Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1) Chapter 14
38%

Chapter 14

Elena

La mañana siempre comienza de la misma manera en nuestro pequeño piso compartido.

La luz del sol se filtra a través de las cortinas, pintando la desordenada cocina con tonos cálidos de amarillo.

Las tazas de café vacías, los libros esparcidos por toda la mesa y las hojas de apuntes llenas de garabatos y dibujos casi incomprensibles.

Mientras tanto, aquí estoy yo, en mi cama, disfrutando de unos minutos más de paz. Me encanta la sensación de quedarme acurrucada bajo las mantas escuchando el sonido lejano de Santiago moviéndose por la casa.

Es una máquina de productividad. Se levanta cada día a las cinco de la mañana. A veces me pregunto cómo puede estar tan lleno de energía a estas horas de la mañana, son apenas las 7:30 am.

—¡Amor! —Su grito rompe mi burbuja de felicidad—.

¿Vas a quedarte en la cama todo el día o vas a ayudarme a organizar la casa?

Sonrío y me levanto despacio, con pereza, dejando que el suave peso de las mantas se deslice por mi cuerpo.

Salgo de la cama, me acerco al baño que tengo dentro de mi habitación, me cepillo los dientes, un poco de agua en la cara y camino a la cocina, aún con el cabello desordenado y los ojos medio cerrados.

Santi está un poco en su mundo, recitando algo sobre anatomía y cadáveres con la misma pasión con la que alguien hablaría sobre el último capítulo de Dexter. Me acerco a la mesa en piloto automático y me dejo caer en la silla, dejando que el aire fresco de la mañana me despierte un poco.

—¿Sabías que en la autopsia de una mujer que murió de envenenamiento, el contenido de su estomago era azul? Habla como si fuera una historia fascinante que contar, porque en esta casa hablar sobre muertos es el pan de cada

día.

Mientras él se dedica a estudiar cuerpos, diseccionar historias del pasado, yo prefiero buscar respuestas en el presente.

Estudié criminología. Siempre fui fiel amante de las series de true crime. La idea de descubrir la verdad detrás de un misterio siempre me ha llenado de emoción.

—¿Sabías que los asesinatos por envenenamiento son tan raros como los de acantilados? —contraataco, sin tener ni puñetera idea de para qué le sigo el juego.

Pero no me escucha, está demasiado concentrado en sus apuntes.

Me sorprende la facilidad que tiene para hablar sobre ciertas cosas sin que se le encoja el estómago. Yo, en cambio, suelo evadir ciertos detalles; prefiero quedarme en la superficie de la investigación.

—¿Qué pasa con ese caso que llevas semanas investigando? —Su pregunta me saca de mi ensoñación y ya no oigo su monólogo; ahora está sirviendo una taza de café.

—¿El misterio del gato desaparecido de la señora Enrica?

—bromeo mientras me acerco a la encimera y cojo una sartén para preparar el desayuno—.

No creo que eso me ayude mucho en mi carrera, pero tal vez me sirva para mejorar mis habilidades de observación.

¿Sabes? —Abro dos huevos a la vez y los tiro al aceite ya caliente—.

Sería genial si trabajáramos juntos algún día.

Tu podrías ser mi médico forense personal y yo la detective.

—Me encanta la idea —Sonríe, recostándose en la silla, a mi lado—. Solo tienes que prometer que me contarás todas tus teorías locas de cada caso y así yo puedo jugar un poco a ser detective también.

He aprendido a contenerme. A veces me dejo llevar demasiado por las teorías que crea mi cerebro, pero eso es lo que me emociona: la posibilidad de descubrir algo grande, algo que nadie más puede ver.

—Por cierto, tengo un regalo para ti. Lo miro confundida.

—Pero si no es Navidad ni mi cumpleaños. Se encoge de hombros.

—¿Acaso tengo que esperar a esas fechas para regalarle algo al amor de mi vida?

—No empieces, mejor búscate una novia. Ya me tienes harta con tus gemidos por las noches.

Se le escapa una risa.

—Cuando quieras te puedes unir —suelta, y me observa de arriba abajo, mordiéndose un poco el labio inferior. Sacude la cabeza como intentando borrar cualquier pensamiento morboso y se va corriendo a su habitación.

Unos segundos después, regresa con una bolsa de regalo en las manos.

Aparto la sartén del fuego, me enjuago las manos y al voltearme hacia él ya lo tengo muy cerca de mi cuerpo.

Me da un beso en la mejilla antes de entregármela.

La abro con rapidez; no me gustan las sorpresas, me generan ansiedad.

Al sacar el contenido, frunzo el ceño, extrañada.

Es un muñeco tejido a mano, con botones como ojos, uno de esos que parecen salidos de una película de terror o los que usan para hacer vudú.

—Es igual que tú, muy gótico. Quiero que, por cada logro que tengamos en nuestra vida, tengamos uno de esos.

—¿Me estás haciendo brujería? —Dejo el muñeco en la mesa y retomo la preparación de mis huevos fritos con bacon.

Se ríe y me responde con esa mirada picarona que tanto me descoloca.

—Si lo estuviera haciendo, no tendrías que escuchar mis gemidos al otro lado de la pared… Los escucharías encima de ti… O abajo.

Me ahogo con mi propia saliva y comienzo a toser, sor-prendida con el comentario.

—Intentaré eliminar de mi memoria lo que acabas de decir —Continúo riendo, nerviosa, mientras él hace un gesto de inocencia levantando ambas manos—. Ahora, hablemos de este fin de semana, por favor.

Mis amigas vienen a Barcelona, y nos espera una buena noche de fiesta que necesito de manera urgente; un poco de alcohol y olvidarme de todo durante unas horas.

—¿Por qué no invitas a tus amigos? —propongo, dándole un pequeño empujón en el brazo—. Nos vendría bien más compañía. Además, quién sabe, igual alguna de ellas termina con alguno de ellos.

—¿Otra vez haciendo de cupido, muñequita?

—Que no, esta vez lo tengo que lograr. Con que al menos una pareja termine la noche follando yo ya me doy por satisfecha.

—Venga, va. Pero si esto acaba raro, tú te encargas.