Santiago
–Dime que lo conseguiste, por favor.
–Ay, querido amigo, ya sabía yo que eres gilipollas pero
¿tanto?
–Gianni, no estoy para bromas. No puedo hablar mucho, estoy rodeado de unas cuantas señoras chismosas en el súper.
Cuando digo eso, noto cómo la señora que tengo al frente se gira y me echa una mirada de odio.
–Vale, sí, lo conseguí, pero no traigo buenas noticias. Me parece que esto es mejor hablarlo en persona. Dame unas dos horas y estoy en tu casa.
Y cuelga.
Estoy terminando de guardar la compra cuando tocan la puerta, debe ser él.
–¡Ya voy yo! –grita Elena desde el salón.
–Señorita, ¿cómo le va? –saluda Gianni apenas la puerta se abre.
–Ah, eres tú… Pasa, está en la cocina.
–De hecho, necesito hablar contigo también, ¿nos acompañas?
Y así es como ambos aparecen frente a mí. Termino de guardar los últimos vegetales en el congelador y me acerco para darle un abrazo a modo de saludo.
–Quiero creer que esto está limpio y no hay restos de semen –se burla, señalando la mesa de la cocina y acomodándose en un taburete.
–Está limpio, llevamos días sin usarla. Lo que puede que no esté nada limpio es el suelo, últimamente se nos ha dado por…
–Santiago, cállate, por favor, a nadie le interesa nuestra vida sexual –me reprende Elena lanzándome un paño de cocina en la cara.
–Vale, menos mal que andáis de buen ánimo, así os tomaréis esto lo mejor posible. Lamento ser yo quien os arruine el día.
Lo miramos expectante sin decir una sola palabra y él, al notar que no vamos a responder, continúa:
–Ignacio os añadió a la lista de sospechosos en el sistema de Riquelme.
–¿Y Riquelme ya lo ha visto? –pregunto.
–No lo sé con certeza. Ya me ocupé de Ignacio, de hecho está en el maletero del coche, creí que estaríais encantados de recibirlo como nuevo huésped en el sótano.
–Por supuesto, ahora nos encargamos de sacarlo de allí, gracias –le digo dándole una palmada en el hombro.
–Pero si Riquelme ya lo sabe, nos tenemos que encargar también de él… –reflexiona Elena.
–Correcto. El problema es que Niko aún no ha podido entrar al sistema de la policía para saber si tienen ya la información que sabemos tiene Riquelme. En caso de que sí la tengan, amigos, estáis jodidos.
–Dile a Nikolas que le pagaremos el doble esta vez, pero que mueva el culo, no tenemos tiempo –le pido desesperado, apoyado con ambas manos en la encimera y la cabeza baja.
–Haremos todo lo posible, pero es importante que sepáis que en caso de que os atrapen, tenemos al mejor equipo para conseguir esquivar la cárcel.
–¿Y a dónde cojones vamos a ir? –pregunta ella.
–A un centro psiquiátrico para criminales.
El silencio inunda la cocina. La observo pelear con ella misma para no tirarse al suelo a llorar. Me acerco pero se aparta cuando intento abrazarla y vuelve a cuestionar a Gianni.
–Según tú, ¿por qué sería una solución ir a ese lugar y no a la cárcel?
–Porque allí dentro tengo contactos y podríamos conseguir sacarlos fácilmente con otra identidad para que absolutamente nadie sospeche.
Continúo viendo sus expresiones. Me observa esperando que yo diga algo y entonces reacciono.
–¿Y cuánto tiempo estaríamos allí dentro?
–Un par de días, pero de momento necesito que os relajéis, estamos buscando la manera de solucionarlo antes de que eso ocurra.
–Confío en ti más que en mí mismo, Gianni. Por favor, no me defraudes.
–Deberías subirme el sueldo, hijo de puta –dice al tiempo que le estrecha la mano a Elena como despedida. Sabe que a ella no le va el contacto físico y la respeta demasiado.
–Quédate aquí, amor, vamos a llevar a Ignacio al sótano.
Ella asiente, atendiendo la llamada que acaba de entrar a su móvil. –¡Lucinda Conti! ¡Cuánto tiempo sin saber de tí!
La escucho saludar a su amiga, una detective de Italia, y sé por su forma de hablarle que la usa como distracción para que no se la lleve la oscuridad.
Camino hacia el maletero del coche ya abierto y lo veo atado de pies y manos, tan indefenso, carne fresca. Le va a encantar este regalo, pero primero tengo que hacerla despertar.
Gianni me ayuda a cargarlo hasta que llegamos al sótano y lo acostamos en una de las camillas libres.
–Pues todo tuyo, yo me piro. –Aprieta mi hombro y se marcha.
Saco la navaja de mi bolsillo, le hago una pequeña abertura en un dedo y me mancho con su sangre.
–Ya vengo, amiguito, siéntete como en casa.
Vuelvo con paso firme a la cocina para despertar a Elena con las manchas de sangre en mi ropa. «Si no funciona, tendré que recurrir al método de emergencia».
Pero al llegar no la encuentro donde la dejé.
–¿Amor? –grito.
Vuelvo a revisar el salón por donde acabo de pasar pero allí tampoco está.
Escucho pisadas arriba. De acuerdo, debe estar en la habitación.
Subo las escaleras con prisa, abro la puerta de nuestro cuarto pero tampoco está.
El ático.
Al abrir, veo al hombre que habíamos dejado bajo la cama ahora sobre el colchón, comiéndole el coño a mi mujer.
Ya despertó.