Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1) Chapter 3
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Chapter 3

Presente

El día se me ha hecho eterno. No puedo estar sin trabajar. Cuando mi rutina solo consiste en tener demasiado tiempo libre, me aburro como una pasa. Necesito mantenerme ocupada para no sobre pensar demasiado.

Me duele todo el cuerpo y la cabeza. Desde hace semanas siento que duermo pero no descanso por las constantes pesadillas, cada vez más intensas.

Estoy a punto de rendirme y volver a acostarme cuando escucho el sonido del motor de un coche que reconocería a miles de kilómetros: el viejo sedán de Santiago.

Siempre llega justo a tiempo. Sabe, con una precisión que me aterra, que estoy a punto de rendirme en el sofá.

No entiendo cómo lo hace, yo le llamo «el súper poder del mejor amigo».

Sonrío apenas, un gesto que ya casi no uso con nadie más que con él.

Aunque a veces con la chica de la cafetería de mi barrio también, solo porque me sirve los mejores cafés.

Segundos después, tres golpes suaves suenan en mi puerta.

Me acerco sonriente a la entrada, abro y ahí está él, apoyado despreocupadamente sobre el marco.

Lleva su chaqueta de cuero desgastada, la misma que tiene desde que lo conozco; la misma que usa solo para sacarme alguna sonrisa y dejar que me burle de él por seguir siendo un crío.

Su cabello oscuro le cae desordenado sobre la frente.

Me mira de manera misteriosa con esos ojos verdes.

Cualquier mujer caería loca por este hombre. Cualquiera menos yo.

—¿Lista? —pregunta a modo de saludo con una media sonrisa, sin apartarse de la entrada.

—¿Lista para qué? —contesto, a pesar de que sé que no importa la respuesta. Siempre me gusta el plan, aunque sea solo conducir por horas.

Suspiro y le doy la espalda. No necesito decir nada; sabe que voy directa a ponerme algo de ropa. Tantos años de amistad han conseguido que conozcamos nuestros silencios.

Minutos después, ya estoy lista. Cierro la puerta de casa mientras él ya camina hacia el coche.

Me abre la puerta del copiloto. Cuando me pongo cómoda en el asiento, la cierra y salta sobre el capó, haciendo ruidos para llegar a ocupar el asiento del piloto. —No sé qué haría sin ti, ¿sabes? —le admito mientras me abrocho el cinturón.

—Te volverías loca. Más de lo que ya estás —bromea, rozándome la pierna izquierda con los dedos.

Así es Santiago, siempre presente, siempre dispuesto a sacarme una sonrisa o lanzarse conmigo al vacío, sin importar cuán profundo sea.

Nos conocimos cuando éramos adolescentes.

Esa mañana llegué tarde a clase y me senté en el último sitio libre, justo a su lado.

No hablaba mucho entonces. En cambio, él era el típico guaperas popular que todas miran, de esos que tienen amigos en toda la escuela.

La verdad es que no tengo idea de qué pudo ver en mí, pero fue él quien dio el primer paso.

Al principio intentó ligar conmigo. En ese momento yo tenía una fama digamos no muy buena, y los fines de semana solía besar por diversión a muchos chicos. Pero, por algún motivo, al conocerlo tuve claro que con él no quería eso. Era diferente.

Al tiempo se volvió mi refugio, y yo el suyo, aunque ninguno de los dos lo decía en voz alta. Y aquí estamos, tantos años después, inseparables. Es el hermano que nunca tuve.

Arranca el coche, y el rugir del viejo motor llena el silencio que nos rodea.

No pregunto a dónde vamos porque no importa; dejo que el camino decida por nosotros. Quizá terminemos en una cala de la Costa Brava o en algún pueblo perdido en Cataluña. Observo a través de la ventana el paisaje que nos recibe.

En la radio suena una canción que no reconozco, de alguna cantante estadounidense. Creo que es Taylor Swift porque Santi la canta a todo pulmón, y eso me hace sonreír.

—¿En qué piensas? —pregunta sin apartar la vista de la carretera, bajando el volumen de la radio.

—En ti —suelto sin pensar, esbozando una sonrisa. Por supuesto, sabe que este tipo de respuestas son para evadir cualquier tema profundo y que no me apetece en lo más mínimo hablar.

—Amor, yo… Lo siento por traerte engañada, pero necesito que veas algo. —Tiene la voz tensa, y eso me saca de mis pensamientos y consigue que pueda observar con detalle lo que está ocurriendo.

Al cruzar el siguiente semáforo, me doy cuenta del lugar al que nos acercamos.

—¿Por qué mierdas estamos en un cementerio?

—Espera… Es que, en serio, necesito que veas algo importante y no sé cómo explicarlo —responde mirando al frente con seriedad.

Frena en seco y apaga el motor antes incluso de que el coche deje de vibrar. Sale disparado hacia mi puerta para abrirla con un gesto urgente. Su mirada me anima a seguir. Deslizo mi mano sobre la suya, usándolo como un ancla necesaria mientras pongo un pie fuera del vehículo.

Caminamos en silencio, y mi mente comienza a divagar tratando de entender por qué estamos aquí. Doblamos una esquina tras una hilera de lápidas. Se detiene y yo me paro en seco al seguir con los ojos lo que está señalando: flores recién puestas adornan dos lápidas.

—No puede ser —susurro, sintiendo cómo el terror se apodera de mí—. Es imposible.

Dos nombres. Dos lápidas. Una al lado de la otra.

Ricardo Santos 1965 —1994

“Tu luz sigue viva en cada recuerdo. Descansa en paz.”

Verónica Núñez 1968 —2004

“Amada para siempre. Tu amor y tu risa quedarán siempre con nosotros.”

Mis padres.