Chapter 8
Elena
Presente.
Abro los ojos sorprendida al darme cuenta que me he que-dado dormida durante unos diez minutos.
Me sacudo la somnolencia y miro por la ventana, y lo que veo me paraliza.
La iglesia del Palomar se alza frente a mí, majestuosa.
Su enorme cúpula me roba el aliento. Los recuerdos me atrapan y siento que mi respiración se acelera, la ansiedad me golpea con fuerza.
Santiago, que ha estado concentrado en la carretera, siente el cambio en mi energía.
Sin necesidad de preguntar, extiende su mano y toma la mía.
—Respira, amor —Me pide, mientras acaricia la palma de mi mano con su dedo, la tensión en mi pecho comienza a desvanecerse.
—Ver esa iglesia me hace recordar tantas cosas —balbuceo—. Este lugar…
—Y hoy tienes la oportunidad de enfrentarlo cara a cara
—me interrumpe, con sus ojos fijos en la carretera.
Consigue un buen sitio para aparcar, nos bajamos del coche y me coge del brazo, dándome la fuerza que necesito para caminar por estas calles tantos años después.
Al llegar a la plaza Orfila, el ambiente es una mezcla de tranquilidad y melancolía.
Varios señores mayores ocupan los diferentes bancos de madera, algunos para descansar y charlar, otros para alimentar a las palomas.
Las parejas pasean distraídas, dándose la mano o pasando un brazo por encima de los hombros del otro.
Los niños juegan a la pelota y sus risas llenan el aire.
La magia de Barcelona, hay movimiento a cualquier hora, no importa que tan temprano sea.
La escena podría ser idílica si no fuera por la tensión que siento acumulándose en mi pecho.
En el centro de la plaza, en uno de los muchos bancos, mi jefe nos espera. Al acercarnos, nos saluda con un ligero gesto de cabeza y se pone de pie.
—Gracias por ser puntual —me dice con voz firme y directa—. Santiago, es siempre un gusto verte —añade, dándole la mano a mi amigo.
—Acá estoy —interrumpo, tratando de controlar el temblor en mis manos—. Vayamos al grano. ¿Cuáles son los nombres de las víctimas que buscamos?
Se toma un momento en abrir la carpeta que tiene en las manos.
—Hasta ahora, tenemos tres nombres —comienza—. El primero es Sebastián Ortega, un empresario local. El segundo, Miguel Escobar, un artista que vive o vivía cerca de esta plaza. Y el tercero es Ricardo Calderón, un docente de la zona.
Al escuchar los nombres, un frío recorriendo mi columna me deja rígida. Sebastián, Miguel, Ricardo… La realidad me golpea con la fuerza de un tren: Esos hijos de puta me jodieron y ahora están desaparecidos.
Siento que el mundo a mi alrededor se nubla.
Las conversaciones entre las personas a mi alrededor se convierten en murmullos distantes.
Aprieto tanto las manos que noto la punzada de dolor, mis uñas se clavan con fuerza en la piel.
—¿Elena? —La voz de Santiago es apenas un eco lejano, su mano se posa sobre mi brazo, intentando traerme de vuelta a la realidad.
—¿Qué ocurre? —Mi jefe también nota mi desconcierto.
—No… no puede ser —murmuro—. No puedo… yo no… Santi me observa sin saber qué hacer. Él sabe quiénes son, conoce mi historia y las cicatrices que llevaré para siempre
por culpa de esos mal nacidos.
—Amor… —Aprieta mi antebrazo con delicadeza—. Respira. Sé que esto es impactante, pero es tu trabajo. Estás aquí para resolver lo qué sucedió. Tú no tienes nada que ver con esto.
—Son… fueron parte de mí, Santi, yo no puedo. Él asiente con sus ojos fijos en los míos.
—Lo sé, y entiendo cómo te sientes. Pero tienes que ser fuerte; ambos sabemos que eres capaz, tienes que serlo.
Cierro los ojos por un momento.
Han desaparecido tres hombres con un factor en común: Yo.