Chapter 34
SANTIAGO
Desde la primera vez que la vi, ese día en la escuela hace tantos años, supe que tenía que hacer lo que fuera necesario para estar en su vida. Era una niña interesante, callada, reservada, pero su alegría se encendía con su grupo de amigas.
Tenía una fama algo extraña: la de besar a muchos. Pero si uno miraba más de cerca, se notaba que había algo más, algo que no se podía ver a simple vista. Buscaba algo que nadie le había dado aún: ser vista por lo que era en realidad. Quería alguien que la quisiera.
No pude evitar acercarme. Al principio, debo admitir que mi intención era como la de todos, probarla, pero nunca lo permitió y al poco tiempo comenzamos a hablar cada día, ya no solo en la escuela, sino fuera de ella. Mensajes, llamadas, horas y horas de conversación…
Yo siempre he tenido un don para escuchar.
Siempre he sido empático, aunque no siempre lo supe.
Con ella era natural. Pronto me di cuenta de que no solo necesitaba compañía, sino alguien que realmente la entendiera.
A los quince años, ella ya había vivido tanto dolor, tantas heridas, que ni siquiera se podían contar con palabras.
Yo estaba allí para escucharla, para darle ese espacio donde pudiera ser ella misma sin juzgarla.
Y aunque no lo dijera, me di cuenta de que lo agradecía. Yo también lo agradecía.
Una de esas tardes, mientras la acompañaba a su casa después de clases, me despedí como siempre, y al darme la vuelta para irme, con el sonido de mis pasos perdiéndose en el asfalto, escuché un ruido extraño detrás de mí.
Antes de que pudiera girarme por completo, un coche se detuvo justo a mi lado.
La puerta se abrió, y de allí salió una señora mayor, de porte serio, pero con una mirada que me hizo sentir un nudo en el estómago. La abuela de Elena.
Me pidió con una amabilidad casi forzada que subiera al coche para hablar con ella. No pude negarme, así que, con el corazón acelerado, subí al vehículo preguntándome qué querría de mí.
El coche arrancó suavemente, y nos alejamos de la calle familiar en la que nos habíamos despedido.
Me contó que Elena había sufrido un trastorno de identidad disociativo desde muy joven.
A los doce años, había cometido un acto inimaginable, un acto tan oscuro y desgarrador que se me hizo difícil procesarlo: asesinó a su propia madre.
No lo hizo por maldad, me explicó la abuela, sino por supervivencia.
La niña había llegado a un punto donde su único escape, su única forma de protegerse, era acabar con quien, en ese momento, representaba la amenaza más grande.
La madre, a su vez, había asesinado a su pareja, al padre de Elena, en un episodio de TID.
El rostro de la señora mostraba una mezcla de dolor y resignación, por supuesto. Era su hija la que fue asesinada, la que comenzó toda esta locura.
Desde entonces, entendí que en cualquier momento la oscuridad podría volver a llevársela.
Esa sombra que nunca la había dejado del todo.
Esa parte oculta que la acechaba en silencio podría regresar y recordarle quién era realmente.
La niña rota, la que había hecho lo impensable para sobrevivir, la que había sido marcada por el dolor y la desesperación.
El miedo se instaló en mi pecho porque sabía que la línea entre la Elena que conocía y esa oscuridad era más delgada de lo que quería admitir.
Una decisión equivocada, un paso en falso, y esa parte de ella podría emerger con toda su fuerza.
Y con ella, todo lo que había logrado construir a su alrededor, todo lo que había logrado ser, se desmoronaría.
Esa tarde, la abuela de Elena no se limitó a revelarme la verdad sobre su nieta.
Me lanzó una amenaza que, como saliendo de un lugar oscuro y desesperado, fue tan fría y directa que no pude evitar sentir un estremecimiento por todo el cuerpo.
Me dijo, sin dudar, que tenía grandes influencias, grandes amigos en Nueva York.
