Oscura verdad (Oscuridad 1.5) Elena
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Elena

No pude evitarlo, el orgasmo estaba tocando mis entrañas en el momento en el que Ignacio abrió la puerta y el muy desgraciado se quedó allí viéndome a los ojos.

Cuando vuelve a la realidad, se va corriendo sin decir una palabra pero no puede llegar muy lejos; no va a salir de esta casa y menos después de lo que acaba de ver.

–Muévete, no puede irse.

Santiago sigue mi orden y sale de la caja al tiempo que se sube la bragueta.

Por mi parte, me permito respirar unos segundos, tragándome el olor de aquí dentro.

Salgo sin ningún apuro. Acomodo mi vestido, vuelvo a dar un fuerte respiro y me dispongo a salir del sótano pero, en cuanto comienzo a subir las escaleras, escucho un fuerte golpe proveniente del salón. Lo sé porque se escucha demasiado fuerte, demasiado cerca.

Subo con prisa, mi corazón demasiado acelerado, con miedo de que Santiago esté herido. No escucho su voz.

Al llegar, lo encuentro allí, en el suelo, con una lámpara rota a su lado y una herida en la frente, la puerta de casa está abierta Mierda.

–No, no, no… –grito, acercándome a él–-. Santiago, despierta, por favor, despierta.

Me pongo de rodillas a su lado y le mido el pulso. Está vivo, de acuerdo, está vivo. Respira, Elena.

Me dirijo corriendo a la cocina a buscar algún olor fuerte que pueda ponerle cerca de la nariz para que reaccione. Abro con torpeza todas las estanterías. La puñetera casa es demasiado grande y aún no me acostumbro, no recuerdo dónde pongo cada cosa.

Abro una puerta y me encuentro con el kit de primeros auxilios donde hay alcohol isopropílico, perfecto.

Vuelvo a acercarme a él con todos los utensilios. Mis manos tiemblan mientras pongo alcohol en un algodón y lo acerco a su nariz. El olor lo hace reaccionar y yo exhalo el aire que estaba aguantando.

–¿Estás bien? Mírame, por favor, mírame. ¿Qué pasó? Sube su mano y me acaricia la mejilla.

–Estoy bien, muñequita, hierba mala nunca muere.

Su comentario me hace reír y dejo que las lágrimas que contenía se deslicen por mi cara. Me acerco y lo beso subiéndome a su regazo, sintiendo el bulto bajo los pantalones.

Cuando separo mi boca de la suya, cojo el algodón con alcohol y limpio la zona de la herida dando pequeños toques para que no le arda demasiado.

–¿Qué vamos a hacer ahora? Va a delatarnos, podríamos terminar presos.

–No te preocupes, tengo un plan.

–¿Un plan? A estas alturas ya debe estar llegando al despacho de Riquelme.

–Entonces hay que darnos prisa, pero antes, tenemos un problema que resolver. –Su mirada se dirige a donde nuestros cuerpos se están encontrando y me doy cuenta que estaba haciendo pequeños movimientos sobre él, excitándolo aún más.

Su mano se desliza por debajo de mi vestido y con el pulgar comienza a tocar mi clítoris.

–Santi… Tenemos que buscarlo, ahora no… –Se me escapa un gemido cuando sus dedos pellizcan mi bulto hinchado.

–Móntame, quiero verte gritar sobre mí. Te prometo que será rápido.

Asiento porque ya no soy capaz de pronunciar palabra, solo necesito sentirlo dentro.

Subo el culo tan solo un poco para que pueda abrirse los vaqueros.

Su miembro salta erecto, deseoso, y mi cuerpo reacciona.

Siento un dolor punzante en mi centro que me pide a gritos tener la polla de Santiago dentro.

Me acomodo dándole la espalda, ubico mi abertura para recibirlo y comienzo a bajar el cuerpo hasta tenerlo completamente dentro de mi culo.

Le he cogido el gustillo a tenerlo ahí detrás.

Elena se encargó de preparar nuestro cuerpo para que no me doliese.

Estoy segura que a ella sí se lo metió sin piedad y le gustó. Está puto loca.

Ya con su miembro dentro, me inclino hacia sus piernas, me sostengo de sus pies con ambas manos y comienza el movimiento que consigue hacerlo correrse en segundos.

Desde su posición puede ver exactamente cómo su polla entra y sale de mi culo.

Lo escucho soltar gemidos roncos mientras sus manos me aprietan las nalgas.

–Eso es, lo estás haciendo muy bien, muñequita, vas a hacer que me corra muy rápido.

Mi movimiento se acelera. Él busca mi abertura delantera y me folla con la mano, metiéndome primero un dedo, luego dos, luego tres, hasta que me siento demasiado llena.

–¿Qué haces? –le pregunto entre gemidos.

–Shhh… Te va a gustar, relájate.

Me está metiendo toda su mano. Me siento demasiado llena, no creo que pueda aguantarlo.

Mi movimiento sobre su polla para, intento que mi cuerpo se acostumbre a lo que está recibiendo antes de continuar pero él no lo permite y mueve su pelvis hacia arriba, metiendo su miembro una y otra vez, cada vez más rápido.

Siento sus dedos moverse dentro de mí y su otra mano ejerciendo un agarre en mi cadera.

–Joder… No puedo, Santiago, no puedo…

–Sí que puedes. Córrete conmigo, quiero escucharte gritar.

–Santi… joder, joder. –Mi cuerpo convulsiona, siento cómo mis piernas tiemblan y me sale de la garganta un grito de placer al tiempo que me dejo llevar por el orgasmo.

Es en ese momento en el que siento cómo saca su mano, me agarra de ambos lados de la cadera, hace varios movimientos rápidos y escucho cómo se corre dentro de mi culo.

Exhausta, me acuesto sobre él boca arriba. Me abraza y me toca con una mano un pezón y la otra se dirige a mi centro.

–No puedo parar de escucharte gemir, amor.

–Por favor, no lo hagas, tenemos que irnos.

–O venirnos…

–Santiago…

No me hace ni puñetero caso y yo tampoco me voy a quejar. Este hombre usa sus dedos como un puto dios, así que le permito masturbarme durante unos pocos segundos hasta que me dejo llevar por el cuarto orgasmo del día.