Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1) Chapter 4
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Chapter 4

Elena

El timbre suena con fuerza.

Camino por el patio hacia la entrada de la escuela, sin-tiendo de nuevo que el uniforme me queda fatal. El pantalón se me desliza por la cadera y la camisa me aprieta, odio esta maldita ropa.

No tengo el cuerpo delgado; yo soy más bien rellenita, y mi pelo —lacio, aunque a veces se empeña en ondularse—, recogido en una coleta, ya está descontrolado al completo y no he ni entrado a la primera clase.

La única parte positiva de cada mañana de mierda en la que me siento la persona más detestable del mundo, es que mi escuela me agrada, es un escape, al menos puedo estar lejos de casa una buena cantidad de horas al día.

—¡Elena! —grita Isabella, lanzándose a abrazarme—. ¡Ya te echaba de menos!

Y acá está mi primera vía de escape, mi mejor amiga, guapa, divertida y pelirroja, su pelo es como el de los zorros de las películas de animación.

Olivia sonríe al ver mi pelo desordenado.

—Siempre el mismo desastre. —añade con cariño.

Otro personaje, otra parte esencial de mi grupo de amigas, esa chica sin filtros, sarcástica, impredecible, rebelde.

Me río, intentando zafarme de los brazos de Isa, aprovechando el momento para buscar con la vista a alguien más sin que ellas lo noten. Un pelirrojo que se metió en mi cabeza desde el año pasado.

Miguel estudia en nuestra escuela y vive en el mismo edificio que Olivia, lo que casi parece un regalo del universo porque es en ese lugar en el que paso todas mis tardes después de clases.

Desde el primer día he tenido claro que yo no le gusto, ni de lejos. Pero nos llevamos bien, hablamos de vez en cuando y, aunque nuestras conversaciones no son nada del otro mundo, para mí lo son todo, como si me quiere hablar del clima.

—… Y entonces la profesora me dijo que si volvía a llegar tarde, me bajaría puntos en el examen y adivinen, ¿quién volvió a llegar tarde y estuvo a segundos de repetir el curso?

—Oigo decir a Oli, quien rueda los ojos, indignada, gesticulando con las manos, lo hace siempre que habla de algo que le molesta.

Asiento con la cabeza, la verdad es que no escuché nada.

Miguel acaba de llegar. No soy la única que está embobada observándolo, sin duda alguna es de los más guapos de la escuela y parte importante de los que hacen bullying, la verdad es que son un poco gilipollas, pero yo a eso no le doy importancia, conmigo siempre ha sido muy educado y simpático.

—¿Elena? —Oli está justo delante de mis narices, cruzada de brazos.—.¿Me estás escuchando?

—¿Eh? Sí sí —Intento mirar por encima de su hombro.

Pero me pilla, sigue mi mirada y, al instante, entiende lo que ocurre.

—Acaba de llegar, ¿verdad?

Me sonrojo un poco mientras muevo la cabeza, asintiendo.

—¿Quieres ir a verlo? —pregunta, levantando una ceja —.

Podríamos pasar por ahí… así como quien no quiere la cosa.

Se me ilumina la cara por completo. Noto un subidón de adrenalina que me hace dar un saltito interno.

Esa emoción de cuando sabes que vas a hacer algo emocionante y no puedes dejar de sonreír.

Saco de inmediato todos los libros de la taquilla para tener la excusa de que algo se me cae por pura coincidencia y que él me ayude a recogerlo al tiempo que nuestras miradas se cruzan y surge el amor. Eso siempre funciona en las pelis.

—Estás demasiado pillada de ese idiota y no deberías, te lo he dicho incontables veces.

—Estoy jodida, ¿qué te puedo decir? —respondo nerviosa.

Spoiler : no me lo crucé y no surgió el amor.

Minutos más tarde, aquí estoy: atrapada en clase de inglés. Me quedo mirando la ventana, hipnotizada por la luz del sol que se cuela entre las cortinas. Tengo una pereza tan gigante que siento que me voy a escurrir de la silla en cualquier momento.

No soy mala estudiante, al contrario, cuando estoy en casa la mayor parte del tiempo estoy encerrada en mi habitación estudiando, es la excusa perfecta para escapar de mi realidad, pero en este momento me importa tres pepinos lo que está diciendo Miss Miriam.

Una mano me toca la pierna derecha y pego un brinco que casi me hace caer de la silla.

Tras sobrevivir al micro infarto, noto que es Isa.

Señala hacia mi zapato, donde hay una bolita de papel esperándome.

