Santiago
Consigo llegar abajo antes de que el hombre se nos acerque con la motosierra encendida.
En pocos segundos, siento a Elena a mi lado, observo con el rabillo del ojo lo pálida que está. Sería la primera vez que mate a alguien o me vea haciéndolo y creo que ninguno de los dos habíamos visto este escenario tan cercano.
–Si no puedes hacerlo, necesito que me des el cuchillo y te encierres en alguna habitación que no sea el ático, por favor.
–Si puedo, yo… quiero hacerlo.
–De acuerdo, pero necesito que respires y de alguna manera lo disfrutes sin entrar en pánico.
Asiente, respira profundo, echa los hombros hacia atrás y coge con fuerza el arma.
El hombre sigue paralizado, con el arma encendida, mirándonos fijamente.
Se le nota a leguas que no ha asesinado a nadie en su vida y no sabe qué hacer.
–Ven aquí, hijo de puta.
–La policía viene hacia aquí. Descubrirán lo que hacen.
Ya sabía yo que eran culpables.
–La policía está de nuestro lado, querido amigo, lamento decirte que no vas a salir de aquí vivo.
El hombre se nos acerca con la motosierra, decidido. Antes de yo poder hacer nada, veo cómo le cae el cuchillo en el brazo. Se gira para saber qué le acaban de lanzar y yo aprovecho ese segundo de descuido para rajarle el cuello con la navaja.
Suelta el arma al tiempo que cae al suelo sosteniendo su cuello. La sangre no para de salir. Veo terror en su cara mientras intenta decir algo pero no le sale ninguna palabra.
Me agacho para coger la motosierra y el tipo me coge de la pierna con fuerza sin darse cuenta de lo que ahora tengo en mi mano. Con un solo movimiento le corto el hueso a la altura del codo y lo escucho gritar de dolor. Ahora sí que se está desangrando.
Elena se acerca. En su cara le noto que está a punto de llorar y tener un ataque de pánico pero, para mi sorpresa, se sienta sobre el hombre, que se encuentra boca abajo, le aprieta el cabello y tira, subiéndole la cabeza, logrando que la herida del cuello se abra más.
Con su mano libre toca la herida. Veo cómo aguanta la arcada, mete la mano dentro, aprieta y levanta la vista para mirarme.
–Debemos llevarlo arriba.
–No, espera.
Asiento. No quiero que salga del trance, solo deseo que disfrute de lo que está haciendo, que no se arrepienta, que no sobrepiense.
Me sorprende cuando se levanta, gira boca arriba al hombre, se sube el vestido y se vuelve a posar encima. Pero esta vez, pegando su coño a la garganta abierta.