Oscura verdad (Oscuridad 1.5) Santiago
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Santiago

Reviso que todo haya quedado en perfecto estado. El hombre está en una de las cajas, luego debo hacerme cargo de eso pero primero tengo que ir al ático y encargarme del que falta.

Ahora mismo lo único que quisiera hacer es acostarme a descansar, pero el deber me llama. Vuelvo a ojear el espacio con detenimiento. Limpio, ni una gota de sangre. Perfecto.

Subo las escaleras que dan al salón y me encuentro con una Elena dormida en el sofá. Perfecto.

Me dispongo a ir al ático cuando llaman a la puerta.

–Que yo sepa no estamos esperando a nadie –digo para mí mismo.

Camino despacio a la entrada. Veo por uno de los cristales laterales de la puerta que no es nada más ni nada menos que Ignacio, el gilipollas que tomó el caso de Elena hace tantos meses… Respiro profundo y abro.

–Santiago, ¿qué tal? ¿Está Elena por aquí?

–Si vienes a tocarme los huevos, puedes entrar y ponerte cómodo. Pero a ella no la jodas, está dormida.

–No vengo a tocarle los huevos a nadie, necesito hablar de algo importante con ella.

–Te acabo de decir que está dormida, le diré que te llame.

Mete el pie antes de poder cerrarle la puerta en las narices.

–Es importante.

Vuelvo a respirar hondo y abro, invitándolo a pasar.

–Está dormida en el sofá, si quieres puedes esperar en la cocina.

Asiente sin pronunciar palabra y entra.

Me apresuro a ir hacia el sofá, encontrándola completamente limpia. Gracias a Dios. Solo faltaba que estuviera cubierta de sangre con este imbécil en casa.

–Amor… –susurro en su oído, moviendo un poco su hombro.

Suelta un sonido que mi cerebro recibe como un gemido de placer y ya la tengo dura otra vez.

–Muñequita, deja de soñar que te estoy follando.

Tenemos visita, despierta.

Consigue abrir un ojo y se incorpora, desorientada.

–¿Quién es?

–Ignacio, está en la cocina esperando.

–¿Ahora qué cojones quiere?

–Eso me pregunto yo, pero dijo que era importante. Asiente, estirándose y bostezando.

–Dame un momento que me cepille los dientes y voy.

Desaparece subiendo las escaleras hacia las habitaciones. Me acerco a la cocina y lo encuentro dándome la espalda, sentado en un taburete. Pega un salto cuando me escucha.

–Ya viene. Ahora cuéntame, ¿ya aparecieron?