Personas capaces de hacer desaparecer a cualquiera sin dejar rastro.
Y, en ese preciso momento, me dejó claro que podía acabar con la vida de la persona que más me importaba en el mundo: mi hermano.
Mi corazón dio un vuelco. Mi hermano, el que me arrebataron cuando tenía apenas seis años, y que no veía desde entonces, pero que siempre estuvimos en contacto. Él era mi todo, mi razón para seguir adelante. Mi hermano pequeño por el que daría mi vida sin pensarlo.
A pesar del miedo que se me encajó en la garganta, de la sensación de impotencia que sentí al escuchar esas palabras, algo dentro de mí se encendió. Mi respuesta fue clara, aunque mi voz temblaba por dentro.
Le prometí, con todo lo que podía darle en ese momento, que lo que sentía por Elena era real, que no era una simple atracción juvenil o una fantasía pasajera.
Le aseguré que jamás la dejaría, que no la abandonaría, sin importar lo que sucediera.
Que estaría a su lado, aún en ese escenario tan sombrío que ella me había descrito; aún si la oscuridad regresaba y se la llevaba de nuevo.
La abuela no dijo nada más, pero con su mirada supe que había comprendido la seriedad de mi promesa.
Y aunque me amenazaba con quitarme lo que más amaba, yo sabía, con todo mi ser, que no había vuelta atrás.
Elena ya era parte de mi vida, y la protegería con todo lo que tenía.
No iba a dejar que nada ni nadie la arrebatara de mí.
Y así fue… Con el paso de los años, la medicación que tomaba comenzó a fallar. No sé cómo ni por qué, pero llegó un punto en que ya no tuvo el mismo efecto. Aunque intentaba mantenerse a flote, era como si el equilibrio se escapara de sus manos, como si la oscuridad volviera a acecharla.
Jamás lo entenderé a ciencia cierta. Nunca podré explicar cómo pasaba de ser la mujer más oscura y macabra que había conocido, una sombra que arrastraba consigo una carga de dolor y caos, a ser una persona lúcida, completamente diferente, sin recordar ni una fracción de lo que había sucedido antes.
Es como si, al despertar, todo lo que había sido se borrara de su mente, como si el monstruo que vivía dentro de ella, esa oscuridad, fuera un extraño que no tenía nada que ver con la Elena que yo conocía.
A veces, cuando la veía allí, tan distante, tan ajena a la tormenta interna que había vivido, me preguntaba si lo que estaba viendo era real.
Pero, aun así, jamás la abandoné. No podía. A pesar de los cambios, de las dudas, de esa sensación de estar perdiendo a la persona que más había querido, algo en mí me decía que tenía que seguir allí. No importaba si estaba lúcida o perdida en la oscuridad, yo iba a estar a su lado. Siempre.
Esa mujer es el amor de mi vida. La quiero, la amo con una intensidad que ni yo mismo puedo comprender a veces. Amo cada parte de ella, desde sus momentos más brillantes hasta esos rincones oscuros de su alma que ella misma teme reconocer.
Todo lo que es, todo lo que ha sido, incluso lo que aún no entiende de sí misma, se ha convertido en mi todo.
Y si solo es capaz de amarme en su oscuridad, si solo puede verme como algo más que un amigo en esos momentos macabros, en esos momentos donde se deja arrastrar por la lujuria y la desesperación, entonces estoy dispuesto a aceptarlo.
Estoy dispuesto a aceptar esa versión de ella, a abrazarla en sus peores y más profundos abismos, porque sé que detrás de todo eso, detrás de cada fragmento roto y cada cicatriz, sigue siendo ella.
La misma Elena que alguna vez soñó con ser vista, con ser amada por lo que es, en su esencia, sin importar las sombras que la persiguen.
Y si solo puedo ser su refugio en esos momentos oscuros, lo haré.
Por ella, por nosotros, por lo que compartimos.
