Chapter 10
Elena
Presente.
Al llegar a la casa de mis abuelos, ese piso que le dejaron a mi madre para criarme en Sant Andreu, siento una mezcla extraña de emociones.
Nunca lo vendieron después de lo que ocurrió, y siempre me he preguntado por qué.
Quizá querían mantenerla cerca, aferrarse al único recuerdo tangible que les quedaba de ella.
Porque, claro, ese recuerdo no soy yo. ¿Será que si saben que murió?
De cualquier manera nunca lo sabré, llevamos muchos años sin tener ningún tipo de contacto.
Este sitio, en lugar de darme tristeza, me llena de una inesperada paz. Tal vez porque sé que ella no está aquí, que no voy a verla, que nada malo puede pasarme en este espacio. Me siento segura, algo que no ocurre con frecuencia.
—¿Estás bien? —pregunta Santi, rompiendo mi trance como siempre hace.
—Sí, estoy un poco en shock, pero bien. Ahora mismo solo quiero descansar y luego ya comenzar a trabajar en el caso.
Dejo caer mi bolso sobre la cama del dormitorio principal agradeciendo al universo que mis abuelos tuvieran el dinero suficiente para desperdiciarlo enviando por el resto de los días empleados para limpiar una casa deshabitada y aún más agradecida por nunca haberme pedido la llave de este lugar.
—¿Quieres que duerma contigo?
—Me encantaría. No quiero estar sola esta noche. Es demasiado.
Aunque no hay nada entre nosotros más allá de una amistad sólida, en este momento, solo quiero su cercanía, sus abrazos.
Él asiente sin dudarlo y entra en la habitación, dejando su bolso en el sillón del rincón como si este fuera también su hogar. Se quita los zapatos y entra al baño para ducharse.
Un rato más tarde se deja caer sobre la cama con una sonrisa y el torso semi desnudo. Tan solo lleva el pantalón de pijama de cuadros rojos y unos calcetines blancos.
—Sabía que terminarías cayendo rendida a mis encantos
—bromea con tono juguetón, apoyando la cabeza en su mano mientras con la otra señala su propio cuerpo, de manera bastante graciosa aunque también algo sensual.
—Eres un idiota. Ni en tus mejores sueños va a pasar eso —le contesto sin maldad.
Santi es como un hermano para mí. Quizás un hermano algo más… guapo, que ahora mismo está medio desnudo a mi lado con un cuerpo de infarto, pero un hermano al fin y al cabo. No me atrevería a arriesgar lo que tenemos, no por una simple chispa de deseo que podría romper todo.
—La esperanza es lo último que se pierde —responde él, divertido.
Me río a su costa. Le lanzo un cojín en la cara antes de levantarme e ir al baño.
Necesito un respiro, una ducha para organizar mis pensamientos antes de caer rendida.
Me miro en el espejo, observando mis ojos cansados, y por un momento veo a esa Elena pequeña que se veía reflejada en este mismo espejo, buscando la cara de su madre buscando algo que le dijera que todo estaría bien.
Pero ya no hay nada de eso. Ahora solo soy yo enfrentándome a mis propios demonios y traumas.
Tras una ducha caliente, me tomo unos segundos más antes de salir. Santi sigue allí, en la misma posición, aunque ahora está viendo un video en su móvil.
—¿Tienes alguna idea de lo que está pasando, detective CSI? —bromeo mientras me tumbo a su lado en la cama.
Deja el teléfono en la mesita de noche y me mira. Su expresión se vuelve seria, metiéndose en el personaje.
—Ni puñetera idea —admite con voz grave—. Pero confío en tu talento. Debo admitir que las series no me han ayudado mucho, la verdad.
Lo observo con una media sonrisa asomándose en mi rostro, que importante es este hombre en mi vida.
—Gracias por estar siempre para mí —susurro mientras lo abrazo y apoyo la cabeza en su pecho.
—Amor, no me digas esas cosas en esta posición porque luego me confundo y acabamos follando. Y oye, no me quejaría, pero sé que no es lo que quieres.
No puedo evitar reírme. Me doy la vuelta, dándole la espalda.
—Buenas noches. —Siento su mano rozando mi cabello, pero decido ignorarlo.