
—Buen trabajo, doctora —dice, con una sonrisa cansada pero genuina—. La has salvado.
Siento el peso de su aprobación, pero también la carga de lo que significará trabajar aquí. No siempre seremos tan afortunados.
Me acerco a Javier, que está terminando su transfusión. Su rostro está más pálido, pero su expresión sigue siendo dura, impenetrable.
—Gracias —digo, sabiendo que esas palabras son insuficientes para lo que acaba de hacer—. Recuerda beber y comer algo para reponer la sangre que has perdido —recuerdo.
Javier asiente y se pone de pie despacio, como si la donación no le hubiera afectado en absoluto.
—Solo estaba ayudando, doctorcita —responde, su tono tan neutral como siempre. Y eso me jode, ¿soy la única que no puede mantener la calma? ¿Soy a la única a la que su presencia afecta tanto?
—Podrías empezar a llamarme por mi nombre —le digo, intentando suavizar el ambiente.
Él me mira, y por un momento, creo que va a sonreír, pero en lugar de eso, tan solo me mira con esos ojos oscuros que parecen ver más allá de lo que quiero mostrar.
—Nos vemos, Elena —susurra, antes de girarse.
—No he olvidado nada, capitán —suelto de repente—. Nada —repito.
No dice nada, pero puedo ver cómo aprieta la mano en un férreo puño y cómo su mandíbula se tensa.
—Yo tampoco —dice en voz baja, aunque ha resonado en mi interior como si fuera alta fidelidad.
Sale de la sala, dejándome con una mezcla de emociones que no sé cómo interpretar.
Mientras lo veo irse, siento que la complejidad de este lugar, y de las personas que lo habitan, apenas está comenzando a revelarse. Y aunque me dije que no creo en la suerte, una pequeña parte de mí se siente agradecida por lo que ha sucedido hoy.
Quizás, solo quizás, las cosas no sean tan malas como parecen.