Soy capaz de ir borrando sus huellas, de borrar cada rastro de su sufrimiento, cada fragmento de su verdad más oscura, si eso significa evitar que ella sufra. Si eso significa protegerla de la tormenta que la consume por dentro.
Pero llegó ese puto día, en que la llamaron por tres hombres desaparecidos. Ese fue el momento que cambió todo, el día en que mi mundo, el mundo que había intentado construir para ella, se desmoronó ante mis ojos.
Desde entonces, no la he dejado sola ni un solo minuto, pero también, en secreto, moví absolutamente todo a mi alrededor, a todas las personas que alguna vez me debieron algún favor, a todos mis contactos.
Les pedí lo imposible: crear un mundo paralelo, un universo en el que la verdad jamás la alcanzara, en el que ella nunca pudiera descubrir lo que realmente había sucedido, en el que pudiera seguir creyendo que todo estaba bien, que nada la había marcado realmente.
Era mi último intento por salvarla. Si tenía que manipular la realidad, si tenía que mover montañas, lo haría. Pero a pesar de todo ese esfuerzo, de todas las conexiones, de todos esos hilos invisibles que tiré en silencio, no pude evitar que la verdad se filtrara, que la alcanzara.
El peso de esa realidad, ese abismo al que se asomó, hizo que todo lo que había hecho, todo lo que había construido, se sintiera vacío. No importaba cuánto traté de protegerla, la verdad siempre encuentra una rendija por donde entrar y, esta vez, no pude detenerla.
No pude más. No pude verla sufrir y caer como la vi esa noche, perderse en ese abismo tan profundo, tan doloroso. La vi encerrarse en ella misma, en esa casa que ya no era hogar, en esa depresión que la consumía lentamente. No podía soportarlo.
Mientras la veía llorar, mi corazón se rompía una y otra vez, y mi mente me decía que ya era el momento, que ella merecía saber la verdad, que había llegado el instante de liberarla de esa carga, de permitirle enfrentar lo que real-mente había sucedido.
Pero, a pesar de esa voz en mi cabeza que me gritaba que debía hacerlo, no me atreví.
No pude. El miedo a perderla, el miedo a ver cómo la oscuridad se la llevaba de nuevo, me paralizó.
¿Qué pasaría si saber la verdad la destruía por completo?
¿Y si, al revelarla, la perdiera de la misma manera que la oscuridad había intentado llevársela en el pasado?
No podía arriesgarme a eso. Así que, en lugar de liberarla, elegí quedarme en las sombras, callado, mirando su dolor desde lejos.
Viéndola hundirse mientras la verdad se quedaba atrapada en mi garganta, ahogándome también a mí.
No me atreví hasta ese momento. Hasta que la llamé y la vi, tocándose, gritando mi nombre en un lamento que atravesó cada rincón de mi ser. Fue en ese instante cuando algo dentro de mí despertó, una necesidad primitiva, una urgencia que no podía ignorar.
La bestia que había permanecido oculta en las sombras, controlada y reprimida, se desató sin previo aviso.
Sentí la necesidad de poseerla, de hacerla mía, no solo en esos momentos oscuros en los que se perdía en su propia tormenta, sino también en los momentos lúcidos, en los instantes en los que aún quedaba algo de la Elena que había conocido.
Quería abrirle los ojos, quería que pudiera ver lo que había sido obvio para mí desde siempre: no era solo una fantasía, que lo que sentíamos, lo que compartíamos, era real.
Quería que me aceptara en cada faceta, que finalmente pudiéramos ser nosotros, sin barreras, sin máscaras, sin temores.
Todo lo que había callado, todo lo que había reprimido, explotó, y su sufrimiento me empujó a desear más de lo que alguna vez había imaginado.
Tuve que hacerla sangrar para despertarla, para que lo recordara todo.
Y así fue cómo desperté a la bestia. Cómo desperté al amor de mi vida.