Oscura verdad (Oscuridad 1.5) Santiago
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Santiago

Doy unos pocos pasos hasta llegar a ella. Sé qué es lo que necesita ahora mismo, la conozco de toda la vida, sé que hay solo dos cosas que la pueden calmar: sangre o sexo.

–No estoy embarazada, idiota, era para que no hiciera más preguntas. Necesitaba salir de ahí antes de clavarle un cuchillo en el ojo.

–Mmmjum... Ahora vamos a solucionar este pequeño inconveniente para poder volver arriba tranquilos y hablar cómodamente con nuestro invitado especial.

Asiente y comienza a desabrocharme el cinturón, baja la cremallera y saca mi miembro duro. Lo masajea con una mano mientras yo busco con mi boca morderle los pezones sobre la tela de la ropa.

–El problema, muñequita, es que esa puerta de ahí arriba no tiene cerrojo y el imbécil seguro que baja a ver por qué estamos tardando, así que esto va a tener que ser rápido.

–Tú sabes que con un solo orgasmo no voy a estar tranquila.

Miro a mi alrededor buscando qué podemos hacer, dónde podemos escondernos y follar con tranquilidad.

–Tengo una idea.

Me acerco a las cajas de refrigeración. Va a ser incómodo, pero es la única manera de hacerlo.

–No jodas, ¿vamos a follar ahí dentro?

–Es esto o que Ignacio salga con los pies por delante de esta casa, y nadie quiere eso.

Su cara de emoción me la pone aún más dura. Abro una de las cajas vacías y la invito a entrar.

–Boca arriba, muñequita, para que me sientas bien adentro.

Se acomoda y, antes de hacerlo yo, le quito las bragas, las meto en uno de los bolsillos del pantalón y consigo subirme sobre ella.

Maniobrando de manera bastante torpe consigo cerrar la puerta.

En este momento estoy tan agradecido de haber tomado esa decisión estúpida de haber puesto manillas por dentro de las cajas…

Quedamos completamente a oscuras, rodeados de unos cuantos cadáveres y con un olor digamos bastante particular.

Muevo mis caderas haciendo que mi polla roce su centro, lo que la hace soltar un pequeño gemido.

–Dentro, te quiero bien adentro.

Sonrío de medio lado y busco con la cadera, sin poder usar mis manos, entrar en ella.

Cuando lo consigo, empujo fuerte y en un solo movimiento ya siento mis testículos chocando con su piel. La beso para que no haga tanto ruido. Nuestras lenguas se mueven con desespero, sin romance, tan solo lujuria, con ganas de saber cómo es tocar el cielo y regresar.

–¿Elena? ¿Santiago?

No me jodas, Ignacio está en el sótano.

Dejo de besarla y de moverme. Nos miramos fijamente sin saber qué cojones hacer. Si abre la caja nos verá, y esto claramente no lo haría una persona muy cuerda, por lo que podría ser una nueva sospecha.

–¿Qué hacemos? –le susurro muy cerca del oído.

–Fóllame –susurra de vuelta.

–¿Qué?

–Sigue haciendo lo que estabas haciendo.

Nervioso, vuelvo a mover las caderas, sintiendo su coño empapado recibiéndome.

Observo sus expresiones, cómo está disfrutándolo. Podría estar aquí dentro todo el día, dentro de ella, mirando esa cara preciosa a punto de correrse.

–¿Hola? –La voz de Ignacio está muy cerca de la caja, debe estar justo fuera.

La penetro más rápido mientras con una mano le tapo la boca para que no haga ningún sonido, en pocos segundos siento cómo me aprieta la polla.

Se está corriendo, las lágrimas de placer se le escapan de los ojos pero no paro, sigo moviendo mis caderas como un poseso hasta que me dejo llevar y descargo todo dentro.

En un movimiento consigo ponerme a su lado, apoyado en un brazo mientras ella sigue bocarriba.

–Deberíamos salir –vuelvo a susurrarle para que mi voz no se escuche fuera.

Mueve la cabeza de un lado al otro, dándome un «no» como respuesta. Coge mi mano y la lleva a su centro. Quiere volver a correrse.

Escuchamos los pasos de Ignacio fuera, revisando todo mi espacio de trabajo, abriendo las cajas.

Rezo mentalmente por que no descubra dónde se encuentran los cuerpos mutilados.

ignoro el sonido de las fotos que está sacando y me concentro en masajear el clítoris hinchado cada vez más rápido, y un gemido escapa de su garganta.

Abre los ojos y volvemos a quedarnos paralizados, esperando que no se haya escuchado fuera.

Esperamos tres segundos pero no sucede nada, así que continúo moviendo mis dedos sobre ella.

Cuando comienza a recibir el orgasmo, se abre la puerta de la caja y aparece un Ignacio con cara de pánico, gritando, pero Elena no para, se corre mirándolo a los ojos, dejando escapar un grito, no de pánico, sino de puro placer.