Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1) Chapter 29
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Chapter 29

Elena

Presente

—«No son los últimos», ¿qué significa eso?¿Qué estamos buscando, Santiago?

Se gira hacia mí, puedo notar que tiene… ¿miedo? No puedo recordar cuándo fue la última vez que vi esa expresión en su rostro.

—Amor, no podemos seguir buscando. —Sus palabras me calan hondo—. Estás demasiado metida en la investigación. Estás demasiado cerca de...

—¿De qué hablas? —Algo en la forma en que lo dijo no me gusta, me da un mal presentimiento.

Santiago se mueve hacia adelante, sus pasos pesados resuenan en la sala, retumbando en mis oídos.

—No quiero que te pierdas en este caso... Están jugando contigo —Dice, como si estuviera hablando más para sí mismo que para mí.

—No pienso perderme —afirmo, mientras siento cómo mi voz se rompe.

Pero yo también tengo miedo de perder el control. Esto jamás me había pasado en todos los años que llevo trabajando. He estado involucrada en casos de asesinos en serie, de desapariciones, de suicidios y ninguno me había hecho sentir de esta manera.

—Puedes pedir que te asignen otro caso, derivarlo a otra persona.

Jamás me he dado por vencida y no pienso hacerlo ahora, pero estoy aterrorizada.

—Hemos estado siendo manipulados desde el principio.

No espero su respuesta, porque sé que no quiero escucharla.

Me aparto de él mirando al suelo, incapaz de sostener su mirada, mientras mi mente sigue dando vueltas.

—Santi, ¿y si no están muertos y son ellos los que están jugando conmigo?

Salimos del lugar, nos subimos al coche y nos alejamos a toda prisa.

—En serio no me gusta cómo se están poniendo las cosas

—insiste cuando frena en un semáforo.

—A mí tampoco.

He investigado cada puñetero rincón, cada pista, pero aún no entiendo qué es lo que realmente buscamos.

—Amor —sigue, interrumpiendo mi tren de pensamientos—. La policía estuvo meses investigando el caso y no encontraron nada. Entiendo que la mayoría de las veces has podido cerrar los casos que te adjuntan, pero si algo no te está haciendo bien, tienes que pensar en ti antes que en el trabajo…

El sonido del móvil interrumpe su discurso. Me tenso al ver que es un mensaje de texto, pero esta vez hay una imagen.

Somos nosotros. Se nos ve caminando, claramente está tomada desde una ventana en una de las calles en las que estuvimos investigando. Nos estaban vigilando.

Santiago se gira rápidamente a mi lado y, sin decir palabra, mira la pantalla del móvil.

—Eso no me gusta nada de nada.

La presión comienza a apretarme el pecho, pero trato de mantener la calma. Si algo he aprendido en esta investigación es que no puedo dejarme arrastrar por el miedo, aunque sea difícil.

—Tenemos que ir a ese lugar —le indico con voz firme, a pesar de la ansiedad que me come por dentro.

Entramos al edificio abandonado evitando hacer ruido, y avanzamos hacia las escaleras. Al llegar al que creo que debería ser el piso desde nos han tomado la foto, intento abrir todas las puertas. Cerradas, excepto una de las cerraduras, que encuentro rota. Bingo.

Le hago un gesto con la mano para que me siga, y ambos entramos cautelosamente en el lugar. Solo veo papeles y muebles rotos dispersos por el suelo. Nada interesante hasta que me fijo en una de las paredes: una serie de símbolos, aquellos mismos que habíamos visto en la fábrica.

Pero hay algo más. Una lista de nombres y, en medio, el mío.

Elena Santos.

Me acerco a la pared, mis manos tiemblan al tocar los nombres escritos con lo que parece ser sangre.

—Esto no es una jodida coincidencia, están jugando conmigo.

Soy el punto en común entre esos hombre. A lo mejor mi teoría es real y están vivos, queriendo joderme la vida.

He estado ciega tanto tiempo.

Yo los he atraído. No solo los había metido en mi vida, los había marcado, y ahora al mirar atrás, comienzo a encajar todo.

—Esto no puede ser —murmuro para mí misma.

Todo lo que había hecho, cada decisión que tomé, me había llevado a esto. Necesitaba respuestas, pero ahora no estoy segura.

Hay algo dentro de mí, una sensación, que me dice que todo lo que había estado buscando no es más que un reflejo de lo que ya sabía, algo que había estado ignorando.

Mi cuerpo reacciona de forma automática, mis piernas se mueven más rápido de lo que mi mente puede controlarlas.

Cada paso es más frenético, y mi respiración se acelera.

El miedo me hace correr. Salgo del piso y bajo las escaleras sin pensarlo, cada paso me acerca más a la única verdad que me quedaba por descubrir: estoy involucrada en todo esto.

Mientras corro hacia casa, siento como si estuviera a punto de perder el control en cualquier momento.

Cada rincón de la ciudad parece empeorar la situación, cada sombra en la calle me acecha ¿Por qué nunca lo había visto?

¿Por qué no había entendido lo que estaba sucediendo?

Al llegar a casa, siento una presión en el pecho que me ahoga. La tierra parece desaparecer bajo mis pies, el suelo cede en una sensación de inestabilidad que no puedo controlar.

Lo primero que hago es cerrar la puerta con un golpe seco.

El sonido retumba en mis oídos, y resuena en la quietud de la casa.

Me apoyo contra la madera de la puerta tratando de controlar la respiración, pero las palabras de ese hombre, las imágenes que vi, todo sigue arrastrándome.

Cada detalle, cada pista, me golpea como un maldito martillo en la cabeza.

No sé cuánto tiempo paso allí apoyada contra la puerta en silencio cuando se abre y veo entrar a Santiago. Sus ojos se encuentran con los míos, llenos de preocupación y, sin decir una palabra más, se acerca corriendo hacia mí. Se sienta a mi lado y me envuelve en sus brazos.

No intento resistirme. Me dejo llevar por el abrazo, lo único que puede anclarme a la realidad en medio de todo este caos.

Mis manos se aferran a su camisa, mis dedos temblorosos no quieren soltarlo.

Las lágrimas comienzan a salir. Todo lo que había estado reteniendo, todo el miedo y la incertidumbre, finalmente deciden liberarse. Estoy desbordada.

Mi pecho se aprieta, la respiración se vuelve más difícil y me cuesta encontrar el aire. Soy consciente del ataque de pánico, pero en este momento, con él a mi lado, no importa. Solo me dejo llevar, sintiendo las lágrimas caer sin control.

—Shh… Tranquila, todo está bien —me asegura en voz baja, acariciándome la cabeza.

Pero yo sé que no lo está. Las respuestas siguen siendo esquivas, el miedo sigue ahí.

Sigo aferrándome a él, luchando por respirar, la sensación de estar atrapada en mi propia mente sigue ardiendo.

—Creo que es mejor que nos vayamos de este lugar—me susurra al oído.