Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1) Chapter 30
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Chapter 30

Una semana después.

—¿Nos vemos esta noche? —Suena extraño, como si le faltase la respiración.

—¿Estás bien?

—Sí, solo… Joder… Necesito verte, han pasado siete días, no puedo más —me responde aún sin respirar bien.

—Vale, vale, nos vemos esta noche, ¿a dónde vamos?

—A mi casa, te busco y cenamos algo aquí, ¿te apetece?

—Genial, pero elijo yo. Quiero algo con mucha grasa, he perdido muchas calorías por culpa de tus pokes.

—Quizá no son solo los pokes , algún ejercicio estarás haciendo.

—Ejercicio parece que estuvieses haciendo tú con esa voz.

—Quizá… Paso por ti a las 19.00.

Me permito disfrutar un momento de la posición en la que me encuentro, desnuda en mi cama con el móvil en la mano izquierda.

A veces quisiera gustarle a Santi, o que no fuera mi mejor amigo.

Podría ser un buen polvo, con lo bueno que está, y además sé que la tiene gigante; he intentado apartar la mirada del bulto en demasiadas ocasiones, pero la curiosidad puede más.

Es grande, quisiera sentirla alguna vez dentro de mí.

—No, joder, ¡no! —me digo en voz alta, aún en la misma posición.

«No puedes desearlo Elena, ya hemos pasado por esto, maldita sea.»

Pero mi clítoris me habla, más bien me grita, me pide que lo toque. Eso es lo que produce Santiago en mí. Lo deseo. Él no lo puede saber, pero lo deseo, quiero sentirlo, quiero ese enorme y grueso bulto entre mis piernas.

Imagino su lengua rozándome los pezones, sus manos en mi cintura apretándome, su polla entrando en mí sin parar, Dios, no puedo más, joder, ¿por qué estoy imaginando esto como si fuese tan real? No…. No…. Santiago no, joder, no….

Pero me dejo llevar.

—Joder, Santiago —grito mientras me corro tras darle a mi clítoris lo que me pedía.

Segundos después suena de nuevo mi móvil. Intentando tomar aire vuelvo a atender, y me pongo pálida al ver que es él.

—Cambio de planes, tu culpa, no preguntes… Voy ahora mismo a por ti, ponte algo de ropa. —Cuelga sin dejarme responder.

¿Qué?

¿Cómo que ponte algo de ropa? ¿Cómo sabe que no tengo ropa?

¿Por qué cambió los planes de esa manera y echándome la culpa?

¿Qué le pasa? Marco su número y lo pongo en altavoz mientras me levanto de la cama y corro al baño a limpiarme un poco.

Ya me había duchado, pero necesito asearme después de ese orgasmo.

Me salta el contestador, dejo el móvil a un lado sin entender nada para terminar de arreglarme, y aunque no tengo del todo claro si vamos a su casa o si haremos algo más, decido que la comodidad es lo primero.

Opto por una sudadera con capucha, sencilla pero cómoda, y unos vaqueros ajustados que, de alguna manera, siempre me quedan bien.

Me los pongo porque marcan mis nalgas y mis piernas.

Me detengo a pensar por un segundo, ¿por qué elegí esas braguitas de encaje negro? Las tengo guardadas para ocasiones especiales, y no sé por qué me las puse hoy.

Miro mi reflejo en el espejo mientras me termino de maquillar. No suelo exagerar con el maquillaje, me gusta lo natural, solo un toque de base y un poco de delineador. Pero hoy me siento diferente.

Hace exactamente seis días decidí abandonar el caso tras explicarle a mi jefe todo lo sucedido. Por supuesto, lo entendió y lo derivó a Medina. Sé que él podrá con ello. A mí decidió adjuntarme un nuevo caso: una muerte tras un accidente de coche. Los culpables están ahora mismo en un psiquiátrico.

El sonido del timbre me saca de mis pensamientos. Me sobresalto un poco, y mi corazón da un pequeño brinco en mi pecho. No esperaba que llegara tan pronto, aún no me he puesto el pantalón, suerte que la sudadera es lo suficientemente grande para taparme las nalgas.

Me apresuro a abrir la puerta rápidamente para poder entender qué me dijo hace un rato, para hacerle la pregunta que me ronda en la cabeza.

Cuando quito el seguro y giro la manivela, la puerta se abre de golpe.

Apenas puedo reaccionar dando un brinco hacia atrás con un grito de sorpresa. Fijo la vista y ahí está, mirándome desde la puerta, y por un momento el tiempo parece detenerse. No sé qué hacer.

En su mano brilla una navaja que mueve con una calma inquietante en círculos, jugando con ella. La veo deslizarse entre sus dedos, reluciendo con la luz tenue del pasillo, y un escalofrío recorre mi espalda.

Algo no está bien. Algo en su mirada, en su actitud... No es él.

Mis piernas comienzan a moverse por fin, mi cuerpo reacciona a ese impulso irracional de escapar y comienzo a retroceder, paso a paso, Cada uno de ellos es una lucha interna.

No puedo dejar de mirarlo, pero al mismo tiempo quisiera huir de esta escena aterradora.

Mi mente me ordena que corra, pero mi cuerpo sigue retrocediendo lentamente, tratando de no perderlo de vista, tratando de adivinar qué va a hacer, qué es lo que pretende.

—¿Qué quieres? —susurro sin darme cuenta.

¿Está jugando? ¿Está enfadado? No lo sé, sólo sé que la navaja sigue en su mano, girando, y no responde.

—¿Es… Estás bien? —Mi voz titubea, pero no sé si quiero saber la respuesta.

Algo en su actitud me hace sentir que no me va a dar una explicación clara, pero aun así, no puedo evitar preguntar. Se acerca, tan cerca que casi puedo sentir el calor de su aliento. Su mirada fija en mis ojos, y luego, con una voz suave

pero decidida, me responde:

—Más que bien… Hoy te haré recordar.