Chapter 6
Minutos más tarde, intentando no sobre pensar, me coloco la chaqueta de cuero negra que siento que me transforma al ponérmela, mis vaqueros, los más cómodos que tengo, y unas deportivas blancas que completan el conjunto.
Hoy no hay lugar para el estilo, solo para la funcionalidad, demasiadas cosas tengo en la cabeza para preocuparme por verme bien, que no me jodan.
Me recojo el cabello en un moño deshecho —agradezco tenerlo planchado—y dejo algunos mechones caer alrededor de mi rostro; sé que no voy a tener el tiempo ni las ganas de arreglarlo más tarde.
Cojo el bolso con lo necesario para un par de días y mi anillo de cruz del tocador, un pequeño detalle que siempre me da una sensación inexplicable de seguridad. Llámame loca, pero funciona.
Camino con prisa a la puerta de la entrada y al abrirla, él ya me espera allí, con esa calma que siempre lo caracteriza apoyado contra su coche.
Sus ojos me observan de arriba abajo mientras camino en su dirección.
La ligera inclinación de su cabeza, la forma en que sus manos descansan en los bolsillos de su sudadera, me hace entender que ya ha captado la ansiedad que me consume.
—¿Lista para ir al infierno y volver? —Abre la puerta del copiloto y me lanza una mirada de complicidad. No me lo pienso dos veces y subo, echando por alguna razón una última mirada al edificio detrás de mí.
No solo estoy a punto de resolver un caso. Hoy, voy a enfrentarme a un capítulo de mi vida que nunca quise reabrir.
A veces, el pasado tiene esa manera tan sutil de regresar sin avisar.
El motor del coche ruge en el momento en el que vuelvo a sentir el agotamiento en mi cuerpo.
—Necesito un café con urgencia —Casi suplico.
—No hay problema. Conozco un lugar que abre temprano.
El mejor café de la ciudad, te lo aseguro.
—¿Tienes alguna pista sobre qué está pasando? —indaga, rompiendo el silencio mientras tomamos un giro en el tráfico.
—No me dio muchos detalles, solo sé que han desaparecido unos hombres, de momento no hay más información, pero yo siento que hay algo más…
—¿Por qué lo dices?
No puede ocultar su interés. Le encanta acompañarme a trabajar, le recuerda a esas veces que intenta resolver los crímenes que ve en la televisión cuando pone su serie favorita, CSI: Los Ángeles.
Lo positivo es que puedo contar con él para que me acompañe en muchas ocasiones porque su trabajo se lo permite; los muertos pueden esperar para ser abiertos, además, tiene un compañero que puede cubrirlo; un hombre que, por lo que me ha dicho, es bastante peculiar y despierta cierto temor.
No lo conozco, pero tras la descripción de Santi, la verdad es que no me sobran las ganas de comprobar si es tal como lo pinta.
—No estoy segura —confieso mirando al frente mientras el coche avanza entre el tráfico—. Es solo una sensación.
Me observa por un segundo.
—Lo resolverás, pero primero ese café señora de 31 años. Su comentario me hace reír. Por un instante no puedo dejar de observarlo mientras conduce, esos ojos verdes que me generan tanta tranquilidad, sus brazos tatuados… Este hombre es hermoso y es mío, solo mío. Mi mejor amigo.
Poco después llegamos al Café Caracas. Es un lugar que me resulta familiar, pequeño, acogedor.
Puedo oler el aroma del café recién hecho, un perfume cálido que me llena los pulmones y me calma un poco. La luz suave que entra por las ventanas parece envolvernos en una burbuja de tranquilidad, de ser mi decisión me quedaría aquí para siempre.
Voy directa a una mesa junto a la ventana, de cara a la calle, Santiago se dirige al mostrador. Me acomodo en la silla y me dejo llevar por el sonido reconfortante del lugar. Mi mente, que había estado corriendo a toda velocidad, empieza a frenar poco a poco. Solo un segundo de calma.
Santi no tarda mucho en regresar con dos tazas humean-tes La suya rebosa, como siempre. La mía no tanto, porque sabe que puedo ser un poco torpe y me quemo los labios al intentar beber un sorbo impaciente.
Me mira con una sonrisa y coloca la taza frente a mí.
—Aquí tienes, el mejor café de Barcelona —exclama con una sonrisa.
Todos tenemos adicciones, la mía, sin duda, es el café en todas sus presentaciones.
—Gracias —susurro, dejando escapar un suspiro de alivio mientras tomo otro sorbo.
—Oye, lo que sea que esté pasando en Sant Andreu, lo resolverás. Siempre lo haces. Vamos a disfrutar de este café y luego nos enfrentamos a lo que venga. ¿De acuerdo?
No sé si estoy lista para lo que viene, pero no tengo otra opción así que asiento con la cabeza.
—Delicioso, de verdad —admito, tras un largo sorbo.
—Como tú —suelta con una sonrisa pícara, guiñándome el ojo.