Chapter 7
Elena
Desde que mi padre desapareció, mamá no volvió a ser la misma. Cada día los insultos son parte del aire que respiro, y de vez en cuando, también los golpes.
A lo mejor me odia porque cada vez que me mira lo ve a él. El parecido que tengo con mi padre es notable: su nariz, sus ojos, la forma de sus labios, el color de cabello…
«Eres igual de mierda que él», una frase que repite cada vez que tiene la oportunidad. Me da la impresión de que mi mera existencia es un recordatorio constante de su traición, de lo que ocurrió entre ellos.
Mamá nunca me ha hablado de él, al menos no de una manera cariñosa. Lo que sí sé es que un día, cuando yo apenas tenía dos años, él se fue. Y lo que quedó fue una casa llena de sombras.
Cada vez que pregunto por él. Lo único que recibo son miradas de odio y alguna respuesta amarga que prefiero evitar.
Quizás eso es lo que me convierte en su blanco.
El hecho de que no soy solo su hija: soy la viva imagen de quien la abandonó.
Y ella, sin saber qué hacer con todo ese dolor, lo vuelca en mí, a lo mejor al golpearme cree poder borrar el pasado.
Como si cada insulto pudiera hacer desaparecer el parecido.
—¡Elena, ven a cenar que se te va a enfriar! —llama mi madre desde la cocina.
Me levanto despacio del sofá, acercándome al comedor con el cuerpo pesado.
La mesa ya servida. Frente a mí reposa un plato humeante de pollo a la plancha con verduras congeladas hechas en el airfryer.
Me acomodo en la silla mientras la escucho hablando sola en la cocina, al fondo del pasillo, susurrando cosas que no entiendo.
—¡Eres igual a él, maldita inútil asquerosa! —grita de repente.
Mi estómago comienza a revolverse. Sin saber cómo, mantengo la vista en el plato fingiendo que no me afecta lo que escucho. Los insultos caen, uno tras otro, cada día, sin darme tregua, sin descanso.
Intento comer, pero cada bocado se siente ácido. El silencio que le sigue es aún peor, porque no sé cuál va a ser su próximo movimiento o en qué lugar de la casa se encuentra y eso me pone los pelos de punta.
Termino rápido la comida, con ganas de escapar a mi habitación. Pero en el momento en el que me levanto de la silla la siento detrás.
Su presencia. Observándome.
Intento alejarme, pero sus pasos son más rápidos. Su fría mano me atrapa del brazo.
—Es hora de bañarte —susurra cerca de mi oreja, pero esta vez su voz es…diferente.
Me arrastra hacia el baño, y aunque quiero resistirme, no lo hago; estoy acostumbrada a esto. Al principio intentaba escapar, pero luego aprendí que pelear solo empeoraba las cosas.
El pasillo parece alargarse, se siente como si no tuviera fi n. Al cruzar la puerta del baño, veo que la bañera ya espera llena. Me empuja al agua, y el calor me envuelve. Logro sentarme con mis brazos envolviendo mis rodillas.
Comienza a enjabonarme la espalda por encima de mi camiseta mientras yo intento concentrarme en cualquier cosa que no sea el miedo que crece en mi pecho.
Pero entonces, mis ojos se desvían al estante que tengo enfrente.
Hay un cuchillo de cocina, allí, apoyado junto a los botes de champú.
Mi respiración se acelera. ¿Por qué está eso aquí? ¿Se lo digo?
¿Lo habrá puesto ella allí? Mi piel se eriza de pánico y un frío recorre mi espalda.
En el momento en el que salgo del estado de shock que me produce ver eso allí, tan cerca, veo a mi madre, quien ahora está de pie junto a la bañera, con una mirada vacía. De un momento a otro pasa de estar sonriendo, a presionar una de sus manos en mi pecho y la otra en mi cara.
Me estoy ahogando.
Sus manos, fuertes como garras, no me dejan salir a la superficie. Intento gritar, pero el agua entra en mi boca, y lo único que escucho es el latido de mi corazón.
—¡Mamá! ¿Qué haces? —Mi voz se ahoga en el agua. Y llega la oscuridad…