Oscura verdad (Oscuridad 1.5) Santiago
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Santiago

2 días después de mudarse.

–¡Sí!, joder, sí…

–Grita para mí, aquí nadie podrá escucharte –le susurro al oído mientras la penetro por atrás, ahorcándola para mantener su espalda pegada a mi pecho.

Me dejo llevar al tiempo que llega al orgasmo y caemos uno al lado del otro en la cama, destrozados, respirando con dificultad. Llevamos unas tres horas follando y en este tiempo ha cambiado de personalidad dos veces. Es maravilloso.

–Necesito hablar contigo –dice mientras se acuesta de lado, sobre su brazo, con el cuerpo desnudo, dejando que sus senos caigan y se me vuelva a poner dura.

–Soy todo oídos. –Le aprieto un poco uno de los pezones y consigo ver el leve movimiento que hace frotándose las piernas.

Ella también está excitada y posiblemente signifique que estaremos todo el día en esta habitación.

–Necesito sangre.

–Vale, ya lo hemos hablado. Bueno, la verdad es que contigo creo que no, lo hablé con Elena. Me pidió que la corte mientras follábamos y me negué porque siento que no está preparada para ello. El tema está en que si te corto, va a saberlo, obviamente, y seré yo quien corra con esa discusión.

–Mmmjumm… Ya lo hablaré yo con ella, pero no me refería a eso. Digo que necesito matar a alguien…

–Vaaale… Que yo sepa no te queda ningún novio vivo y yo…

–Precisamente por eso necesito tu ayuda. Se me ocurrió que a lo mejor sería interesante hacer un bien a la sociedad y buscar personas que se lo merezcan.

–¿Nos los vamos a follar?

–Corrijo: que se lo merezcan y sean guapos para follárnoslos antes de matarlos.

–¿Y cómo piensas hacerlo? Porque el espacio de la morgue en este caso no serviría. Sabes que suelen venir a hacer inspecciones de sanidad y nos jugaríamos que en algún momento aparezcan sin avisar.

–Tenemos un ático y hay una cama, supongo que alguien de la familia que vivía aquí antes dormía allí. ¿Quieres verlo?

Asiento y la sigo por las escaleras hasta llegar a una puerta que sabía que estaba allí pero no había visto lo que había dentro.

–¡Ouala! El espacio perfecto para que nadie sospeche nada.

Al abrir la puerta se aparta a un lado y me deja observar el espacio. Hay una cama en medio y una pequeña mesa, completamente limpio y parece un espacio perfecto que nadie revisaría nunca. La única luz proviene de la claraboya del techo, por lo que este espacio no se intuye desde la calle.

–Parece que seguiremos matando gente…

–¿Aceptas? –pregunta dando saltos de alegría–. ¡Ayyy!

Me salta encima y la cojo antes de que pueda volver a ponerse en pie. Doy unos pasos y la dejo caer sobre la cama.

–Acepto con una condición.

–¿Cuál? –pregunta abriendo las piernas para dejarme paso y acomodarme sobre ella.

–Quiero que grites mi nombre.