Elena
2 días después de la boda
Tal como nos lo prometió Gianni, estamos en un centro psiquiátrico de criminales.
No he visto a Santiago desde ayer, directamente no me han sacado de la habitación en la que estoy.
La puerta tiene una abertura por donde me pasan la comida y esa es la única toma de contacto que he tenido con alguien en 48 horas.
Estoy desesperada, nos prometieron que estaríamos aquí tan solo unos días pero no veo cómo será posible si ni siquiera puedo salir de este cuarto.
Decido que lo mejor para que pasen rápido las horas es dormir. Cierro los ojos, acostada boca arriba en la cama y peleo con mi cabeza para quedarme dormida.
Me despierto ahogada, tosiendo. Abro los ojos y me encuentro en un cuarto lleno de humo.
¿Qué cojones?
Me tapo la nariz y la boca con la camiseta para no ahogarme y me acerco a la puerta. Intento abrir pero no cede. Le doy golpes en vano; es demasiado gruesa como para que alguien pueda escucharme.
Me tiro al suelo. Dicen que así te ahogas menos cuando hay humo en una habitación cerrada.
En ese momento, escucho el sonido del seguro de la puerta y me pongo a un lado para permitir que se abra.
Al mirar arriba, me encuentro a un hombre con una máscara de gas puesta y otra en la mano.
Rápidamente me la pone antes de yo reaccionar y consigo respirar.
Me coge de la mano, me levanta y salimos al pasillo, el cuál está completamente vacío. Se escuchan gritos que provienen de alguna parte pero no veo a nadie, solo hay humo.
Salimos del lugar hacia el jardín de la entrada, donde hay un coche negro estacionado y Gianni, sonriendo, apoyado a la puerta de copiloto.
Nos abre la puerta trasera y subimos. Me quito la máscara y estoy a punto de gritarle porque no tengo idea de lo que está pasando y no sé dónde está Santiago cuando el hombre que tengo al lado se quita la suya y abro los ojos sorprendida.
Es él.
Lo abrazo emocionada, llevaba años, desde que mamá estaba viva, sin despertar y encontrarme en una situación en donde me sentía tan frágil.
–Tantas horas sin ti me estaba dejando loco, muñequita –me dice abrazándome. ¿Qué tal la experiencia en un loquero?
–¿Estábamos en un centro psiquiátrico? No entiendo nada.
Asiente con la cabeza dándome a entender que ya sabe con que Elena está hablando.
–Gianni nos lo prometió, no sé si Elena te lo mencionó en el diario, pero esto ya estaba planificado, deberías confiar más en él.
No había atado los hilos, ella me lo contó pero me parecía una locura, aunque conociendo las capacidades de Gianni y su pasado, tampoco era algo imposible.
–Hablando de confiar en mí… –dice el susodicho subiéndose al asiento de piloto.
Voltea su cuerpo y veo que en su mano hay dos pasaportes. Los cojo sin pestañear y los abro.
Chloe Miller y Liam Wells.
–¿Por qué tenemos ahora nombres de actores porno estadounidenses? –pregunto, aún detallando nuestros datos.
Se ríe y enciende el coche.
Despierto con el corazón acelerado y siento una mano sobre la mía. Santiago está a mi lado. Miro a mi alrededor y tardo unos segundos en darme cuenta dónde estoy: un avión. ¿Qué coño hago en un avión si antes estaba atrapada en ese sitio horroroso?
Santiago está dormido a mi lado. Una azafata nos dice que ya podemos bajar. Le toco el hombro con apuro y da un brinco, asustado, pero luego respira profundo cuando se da cuenta que está todo bien.
–Ya aterrizamos, nos tenemos que ir. Luego, por favor, necesito que me expliques qué ha pasado y cómo es que vamos en un avión, ¿dónde estamos?
Sonríe y no responde. Está escondiendo algo y odio no saber qué pasa.
Soy la primera en ponerse de pie. Es un avión pequeño y al parecer solo estamos nosotros y el personal de vuelo.
Miro a Santi esperando que me diga si tenemos alguna pertenencia, pero al parecer solo tenemos lo que llevamos puesto y tiene sentido; por supuesto, cuando nos llevaron al psiquiátrico no nos llevamos nada de casa.
Santiago se pone de pie y me hace un gesto para que camine. Le hago caso, me despido de la azafata que me sonríe alegremente y me desea un buen día.
Antes de bajar las escaleras, veo que hay una 4x4 abajo esperando pero no hago ninguna pregunta, continúo mi camino y, cuando ya estoy abajo del todo, dejo que llegue Santi y me guíe. Al parecer él sabe mucho más que yo ahora mismo.
Me coge la mano y caminamos directamente hacia el coche, nos subimos en la parte trasera y, cuando miro hacia el piloto pego un grito, no puedo creerlo.
Dos cabezas se giran hacia nosotros, dos cabezas que conocemos y que amamos tanto.
Isabella y Adrian.
Antes de poder salir del trance, Isa me sonríe con lágrimas en los ojos, y juro que en mi vida podría haber imaginado lo que saldría de su boca en el momento en el que dice:
–Bienvenidos a Nueva York.
FIN