Chapter 11
Elena
El timbre suena y los estudiantes salen pitando de las aulas, llenando los pasillos con risas.
Pero yo hoy no soy capaz de unirme a esa alegría; definitivamente no es mi día.
Hacía tan solo horas me había sentido tan especial, tan completa, un día que debería haber sido un hermoso recuerdo pero, en cambio, se convirtió en una pesadilla.
—Mis abuelos están dormidos pero tienen el sueño ligero así que callado, ¿vale? —le pido a Miguel tras terminar de abrir la puerta de casa.
Lo cojo de la mano y corremos hacia mi habitación intentando hacer el menor ruido posible. Una vez dentro, cierro el pestillo de la puerta y en cuanto me doy la vuelta ahí está, tan cerca de mi cuerpo, tan precioso, tan alto, tan musculoso, tan perfecto.
—Tengo miedo, no quiero que duela —admito.
—Tranquila, lo haremos despacio y, si te duele, paro, ¿vale?
Asiento con la cabeza durante un segundo porque me corta el movimiento cuando pega sus labios contra los míos. Ya nos hemos besado muchas veces. Tengo bastante experiencia, así que mi lengua enseguida se une a la suya en un beso apasionado.
Sus manos comienzan a bajar por mis brazos hasta llegar al final del top del pijama y me lo sube, dejando al descubierto mis pechos.
Con los dedos pellizca ambos pezones para luego dar paso a su boca y saborear uno de ellos.
En el momento en el que siento cómo lo muerde, mi cuerpo reacciona, mi vientre comienza a moverse buscando el roce con su pantalón.
Se incorpora, me coge de la mano y me guía hasta mi cama.
Acostada boca arriba lo observo, mientras con sus manos expertas expone su miembro.
Estoy cagada de miedo, es el primero que veo en mi vida y no tengo ni idea de qué es lo que tengo que hacer.
—Cierra los ojos y siénteme, te prometo que lo pasarás muy bien.
Hago caso, cierro los ojos y noto cómo sus manos me bajan los pantalones cortos junto con las bragas, me abre un poco las piernas y… ¿Qué hace? No lo siento y tengo terror de abrir los ojos.
En unos segundos noto su cuerpo cubriendo el mío, acerca la cara, comienza a besarme al tiempo que intenta introducirse dentro de mí.
—Shhhh, tranquila. No aprietes, tienes que relajarte. Hago caso, respiro y dejo que mi cuerpo se relaje, permitiéndole el acceso.
Al principio duele, mucho, pero no digo nada, esto tiene que ser normal ¿no?
Duele, y él va entrando cada vez más.
—Eso es, ahora vas a disfrutar como una buena puta.
¿Qué?
Comienza a acelerar el ritmo. Duro.
Duele.
Intento alejarlo con las manos pero es demasiado grande. Cuando me doy cuenta que es imposible, me rindo y lo acepto. No lo estoy disfrutando, duele demasiado, pero en
algún momento tiene que terminar e irse.
—¿Te gusta putita? ¿Te gusta que te folle? Pronto te vamos a follar entre todos, por todos tus agujeros. Te vamos a llenar entera y lo vas a disfrutar, ¿verdad?
No respondo, las lágrimas comienzan a caer por mis mejillas.
Pero entonces, emite un extraño ruido y deja de moverse. Ha terminado.
He elegido alejarme a un rincón del patio, con la cabeza entre las manos mientras las lágrimas escapan de mis ojos.
Todos saben lo que pasó anoche. No solo perdí la virginidad, sino también la dignidad que me quedaba.
Siento una mano en mi hombro. Levanto la vista y veo a Santi poniéndose de cuclillas a mi lado, preocupado.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta apretando mis manos entre las suyas—. Te he estado buscando.
—Tú sabes qué ha pasado, toda la puta escuela lo sabe
—le reclamo sollozando, limpiándome las lágrimas con la mano—. Miguel tomó esa foto en algún momento y se la envió a sus amigos. No quiero estar aquí, quiero desaparecer.
—Ese imbécil, lo pillaré fuera de la escuela cuando esté solo, ya verás, no tiene derecho a hacerte esto.
—Es Miguel, nadie nunca le va a parar los pies… No importa cuánto quiera pensar que alguno es diferente, siempre terminan siendo lo mismo. Me siento ridícula.
Se sienta a mi lado, rodeándome con su brazo.
—En unos días pasarán a un nuevo chisme de mierda. tienes que ser fuerte.
—¿Fuerte? —La amargura brota en mis palabras—. ¿Y cómo se supone que debo ser fuerte después de esto? Todos me miran y se ríen de mí.
—Lo sé, es injusto, pero no estás sola. Tienes a tus amigas y me tienes a mí.
—¿Qué cojones voy a hacer?
—Primero, respira. No dejes que ese gilipollas gane, no lo merece.
—Quiero matarlo —murmuro. Santiago me mira con preocupación.
—Pues, si eso es lo que realmente quieres, cuenta con-migo —suelta con sorna—. Puedo ayudarte a ocultar las pruebas. Tal vez podamos hacer que parezca un accidente. Le cortamos en pedacitos y quemamos sus partes en el parque que está acá al lado.
—¿En serio estás bromeando sobre esto? No es gracioso.
—Lo sé, lo sé. —Levanta las manos en señal de rendición—. Pero, vamos, a veces una buena broma es lo único que se necesita para aliviar un poco la tensión. Además, matarlo no va a borrar lo que hizo, solo te metería en un lío mayor.
—Quizá deberías ser tú el que lo mate, entonces. Al parecer sabes cómo ocultar un cadáver mejor que yo. —Intento ocultar mi risa—. ¿Tienes el tiempo y la energía para eso?
—¡No, no, no, a mí no me jodas! El naranja definitivamente no es mi color. Necesitamos un plan más inteligente. Algo que le duela sin que nadie termine preso.
—¿Y qué propones?
—Podríamos hacerle la vida un poco imposible. A veces, una pequeña venganza emocional jode más que un golpe físico. Que, ojo, repito, esto no quiere decir que no tenga ganas de partirle la puta cara de gilipollas ahora mismo.
Me detengo unos segundos a considerar su sugerencia. La idea de que Miguel sufra, aunque sea un poco, por mucho que no sea como yo quiera, comienza a sonar como un plan bastante bueno.
—Vale, tal vez tienes razón —Relajo un poco las manos subiéndolas hasta mi vientre —. No quiero terminar presa y que ese hijo de puta me joda más la vida.
—Eso es lo que quería escuchar, muñequita —Sonríe de nuevo y me aprieta contra él en un fuerte abrazo.
Nos acomodamos en nuestros puestos asignados justo en el momento en el que el profesor de Biología cruza el umbral de la puerta, dando por comenzada la clase. Justo hoy tenemos un examen que sé que suspenderé; no tengo cabeza para esto.
Cada vez que escucho a alguien reír, cada vez que veo a algún grupo de chicos hablando, me pregunto si están hablando de mí.
Una hora más tarde, le entrego el examen prácticamente en blanco al profesor y salgo al pasillo. Mis amigas y Santi se adelantan y, cuando me doy cuenta, ya estoy rodeada.
—Perra.
—Yo también quiero probar de esta putita.
—Aparta, es mi turno.
—No la toquen, debe tener alguna enfermedad.
—Qué asco.
No paran de hablar caminando en círculos a mi alrededor. Sin saber qué hacer, simplemente me agacho, rodeando las rodillas con mis brazos, gritando.
Ayuda.