Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1) Chapter 9
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Chapter 9

Elena

—Elena, despierta, tienes clases, se te va a hacer tarde. — Escucho la voz de mi abuela acompañada de ligeros golpes en la puerta de mi habitación.

Abro lentamente los ojos, sintiendo mucho dolor en el cuerpo. Nunca consigo dormir bien; mi cabeza es un tornado de pensamientos que nunca se apagan.

Con un suspiro, logro levantarme de la cama.

Me arrastro al baño y comienzo a arreglarme.

La misma rutina: el cepillo de dientes, el agua fría en la cara, el clean look rápido.

Sin mirar mucho mi reflejo en el espejo.

Ya no me gusta mirarme. Después de arreglarme, bajo a la cocina y preparo algo rápido para desayunar: una tostada con nutella.

Mis abuelos están allí sentados, desayunando, pero no hay mucha interacción, poco más de un buenos días.

El poco cariño familiar es palpable cada vez que nos cruzamos en la casa.

Son amables, pero el calor que uno esperaría de una familia nunca ha estado presente.

Vivo con ellos desde hace tres años, y aunque los golpes y los insultos desaparecieron desde que se fue mamá, el vacío sigue ahí.

Sé que ella está en un lugar lejano, puede que atrapada en su propia locura. A lo mejor después de casi intentar matarme se la llevaron a un psiquiátrico. Ojalá haya sido así porque ¿quién con dos dedos de frente intenta asesinar a su propia hija? Puta loca.

Me he preguntado tantas veces qué pasó luego… A veces intento recordar, pero no hay ninguna imagen en mi memoria, lo último que veo es el momento en el que me empujó contra el agua. De ahí en adelante no hay nada.

De las partes positivas de todo es que, por un lado, ya nadie intentará matarme porque sí, por la cara.

Y por otro lado, la zona donde viven mis abuelos me encanta: Sant Gervasi, un barrio hermoso de Barcelona, lleno de árboles y edificios antiguos.

Disfruto mucho el salir a caminar y ver a los turistas perdidos, las señoras mayores con sus mejores atuendos.

Lo malo es que mi escuela está al otro lado de la ciudad y cada mañana debo coger un autobús en el que pierdo una hora y media de vida, ida y vuelta.

Me niego a usar el metro, la cantidad de gente acumulada y sentir que me falta el aire me agobia.

A pesar de todo, cuando me lo ofrecieron, no quise cambiar de escuela.

Mis amigas son lo único que me da felicidad.

La alarma me recuerda que es momento de irme. Cojo mi mochila, reviso que tengo todo y salgo de casa sin des-pedirme. Cierro la puerta tras de mí y respiro hondo. Mi móvil vibra en el bolsillo de la mochila, lo cojo a las prisas, leyendo el nombre que aparece en pantalla: Isa.

—¿Me explicas por qué no me contestas los mensajes?

—Su voz resuena a través del altavoz—. ¡Me has dejado con el chisme por la mitad! Por favor, necesito ya mismo cada detalle. ¿Cómo me vas a decir que anoche Santiago Herrera te escribió y vas a desaparecer así, sin decirme qué hablaron?

No puedo evitar sonreír ante su dramatismo, esta mujer tiene que ser actriz cuando sea mayor.

—Estoy en el bus —susurro cerca del micrófono del móvil—. Al llegar, te cuento todo en persona. Nos vamos a ver en menos de una hora, pesada.

—Vale, venga, está bien. Sigo sin perdonarte, pero si tanta vergüenza te da hablar en el bus, aquí te espero, ya yo he llegado. ¡Te quiero!

Una hora con veintidós minutos más tarde, entro por la puerta de la escuela, de inmediato veo a Isa de pie, charlando animadamente con un chico que no reconozco.

Su risa suena diferente, la noto nerviosa.

Se pone tonta cuando le gusta alguien. No quiero interrumpir su tonteo así que intento pasar cerca sin que me vea, pero se gira, riéndose por algo que él le susurra al oido, y me ve.

—¡Cuéntame todo! —grita corriendo hacia mí, dejando al chico atrás.

—¿Hay chismes nuevos? —Violeta aparece por el pasillo de la derecha y me da un susto de muerte—. ¿Sobre quién es esta vez? ¿Cuántos han sido? No me digas que me estás ganando, porque tendré que buscar revancha este finde.

Su risa es contagiosa y, aunque me siento un poco expuesta, no puedo evitar unirme a su entusiasmo.

Desde hace unos meses, Violeta y yo comenzamos, sin buscarlo, una competencia contando cuántos chicos besamos.

Es algo tonto, pero gracias a eso ahora tenemos una reputación en el instituto.

Todos los chicos nos suelen buscar, a ella sobre todo, es mucho más extrovertida.

Yo suelo necesitar alguna dosis de alcohol para dejarme llevar un poco.

—No he ganado nada, solo he hablado con Santiago. Ambas se quedan por unos segundos en silencio, observándome, sorprendidas. No puedo evitar sonreír mientras detallo sus reacciones.

—¿Santiago? ¡No jodas, me encanta!

—¿Cómo es que no nos habías contado nada? No te lo perdonaré nunca —añade Isa, un poco sobreactuada. Tiene que practicar un poco más.

Sé que lo dice de esa manera para que Vio no se sienta mal. Anoche, antes de irme a dormir, solo le envié un mensaje a ella diciendo lo que había sucedido.

—En realidad, no es nada —agrego, tratando de suavizar la situación—. Solo me escribió, hablamos un poco y nada más.

— Mmmmmjum , y nada más. —Violeta sonríe de nuevo—. Las mejores historias comienzan con un mensaje.