Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1) Chapter 13
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Chapter 13

El móvil vibra en mis manos: un mensaje de texto.

«Qué cojones?»

No pone nombre, aparece como contacto desconocido. Mis ojos se clavan en la pantalla, incapaz de procesar lo que veo. No puede ser.

—¿Todo bien?

—Sí, solo… —Miro de nuevo el móvil.

Sabemos lo que ha hecho. Estás más cerca de lo que crees.

Carraspeo, buscando mantener la compostura.

—Sí, no te preocupes. Vamos, que llegaremos tarde y hoy tengo que poner al día a Riquelme con el caso —Me pongo de pie con torpeza, cogiendo mi bolso y acomodándome un poco el pantalón.

Santiago camina a mi lado sin decir una palabra. Está disfrutando de estar en el barrio, a diferencia de mí, él no guarda ningún mal recuerdo de este lugar y ha vuelto de tanto en vez para visitar amistades.

—Vamos al taller de Miguel Escobar —informo.

Miguel fue quien me quitó la virginidad y el primero con el que compartí un beso.

Recuerdo cómo me sentí en ese momento, sin realmente entender lo que implicaba estar cerca de alguien como él, lo que significaba ser joven y vulnerable.

En ese entonces, las emociones parecían ser más simples, o al menos eso pensaba.

Es curioso cómo las experiencias de la juventud, aunque no siempre las entendamos, van dejando huellas.

En ese entonces, pensé que Miguel era el hombre que me mostraría lo que significaba ser adulta, deseada, querida. Duele pensar que, en muchos casos, las personas que crees que te van a cuidar son las que más te pueden herir.

Apenas tenía doce años, y lo que parecía algo romántico para mí, había sido una manipulación en toda regla. No abrí los ojos a tiempo, no vi las señales.

Claro, eso lo pienso ahora, por supuesto, una preadolescente encaprichada no piensa en ese tipo de cosas. Para mí era una gilipollez que el chico que te gusta es el que le hace bullying a toda la escuela. A todos menos a ti, ¿no? Idiota.

Llegamos a la galería de arte en la calle Malats. Las puertas de cristal están opacas por la suciedad, pero aún quedan vestigios de sus días de gloria. Al entrar, un olor a pintura y madera llena el aire.

—Creo que no hay nadie. —Santi observa el lugar con detenimiento—. ¿Estás segura de que este es el sitio?

—Sí, es aquí.

Avanzamos hacia el fondo del pasillo, donde las antiguas pinturas decoran las paredes.

Algunas son preciosas, otras algo perturbadoras. Las caras distorsionadas de sus modelos parecen gritar de miedo. Una metáfora de lo que había sido mi relación con ese hijo de puta. Curioso.

Una figura aparece a lo lejos. Una mujer rubia, con cabello corto y una expresión triste se acerca lentamente.

—¿Puedo ayudarlos?

—Buenos días, soy Elena Santos, detective. Estamos bus-cando información sobre Miguel Escobar —Tomo la iniciativa. No quiero perder tiempo en rodeos.

La mujer nos mira fijamente durante unos segundos, y luego parece comprender la situación.

—Soy Laura, la esposa de Miguel. —Le tiembla un poco la voz al decir esas palabras.

Santiago y yo intercambiamos una mirada, me da un poco de dolor abordar el tema.

Al final, decido ser directa.

—Estamos investigando su desaparición. ¿Nos regalas unos minutos?

Laura suspira y se deja caer sobre una silla cercana.

—Miguel… Miguel no era lo que todos pensaban. —Se le quiebra la voz—. Nosotros… teníamos una relación complicada. Era inestable, por decirlo de alguna manera.

—Hay tres hombres desaparecidos, ¿te suenan los nombres de Sebastián Ortega y Ricardo Calderón?

—¿Qué desapariciones? No ——Niega con la cabeza—. Pero sé que él tenía una doble vida, siempre me decía que iba a salir con sus amigos, a quienes nunca conocí. ¿Qué casualidad no?.

—¿Alguna vez hablaron de ello?

—No, pensaba hacerlo en algún momento pero, cada vez que buscaba sacar la conversación el hablaba de una «gran obra». Su voz se corta, como si estuviera a punto de decir algo, pero por algún motivo se arrepiente.

El silencio se apodera del lugar.

Finalmente, se levanta de la silla y se dirige hacia un escritorio cercano, sacando un pequeño sobre del cajón.

—Esto es lo único relevante que pude encontrar entre sus cosas, después de que la policía abandonara el caso. —Me lo entrega con manos temblorosas. Lo abro y encuentro una foto mía con Miguel, abrazados, sonriendo. Sobre nosotros, pintado con tinta roja, hay una cruz dibujada.

—¿Eres tú, ¿cierto? Tienes la misma mirada, lo supe cuando entraste.