Santiago
Le pongo la sierra en las manos y sus ojos brillan de emoción. Por unos minutos la dejaré ser, que haga lo que quiera.
Me siento en la silla que tengo a mi derecha a simplemente observar.
Empieza fuerte, con un brazo. Antes de usar la sierra, utiliza las dos manos. Le revienta el hueso en dos partes de una manera bastante sencilla y rápida. Coge la sierra y se acerca al cuello, en pocos segundos la cabeza se desprende.
Cuando cae al suelo, me apresuro a cogerla y volver a acomodarla en la mesa. Saco la navaja que siempre tengo guardada en mi bolsillo y se la ofrezco; estoy seguro que le gustará mucho más que la sierra.
La acepta y, antes de yo poder parpadear, se ha subido a horcajadas sobre el cuerpo del pobre Miguel y lo apuñala como una posesa.
La escucho gritar de dolor y de satisfacción. Lo está disfrutando pero sé que necesita más.
Sin miedo a que pueda atacarme, me acerco, le quito la navaja de la mano y la beso, cogiéndole la cara con ambas manos.
Ella se deja, no me pelea, simplemente se gira hacía mí, quedando sentada sobre el abdomen apuñalado.
–Ábrete para mí, yo sé lo que necesitas.
–No lo sabes, necesito más que eso.
–¿Más como qué?
Sube la mano con la que sujeto la navaja y la acerca a su pecho.
–Quiero esto, tú sabes que quiero esto, por favor.
–Amor, no sé si puedo, yo…
–Deja el miedo, te lo estoy pidiendo, lo necesito. Respiro profundo y acerco el filo del arma a su piel.
Hago un primer corte, superficial pero suficiente para que salgan algunas gotas de sangre, y la observo.
Baja las manos y me desabrocha los pantalones,dejando mi miembro expuesto, y me coge de las caderas para que me acerque.
–Sigue, hazlo, por favor.
Antes de continuar, la cojo por el cabello con la mano que tengo libre y acerco su frente a la mía mientras siento cómo entro en ella.
Está hermosamente mojada y tan prieta que quisiera dejar este jueguito de la navaja y penetrarla duro, sin parar.
Pero no es lo que me está pidiendo ahora mismo, así que vuelvo a acercar la navaja a su pecho y, al tiempo que entro y salgo de ella, le hago ligeros cortes mientras gime.
–Eso es, sigue, Santi, sigue.
Intento controlar mi excitación y continúo cortándola en el pecho, en los brazos, en el abdomen.
Su sangre mana de todas las heridas, manchándolo todo, pero no le hace caso.
Lo está disfrutando tanto… Es una escena tan absurda, con un puto cadaver bajo ella, con decenas de heridas en el cuerpo, y que lo disfrute me genera curiosidad. Yo también quiero probar qué se siente.
–Quiero que ahora me lo hagas tú a mí –le pido dejándole la navaja en la mano.
–¿Seguro?
–Sí.
Comienzo a penetrarla con más velocidad para intentar no sentir el dolor de lo que va a pasar a continuación.
Al primer corte paro, siento el ardor en mi pecho, pero abro los ojos y la observo, tan perfecta cubierta de sangre, así que decido continuar. Respiro y vuelvo a metérsela, cada vez más duro. Cada vez son más las heridas en mi pecho, pero ninguno quiere parar.
Por culpa del movimiento hace una herida mucho más profunda en mi hombro y la sangre comienza a caer sobre ella, lo que me hace estallar.
Saco mi miembro, se inclina para metérselo a la boca y me descargo en ella. Cogiéndole la cabeza con ambas manos se lo hundo hasta que escucho cómo se ahoga.
–¿Ahora sabes qué va a pasar?
–¿Mmm? –pregunta mientras se lo termina de tragar todo.
–Vas a correr.
–¿Qué? –Se incorpora en la mesa.
–Escuchaste bien. Vas a correr y, si te atrapo, te vas a arrepentir. Te dije que tus actos podían traer consecuencias ¿verdad?
–Pero…
–Corre, muñequita, corre por tu puta vida.
En cuanto mis palabras terminan de salir por mi boca, se pone de pie y, sin pensar en limpiarse la sangre o arreglarse la ropa, comienza a correr.
–Tres, dos, uno. Allá voy.