Me encanta que sea así; en lugar de enviarme un mensaje al móvil, ella prefiere el estilo de toda la vida, a lo vieja escuela.

Leo la nota con cuidado, sin que la profesora me pille y, al instante, una risa contenida escapa de mis labios.

¡Hola, llamando a tierra! Ya sé que estás pensando en que nombre les vas a poner a todos los perritos que tendrás con él, pero, ¡estamos en clase !

Al salir de la escuela, como cada tarde, nos sentamos en las escaleras del edificio de Oli, mientras mi madre viene a por mí.

Siempre repetimos el mismo ritual: pasamos las horas chismeando, viendo a la gente entrar y salir del edificio o haciendo bromas pesadas a algún vecino, la verdad es que es un rato agradable.

Poco a poco van llegando los amigos de Oli, saludando y uniéndose a la conversación, la de hoy es acerca de que desde mi punto de vista, el cielo de Barcelona se ve mucho más lejano que en otros lugares de España.

No he salido mucho de esta ciudad, pero guardo el recuerdo de un verano en Alicante con mis abuelos. Allí el cielo parecía estar a otro nivel, mucho más bajo. Daba la sensación de que, bastaba con subir a alguna azotea para poder tocarlo.

Finalmente, tras lo que se sintió como si hubiesen pasado horas, lo veo: Miguel está entrando al edificio. Intento mantener la compostura, fingiendo que no me importa demasiado aunque por dentro todo mi cuerpo está en alerta, siento el corazón acelerado y las manos sudorosas.

Es que soy gilipollas.

Pero hoy ocurre algo diferente, todos a mi alrededor se quedan callados en el momento en el que notan que Miguel enfila hacia mí sin desviarse.

—Elena —escucho esa voz angelical, espera, ¿qué?. Levanto la mirada y ahí está él, esperando que le responda, pero de mi garganta no sale ningún sonido.

—¿Podemos hablar? —De milagro no me desmayo y consigo asentir, me pongo de pié, temblorosa y lo sigo hasta un rincón apartado de los ojos chismosos que están sobre nosotros ahora mismo.

Al girar para mirarlo, me sorprende, apretando sus labios contra los míos.

Mis pensamientos se apagan por completo.

Me está besando. Miguel me está besando.

Siento sus labios moverse y su lengua intentando abrirse paso, pero estoy paralizada, con los ojos abiertos. Vamos Elena, lo has practicado un montón de veces con tu mano… Y con el espejo… Y con la almohada.

Intento seguirle el ritmo, para no parecer gilipollas. Busco copiar sus movimientos. ¿Lo estaré haciendo bien?. Siento que mis piernas comienzan a temblar así que busco con las manos, a ciegas, apoyarme en alguna parte para no caerme.

Cuando se aparta, mi mente sigue dando vueltas y apenas puedo respirar.

—Nos vemos luego —susurra y me da un pequeño beso en la comisura de los labios.

Es el mejor día de mi vida. Miguel Escobar me acaba de besar… Me ha besado… Miguel me ha besado.

Busco recuperar la compostura antes de caminar de vuelta hacia donde están todos. En el momento en el que siento que nada podría estropear este maravilloso momento, suena mi móvil. Mi madre…

Respondo que la espero, finalizo la llamada y por unos segundos me quedo mirando la pantalla, con una sonrisa dibujada en los labios.

Me despido de Oli cuando veo el coche acercarse. Tras un par de pasos abro la puerta de copiloto y me acomodo en el asiento.

Pero, en el instante en el que cierro la puerta, siento su mano apretando con fuerza mi cabello.

Antes de poder com-prender lo que ocurre, todo estalla en un dolor intenso que me deja sin aliento.

Continúa estrellando mi frente contra el tablero del coche y todo a mi alrededor comienza a desvanecerse.

—¡Eres una inútil, estúpida! —Su voz llena el auto.

—¡Mamá! —consigo decir, aunque sé que no sirve de nada.

Aguantando el dolor, la observo, intentando entender entre lagrimas por qué me odia tanto. Pero no hay respuesta, nunca la hay, siempre es ella, gritando, desbordada por una rabia inexplicable que me arrastra cada vez que tiene la oportunidad.

Me suelta el cabello y aprieta el volante con fuerza, no pronuncia una palabra más en todo el camino y yo solo me dejo caer contra la ventana. La cabeza me late de dolor, los ojos me arden, pero no pienso llorar más, hoy no.

El mejor día de mi vida, destruido en segundos. Un día más con ella.