Chapter 31
—Santi, me estás asustando…
Antes de que pueda procesarlo, sus labios se estampan contra los míos en un beso lleno de intensidad y agresividad.
Intento apartarme, intento empujarlo, pero no puedo.
Su agarre es fuerte, implacable. Pongo mis manos en su pecho, empujando con todas mis fuerzas, pero él parece no notarlo.
Siento cómo el miedo se apodera de mí, pero mi cuerpo ahora se resiste a dar un paso atrás.
Me pone las manos en el culo y me levanta.
—¿Qué haces? Bájame, por favor, me estás asustando, bájame —le grito, pero no responde.
Camina hacia mi habitación y me tira en la cama. Se gira, coge uno de los muñecos de la colección que reposan en la encimera, uno de esos que él me regaló.
—¿Qué haces? ¡Responde, mierda! —vuelvo a gritar levantándome de la cama y pegándole un puñetazo en el pecho.
—Pensaba pasar toda mi vida ocultándolo, pero es que no puedo más. Necesito que sepas algo pero, por favor, no te pongas como loca, mantente tranquila ¿vale? No te voy a hacer daño… Si no quieres, claro. Si quieres, sí puedo hacerlo, me encantaría de hecho, yo…
—Santiago dime ya que carajo pasa —le corto.
—Rómpelo —me pide, entregándome el muñeco.
—¿Eh? No voy a romperlo, son míos, ¿qué mierda te pasa?
—Elena… Rómpelo.
Con una mezcla de incredulidad y rabia, rajo el primer muñeco. Una cámara diminuta cae al suelo con un sonido sordo.
¿Qué?
Mi respiración se detiene, mi mente no termina de pro-cesar lo que acabo de ver.
Los ojos clavados en el pequeño dispositivo como un objeto perdido, como algo que no debe-ría estar siquiera, tan insignificante y tan extraño al mismo tiempo, que ha estado escondido dentro del muñeco todo este tiempo. ¿Cómo es posible?.
—¿Esto es tuyo? —No responde—. Santiago, ¿qué es esto?
—Te pedí que no te pusieras histérica. Luego te lo explico, sigue abriendo el jodido muñeco, por favor.
Hago lo que me pide, lo desgarro con las dos manos. Cuando el relleno cae al suelo, algo brilla entre el algodón.
Un ojo.
No puede ser. Mis manos tiemblan al recoger el pequeño orbe que brilla débilmente en la oscuridad de la habitación. Lo sostengo entre los dedos, observándolo de cerca, completamente helada por lo que estoy viendo.
No puede ser. No es parte del muñeco. Es un ojo real… O, al menos, uno que parece demasiado real.
¿Por qué alguien querría poner un ojo dentro de un juguete? Mis pensamientos se atropellan mientras siento que el suelo bajo mis pies comienza a desmoronarse. Mis manos siguen temblando, incapaces de sostener el pequeño ojo que sigue mirándome con una intensidad que me estremece.
Con el corazón acelerado, me agacho y comienzo a revisar los otros muñecos, temerosa de lo que podría encontrar.
Uno tras otro. Y, cada vez, la misma visión espantosa. Ojos. Pequeños orbes ocultos en el relleno con una perfección tan aterradora que no parecen haber sido creados por manos humanas.
¿Cuánto tiempo llevan allí? La idea de haber estado rodeada de estos muñecos y que nadie me haya dicho nada me hace sentir dentro de una pesadilla.
Me detengo, temerosa de seguir revisando los demás, y miro a Santiago esperando que me dé alguna respuesta, pero él sigue tan inmóvil, tan tranquilo, como si no pasara nada.
¿Cómo puede mantener la calma mientras todo esto sucede?
De un momento a otro, todo encaja. La pieza final del rompecabezas cae en su lugar con un ruido ensordecedor en mi mente.
Él.
Él me había regalado todos estos muñecos. Cada uno de ellos, cada uno de esos ojos ocultos dentro de los peluches… Ahora entiendo por qué estaban allí.
Las desapariciones, las noticias de los cuerpos que hemos encontrado a lo largo de estos años, las investigaciones que nunca llegaron a nada. Todo tenía un propósito. Todo estaba relacionado. Y ahora entiendo la peor parte: ha sido él.
Mi mejor amigo. El que siempre estuvo cerca, el que siempre me protegió, el que compartió mis risas y mis secretos… Él estaba detrás de todo esto.
