Oscura verdad (Oscuridad 1.5) Elena
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Elena

Estoy sentada en la cama revisando el cuaderno, buscando alguna pista de por qué estoy aquí y en la cocina de mi casa está Ignacio con Santiago, pero no hay nada, ni una mísera información. Quiero creer que no le dio tiempo a dejarme nada apuntado.

Nunca he sentido el pánico que ella siempre describe, pero mis manos están sudorosas y los ojos rojos. Al parecer tuvo algún ataque de ansiedad antes de que yo despertara.

Ahora tengo que bajar y comportarme para que el gilipollas este se vaya antes de matarlo. Cuando repartieron la paciencia, a mí no me tocó ni una gota.

Camino al baño, me lavo la cara, practico rápidamente mi mejor cara de mosquita muerta y decido bajar y enfrentarlo directamente. Entro en el espacio, que ahora necesito limpiar con lejía para quitar el olor asqueroso que tiene este tipo. Huele a pedo.

Cuando me ve llegar, se pone rápidamente de pie y se acerca a saludarme como si fuera un amigo que lleva tiempo sin verme.

–¿Puedes contarme en qué te puedo ayudar? –suelto, dándole dos besos en las mejillas como saludo.

Santiago está detrás de él, mirándome con los ojos entrecerrados. Ya sospecha que soy yo la que tiene enfrente, me conoce demasiado bien.

Ignacio carraspea al tiempo que saca un pendrive del bolsillo.

–He encontrado algo que creo que deberías ver, puede que sea por esto que nunca diste con ninguna pista.

–¿Tengo que verlo o me puedes contar con palabras qué pasa y no hacerme perder más tiempo?

–Es necesario que lo veas, son unos pocos minutos. Ya están cortados los videos, no te voy a hacer perder mucho rato.

Asiento y le hago un gesto con la cabeza a Santi para que busque el portátil mientras yo sigo de pie, sin mover un solo músculo, sonriendo como posesa. A lo mejor tengo cara de loca y eso que estoy controlando las tremendas ganas que tengo de clavarle el cuchillo de cocina en el ojo.

Santi regresa con el portátil, poniéndolo ya encendido en la isla. El otro tarado se acomoda en el taburete como si estuviera en su puta casa pero nosotros nos quedamos de pie detrás de él. Siempre es conveniente estar preparados si hay que correr, o correrse.

Abre la carpeta de archivos donde tan solo hay un video. No me explico cómo puede tomarse el tiempo de venir hasta aquí por un puñetero video que podía haber enviado. Cambio de opinión cuando le da a reproducir.

Ya entiendo qué hace sentado en mi cocina.

En la pantalla se ve Santiago apoyado en una furgoneta, frente al edificio de Sebastián.

A los pocos segundos, este sale por la puerta y se dirige a su coche.

Santiago lo sigue a pocos pasos de distancia y sube al asiento de copiloto cuando Sebastián abre los seguros.

Pero no se consigue ver nada dentro y la grabación se corta.

Ignacio saca el pendrive y se gira a verle fijamente a los ojos.

–¿Puedes contarnos qué hacías esperando a ese hombre fuera justo unos días antes de que se denunciara su desaparición?

No es miedo lo que siento ahora mismo en el cuerpo, es un impulso salvaje que me lleva a acercarme a la encimera buscando directamente algún cuchillo.

Voy a acabar de una vez con este mal nacido.

Pero Santiago me coge del brazo antes de poder hacer nada y me lanza una mirada silenciosa que me pide que respire.

–Aver, queridoamiguito, haytreshombresdesaparecidos y tú estás aquí perdiendo el tiempo hablando con nosotros cuando deberías estar haciendo tu puto trabajo.

–Estoy haciendo mi puto trabajo. Por favor, responde a mi pregunta y me iré.

–Si me disculpan, tengo ganas de vomitar, necesito retirarme unos minutos.

–¿Estás bien? –pregunta Ignacio entrecerrando los ojos, sospechando de mi actitud.

–Sí, todo bien, solo estoy embarazada. –Por supuesto que no lo estoy, o al menos eso creo, pero es la única excusa que puedo soltar para que se calle la puta boca.

Camino rápidamente. No puedo pensar, necesito calmar la sed de sangre que tengo, necesito correrme, liberar estos pensamientos.

Si le hago algo, será peor: podrán descubrirnos.

Estoy segura que le advirtió a alguien más que vendría a hacernos una visita y tiene que salir de aquí vivo porque sino estamos perdidos.

Cuando me doy cuenta, estoy bajando al sótano. Este lugar me da la paz que necesito porque puedo perfectamente coger algún cuerpo y apuñalarlo hasta conseguir relajarme. Oigo unos pasos acercándose y, al encontrarse conmigo, sonríe de medio lado con esa mirada de lujuria y suelta:

–Muñequita, ¿cómo es eso de que estás embarazada?