Chapter 25
—Esta vez lo haremos diferente. Ponte el antifaz, que comience el juego.
—¿Qué vas a hacer? —dice poniéndoselo, convirtiéndose en un ser completamente mágico.
—Te voy a follar en ese altar, pero primero me ayudarás con este… —Señalo al hombre que está desmayado en el suelo.
—¿Lo vamos a crucificar? Por favor, dime que sí —responde, con voz divertida. Cómo le encantan estos juegos.
—Por supuesto, todo lo que pidas. Tus deseos son órdenes.
Juntos cargamos al hombre y, poco a poco, con mucha dificultad, comenzamos a clavarlo en esa cruz enorme que hay detrás del altar.
Este sitio es una locura; está en ruinas y es perfecto.
Aquí nadie podría escucharnos, pero el morbo que da, el miedo que genera, es mágico.
—Siéntate encima del altar y ábreme las piernas, quiero ver que tan mojada estás.
Me hace caso sin dudarlo, y la observo de lejos.
Qué belleza de mujer, y es toda mía.
Me acerco a ella, con una mano le tiro del pelo y con la otra toco todo su centro.
—Estás chorreando —le digo, mirándola a los ojos.
—Por ti. Esto es lo que logras, necesito que hagas algo, lo que sea, te necesito ya… —admite entre pequeños gemidos mientras paso mi pulgar sobre su clítoris y con dos dedos comienzo a penetrarla, sintiendo su humedad—. Un día me vas a volver loca.
—Pídemelo, ¿qué quieres? —Alejo mi mano de su centro y me paso los dedos por los labios, sintiendo lo dulce de sus fluidos.
—Quiero tu lengua, luego tus dedos y, cuando no pueda más de tanto correrme, me folles tan duro que me destroces. Quiero que me revientes.
—Tus deseos son órdenes, pero primero, vamos a despertarlo… —Señalo al hombre crucificado. Necesito que vea el espectáculo—. Tú te quedas así, no te muevas, ni se te ocurra cerrar las piernas y, si quieres, puedes tocarte un poco para mí. No me molestaría.
Sin pensarlo, comienzo a darle bofetadas al hombre, le lanzo un chorro de agua en la cara mientras por el rabillo del ojo noto cómo ella no ha podido aguantar: me hizo caso. Está inclinada, apoyada en un codo viéndome y moviendo su dedo índice en círculos sobre el clítoris.
No me puede tener más duro porque sería físicamente imposible; podría correrme sin tocarla solo con el espectáculo que está montando ella solita.
El hombre se despierta, desorientado, mirando a su alrededor. Está amordazado, no puede gritar, ni hablar; no necesitamos escuchar sus quejidos y lamentos. Sus manos y pies bien atados a la cruz. De momento, no tiene heridas, queremos jugar antes de hacerle sufrir por todo lo que hizo.
—¡Buenos días! Por fin despiertas, mira lo que te estabas perdiendo. —La señalo a ella.
Hace ruidos extraños y abre bien los ojos desconcertado al ver quiénes somos. Pero su mirada pasa en segundos a su centro, por supuesto, es imposible no ver lo que hace.
Me acerco al altar, le paso los brazos por encima del cuerpo, mirando fijamente al tipo a lo lejos, y paso el dedo índice por su clítoris. Ella gime en respuesta y apoya la cabeza en mi hombro.
—¿Te gusta lo que ves? ¿Te gustaría ver cómo me la follo en tu cara o quieres participar?
Giro al rededor del altar para tener sus piernas abiertas frente a mí, me agacho un poco y le paso la lengua, limpiándola. Con el dedo índice le dibujo círculos mientras ella grita y se retuerce de placer.
—Por favor, me estás matando —intenta quejarse.
—Todo lo que me pida la reina.
Me agacho de nuevo y comienzo a jugar en su centro con mi lengua, succionando cada cierto tiempo. Con las manos mantengo abiertas sus piernas; abierta para mí, solo para mí.
Una vez se corre por primera vez, me aparto, le deposito un beso en los labios y me acerco al hombre.
—¿Contigo gritaba así? ¿No? Qué lastima que no pue-das hablar, me encantaría escuchar como lo pasabais en la cama…
Aunque quizá me lo puedes mostrar. Debes ser un maestro, imagino, si has estado con tantas mujeres y te has permitido jugar con ellas, seguramente la tengas enorme y la sepas usar muy bien, ¿no?
Ella entiende lo que estoy queriendo decir o pedir…
Se baja del altar, se pone de pie frente a nosotros, con delicadeza deja caer su vestido negro y queda completamente desnuda, tan solo con el antifaz y el cabello cayendo sobre sus senos.
