Chapter 26
Elena
Presente
—¿Quién eres? —Santiago se acerca y se ubica delante de mí en modo de protección.
El hombre sonríe, pero sus labios se curvan de una manera que no refleja ninguna simpatía, solo una fría intención que me pone los pelos de punta. Pero son sus ojos, brillando mientras lo hace, lo que me produce un escalofrío en la espalda.
—Mi nombre importa una mierda, lo que importa es lo que buscáis. ¿De verdad creíais que podríais descifrar lo que ocurrió con esos tres hombres?
Lo miro fijamente, tratando de mantener la compostura. Sé que está jugando con nosotros, buscando alguna grieta por donde pueda entrar. Pero no voy a ceder. Respiro hondo, aunque cada fibra de mi ser me grita que algo está terrible-mente mal.
—Estamos buscando respuestas, es mi trabajo —respondo con tono firme.
El hombre da un paso adelante, y la luz débil que llega desde la entrada ilumina su rostro, revelando cicatrices viejas y profundas. Tiene muy mal aspecto.
¿Será este el tipo que decía el dueño del edificio de Sebastián y su madre?
—Ellos eran parte de algo mucho más grande. —Su voz tiene un efecto más paralizante que su mirada—. Lo que les ocurrió no fue una coincidencia.
—¿Qué signfíca eso? Si pretendes joder, ya puedes irte y dejarnos hacer nuestro puto trabajo —exclama Santiago.
Siempre me ha impresionado su habilidad para mantener la calma en momentos como este. Es el equilibrio que necesito. Sin él ya habría salido corriendo despavorida.
El hombre sonríe de nuevo, como si estuviera sopesando nuestras vidas, decidiendo qué hacer con nosotros.
—La verdad —responde a la pregunta con sarcasmo—es algo que pocos pueden manejar. Estaban involucrados en algo más grande. Algo que ya no podían detener y terminó por arrastrarlos.
—¿Qué cojones significa eso? No estás diciendo ni mierda
—vuelvo a preguntar, esta vez más urgente, más desesperada.
El hombre hace una pausa mirando el extraño altar frente a nosotros. Sus ojos se clavan en la figura de madera.
—¿Creen que esos hombres fueron los únicos? —pregunta fi nalmente—. Fueron los primeros, pero no los últimos.
Un frío recorre mi espina dorsal.
—¿Qué estás insinuando? Te recuerdo que estás frente a una investigadora privada, puedes terminar encerrado en la cárcel en pocos minutos—le explica Santi, manteniendo la calma.
El hombre se gira hacia nosotros con una mirada penetrante, como si estuviera tomando su tiempo para decidir si debe hablar más o no.
—Estoy insinuando que todo esto —señala a su alrededor—es parte de un juego.
—¿Y qué quieres de nosotros? —Su palabrería empieza a enfermarme.
—No quiero nada de vosotros, pero estais buscando algo que no deberíais. Algo que cambiará todo lo que creen saber. Y cuando lo descubran... no podrán volver atrás.
—¿Sabes qué les pasó? ¿Están muertos? —casi imploro una respuesta que tenga un poco de lógica.
El hombre no dice nada más. Solo se gira y comienza a alejarse hacia la oscuridad. Cada paso suyo resuena en el silencio. Una puerta metálica se abre con un chirrido y, tras un golpe seco, desaparece.
Nos quedamos allí, inmóviles, en completo silencio.
—Creo que esto se está poniendo muy turbio. Trabajo con muertos, pero esto me está acojonando.