Chapter 15
—Ay, ay, ay, pareces tan inocente allí colgado… Ahora sí que lloras, ¿no? —le digo al hombre que tengo enfrente, colgando con los brazos sujetos a unas grandes cadenas que bajan del techo.—¿Llorabas así cuando les pegabas? Maltratador hijo de puta.
—Por favor, te juro que hago lo que me digas, pero suéltame.
—Claro que vas a hacer lo que quiera, no tienes ni idea de lo mucho que te vas a arrepentir de haberme ofrecido eso.
—Cojo uno de los juguetes que más me gustan en días como este: un pequeño tubo de hierro de casi un metro de largo.
Camino alrededor de él, rozándole el cuerpo con el tubo al tiempo que noto cómo se intenta mover, cagado de miedo, con la sangre cayendo por su pecho.
—Vamos a tardar un buen rato en limpiar este desastre.
—murmuro.
La escena es una puta belleza, no tiene comparación.
Nuestra obra, nuestro caos.
El juego ha comenzado, y aún nos falta mucho por hacer. Sin embargo, llega esa voz, interrumpiendo mis pensamientos, deshaciendo momentáneamente mi concentración.
—Yo tengo una idea mejor. —Esa maldita voz se aproxima, y mi cuerpo lo siente.
Los pasos resuenan cada vez más cerca. Mi respiración se acelera, la sangre en mis venas bombea con fuerza y mi polla está lista para ser liberada.
Cuando se encuentra lo bastante cerca, puedo sentir su calor. Quiero tocarle, sentirla en medio de este desastre.
En un suspiro bajo, casi imperceptible, siento el roce de su cuerpo contra el mío y de reojo puedo ver ese antifaz que me vuelve loco.
El suelo está completamente cubierto de sangre por las extremidades que ha perdido el pobre imbécil colgado y el muy desgraciado aún no muere.
—Hey… No te me duermas, que acabamos de empezar
—le ofrezco dos bofetones en su mejilla izquierda.
El sudor le cae por la frente, el tembleque en su labio inferior, las pupilas dilatadas. Su miedo es nuestro combustible.
Me acomodo la máscara, le doy la espalda al imbécil y me concentro en la belleza que tengo a mi lado.
Coloco con delicadeza mis manos en su rostro y acerco mis labios a los suyos.
Al sentir ese contacto todo explota dentro de mí; necesito follármela hasta dejarla sin respirar, quiero escuchar sus gritos.
Sus jadeos son mi canción favorita.
Pero, sé que en días como estos le encanta ese morbo que genera el que alguien que está a punto de morir pueda ver como me moja la polla con sus corridas, así que, vuelvo a girar, dejándola a mis espalda, porque sé que lo quiere despierto y puede que sea un trabajo complicado, ha perdido demasiada sangre.
Con un gesto firme, le abro uno de los ojos, obligándole a mirarme.
—Despierta, princesita —demasiado cerca de su rostro.
Es fascinante cómo su cuerpo responde. Está a punto de morir pero la lucha sigue ahí de alguna manera.
Lo quiero ver rendido, lo quiero ver entregado, y ese momento es justo lo que necesito para asegurarme de que no va a ser fácil para él.
—Disculpa por ser tan pesado, pero, seguramente nunca pensaste en lo que sentían cuando les pegabas, ¿cierto? ¿Lo estás pensando ahora?
Mi mano se cierra con fuerza en su mandíbula.
Le suelto con rabia, me pongo de cuclillas, con un dedo toco su tibia sangre y volteo la cabeza sonriendo para ver que está haciendo ella.
La encuentro tan cerca de mi cuerpo, esa maldita tentación. Coge mi dedo manchado y se lo lleva a la boca.
Mis manos buscan su piel sin pensarlo, no puedo esperar más.
Caemos al suelo, chocando con el desastre que hemos creado. En segundos se acomoda sobre mí y comienza a moverse de manera salvaje, buscando el roce.
Busco incorporarme un poco y le saco el vestido por la cabeza, llenándola de sangre al paso.
Se levanta un poco, libera mi miembro y en un solo movimiento, la empalo, llegando hasta el fondo, sosteniendo sus caderas en alto para poder moverme debajo. Gemimos sin parar cada vez más fuerte; no para de mover sus caderas pidiendo más, llevándome al éxtasis.
—Me voy a correr, no aguanto, joder —informo entre jadeos.
Sus piernas tiemblan, sus manos me aprietan el pecho y entre gritos, se deja llevar por el orgasmo.
Cuando noto que ya ha acabado, me dejo ir, sintiendo cómo ejerce presión para mantener dentro cada gota.
Nos quedamos tumbados en el suelo temblando, observando a la persona que tenemos a pocos centímetros, y sonreímos.
—En serio somos un jodido desastre.
—Lo sé, acabemos ya con esto que necesito una ducha y tu vas conmigo.
—Pues, querido, fue un placer haberte conocido, pero necesito follar más.
Como comprenderás, tengo prioridades. Y de manera sutil, casi como si fuera un juego, con su navaja preferida perfectamente afilada, empieza a trazar líneas en el pecho del hombre, sin un orden claro.
Un pro-ceso casi involuntaria, como si las manos se movieran solas, guiadas por algo más que la razón.
Una obra de arte.