Con su anillo roza el cuerpo del hombre.
Cuando llega a su cuello, pasa la lengua por el costado y el tipo se eriza.
Sigue el camino con el anillo y poco a poco va bajando hasta que llega a la cremallera del pantalón.
Viste con un traje, típico empresario. Ahora mismo solo lleva el pantalón y la camisa bastante arrugada, no podíamos hacer mucho más.
Le abre el cinturón de a poco, lo saca por completo y me lo deposita en las manos. Le abre la bragueta, baja un poco el pantalón, se agacha frente a él y le pasa la lengua por toda la polla al muy hijo de puta.
No es mi polla. Quiero que sea la mía, no la de él, pero es parte del juego.
El hombre se tensa y en pocos segundos ya la tiene dura. Lo está disfrutando. Ella lo mira a la cara mientras se la mete hasta el fondo. Con la otra mano le toca un poco las pelotas y el hombre comienza a emitir soniditos de satisfacción.
No puedo aguantar más, voy a explotar viendo esta escena.
La levanto, me saco la polla del pantalón y la volteo de espaldas a él.
—Te la vas a follar por el culo para que lo disfrutes. Seguro que tras tanta mujer un coño te parece poca cosa, así que todo tuyo. —Le doy una nalgada a ella—. Un culito bien prieto solo para ti.
La ayudo a meterse la polla del hombre dentro de su culo estrecho.
Me ubico frente a ella, se inclina hacia mi miembro y me coge con sus delicadas manos para metérsela en la boca.
La ayudo guiándola con las manos en sus hombros para que la polla del malparido no se le salga.
En esa posición, él solo puede mover un poco la pelvis.
Se nota que se estaba volviendo loco; intenta moverse cada vez más, buscando su disfrute.
Dejo que me la chupe un poco más y la levanto, la aprieto entre mi cuerpo y el de él. Se vuelve a introducir su polla en su culo. Cuando ya la tiene dentro, la penetro de golpe por delante, sintiendo mis testículos rozar los de él.
Apoyada en nuestros hombros comienza a moverse de arriba abajo, gritando de placer.
Pero yo no voy a permitir que esto siga así; no quiero el semen de ese idiota en ese culo tan bonito. Es solo mío.
La separo de él, me la llevo al altar, la pongo boca arriba y paso mi lengua por sus pezones, duros como piedras.
Me acerco al hombre, saco mi pequeña y hermosa navaja y se la clavo en la polla sin aviso. El grito que suelta resuena sobre las paredes y se retuerce de dolor, pero yo no paro de mover mi mano hasta que la polla se le pone flácida y cae a un lado.
—¿Creías que te ibas a ir de rositas? ¿Qué te ibas a follar a mi mujer? ¿Qué te ibas a correr en su culo como si nada? Mientras te desangras, verás como yo sí logro llenarle cada agujero de su cuerpo.
Vuelvo al altar, la atraigo hacia el borde por las piernas y sin aviso la penetro hasta el fondo. Aprieto su vientre con ambas manos, inmovilizándola, mientras me la follo hasta romperla, como me pidió.
Ella quiere que la reviente, pues la voy a reventar.
—La navaja —me dice entre gritos.
Entiendo inmediatamente lo que me pide, así que la giro de modo que quede con las manos y pecho sobre el altar. Abro la navaja un poco, quedando la hojilla hacia un lado y le meto el mango lentamente por detrás. Cuando ya lo tiene dentro, me posiciono de nuevo y entro por su coño.
Con la mano que tengo libre le aprieto la cadera para que entienda que no se puede mover. La penetro cada vez más duro y con cada estocada la navaja me roza, la sangre va cayendo y manchándonos.
Lanzo la navaja lejos; no puedo más, necesito correrme.
Se la meto de golpe por atrás y le doy tan duro que la escucho llorar, no sé si de dolor o de placer, pero no paro, no paro hasta que me corro dentro de su culo y la lleno entera.
Antes de perder la dureza, la penetro de nuevo mientras que con una mano masajeo su clítoris invitándola a correrse, y en pocos segundos sus piernas comienzan a temblar sin control, su silencio me hace entender que está llegado al orgasmo así que no paro, mi mano se mueve cada vez más rápido hasta que suelta un hermoso grito de placer y se deja llevar.
Meto dos dedos dentro de ella para tocar sus fluídos, sacándole un par de gemidos extras, los saco y me los llevo a la boca. «Delicioso»
—Todo tuyo… —le digo con una mueca divertida al tiempo que nos adecentamos un poco.