El aire se me escapa de los pulmones y me cuesta respirar mientras el horror me consume. Cada uno de esos asesinatos, esas personas que se fueron y nunca fueron encontradas, ahora tienen una cara. La cara de Santiago.
Mi cabeza da vueltas intentando comprender cómo no lo vi antes, cómo pude ser tan ingenua, tan ciega a todo lo que pasaba a mi alrededor.
Siento la necesidad de gritar, de correr, de escapar, pero mis piernas no responden.
El miedo me paraliza, el asco y la incredulidad se mezclan en un torbellino que me deja sin palabras.
Todo ha sido una puta mentira. Todo lo que pensaba que conocía de él era una fachada.
Su expresión permanece serena, casi indiferente, como parte de un plan que ya tenía previsto. No hay arrepentimiento en sus ojos, ni remordimiento, solo una calma inquietante. Sabía exactamente cómo iba a reaccionar.
—Siempre has estado observándome. Matándolos. Todo este tiempo —sentencio sollozando.
Santiago suspira, sus hombros caen un poco. No lo va a negar.
—No lo entiendes. Lo hice por ti. —Su voz es suave—.
Todo fue para protegerte.
—¿Protegerme? —La incredulidad se mezcla con el odio. Me acerco a él con la mano en la que llevo el anillo alzada—.
¡Has matado a todas esas personas! ¡Me has espiado, joder, me has visto desnuda!
Y entonces dice las palabras que hacen que mi mundo entero se derrumbe en pedazos:
—No, Elena —susurra—. Tú los mataste.
Mi pulso late cual martillo en mis oídos. ¿Qué?
—Tienes un trastorno de identidad disociativo, que es básicamente tener personalidad múltiple y en los momentos en los que eres tu otra Elena, ocurren esas cosas. Y yo… Yo solo limpiaba el desastre y te protegía de la verdad porque sabía que te destruiría.
Mis piernas tiemblan bajo el peso de sus palabras.
¿Protegerme? Me siento como si estuviera a punto de des-plomarme. No solo estaba detrás de los asesinatos, sino que también manipulaba mi mente haciéndome olvidar lo que había pasado, lo que soy... ¿Cómo pudo hacerme esto?
—¿Qué estás diciendo? —La pregunta sale de mis labios, aunque sé que la respuesta será aún más aterradora—. ¿Cómo pudiste?
No puedo dejar de mirarlo, buscando en su rostro una pizca de arrepentimiento, algo que me diga que todo esto no es más que un malentendido, pero no lo encuentro. Su expresión sigue siendo la misma: fría, calculadora.
Suspira profundamente, como si llevara años esperando este momento. Se acerca lentamente, y aunque el terror me consume, no puedo apartar la vista de él.
—Lo que has hecho, lo que hacíamos juntos, no lo recuerdas y no lo recordará nunca esta Elena. —Su voz se suaviza, casi con ternura—. Pero yo estaba allí para recogerte, para que nunca tuvieras que enfrentarlo y siempre estaré acá, protegiéndote.
El dolor en sus ojos es real, palpable. Es como si creyera que todo lo que ha hecho era por mí, como si, de alguna manera retorcida, pensara que de verdad me estaba protegiendo.
No. No, no, no.
—Estás mintiendo.
—Nunca te mentí, amor. —Da un paso hacia mí, sus ojos fi jos en los míos, desesperados.
—¡Ni se te ocurra llamarme amor! ¡Aléjate de mí!
Las lágrimas empiezan a empañar mis ojos de nuevo, pero no sé si es por el dolor, el miedo o la verdad que me está aplastando.
Miro de reojo la navaja que sobresale de su bolsillo. Podría hacerlo. Podría acabar con todo esto ahora mismo.
Con él, con la verdad, con mi culpa.
¿Estoy pensando en matarlo? ¿Qué me pasa? Caigo al suelo de rodillas con las manos en la cara.
—Por favor —Me sujeta la muñeca, sus dedos son cálidos, suaves—. Yo solo quería salvarte de ti misma.
Las lágrimas caen por mi rostro.
Todo lo que sabía, todo lo que creía de mí misma se ha convertido en una mentira. Y me doy cuenta de que él es todo lo que me queda. Él siempre ha sido lo único que me quedaba.