Oscura Mentira (Serie Oscuridad 1)
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Chapter 2
Camino con cuidado de no tropezarme; apenas logro distinguir el parpadeo de las velas colocadas en cada esquina. El incienso impregna el aire; dulce, penetrante, un olor que me gusta casi tanto como la mujer que tengo a unos pasos de distancia.
Mis pasos se deslizan sin hacer ruido, acercándome a la figura que me espera, dándome la espalda.
Veo cómo se inclina, apoyando con sutileza sus manos en cada lado de la silla, dejando que sus labios rocen apenas la piel del cuello del hombre que está sentado frente a ella.
—¿Quieres que todo acabe así? —le pregunta en un susurro que logra erizarme la piel y no es a mí a quien le habla. No puedo ni imaginar lo que sentirá él.
El hombre me observa con los ojos dilatados: ansiedad y desesperación brillando en su mirada.
No hablo, no emito ningún ruido, tan solo observo todo lo que ocurre alimentándome de su tensión, sintiendo el poder de su vulnerabilidad en cada respiración entrecortada. Me pregunto si responderá, si el miedo se convertirá en súplica.
Mis ojos ahora la observan a ella, con calma desabrocha la bragueta del tipo, que baja la mirada y nota con pánico su notoria excitación.
En pocos pasos ya me encuentro detrás, apretando un poco su cadera, atrayéndola hacia mi fuerte y pronunciada erección, que me pide a gritos ser liberada.
La dejo apoyarse con un brazo en la pierna del hombre y con su otra mano recoge su miembro para metérselo en la boca.
Este tira la cabeza hacia atrás haciendo un sonido gutural de placer. Le está gustando . Puto loco .
Sin esperar más, saco mi miembro, acerco la punta y comienzo a rozar la tela de sus bragas, empapadas.
Me tiene como una piedra, es un efecto que siempre consigue en mí. No me he introducido en ella y ya podría correrme como un adolescente con solo mirarla.
Con una mano le aparto la tela y me la engancho entre los dedos, con la otra ayudo a mi polla a encontrar el espacio para entrar, escuchando sus suaves gemidos. Cuando ya tengo la punta en su abertura, la penetro fuerte, sin aviso.
Sujeto el desorden de su melena y la atraigo hacia mi cuerpo sin darle margen de maniobra, lo que hace que su boca tenga que soltar el miembro del hombre y echando la cabeza atrás, grita de placer.
—Eso es, buena chica. Grita, aquí nadie puede escucharte —susurro, rozando su cuello con los labios mientras la penetro una y otra vez.
—Más, quiero más —chilla al tiempo que se vuelve a inclinar. Con una de sus delicadas manos coge la polla del hombre, masajeándola con delicadeza al tiempo que la vuelve a saborear.
No puedo evitar mirarlo a él a los ojos.
Es mía, hijo de puta.
En el segundo en el que siento que su coño se aprieta, pierdo el control, mi pulso se acelera, un gemido ronco sale de mi garganta y me corro dentro, apretándola con firmeza contra mi piel.
La escucho gritar haciendo que su boca vibre sobre el miembro del hombre, quien no puede aguantar más y también se deja llevar, rugiendo con la cabeza apoyada al metal de la silla.
Nos quedamos unos segundos en silencio; solo se escuchan nuestras respiraciones agitadas.
La ayudo a incorporarse. Con cuidado, le retiro el cabello de la cara y lo acomodo tras su oreja. Mis dedos trazan el contorno de su rostro, con el dedo índice limpio los rastros de semen de sus labios al tiempo que le doy un pequeño beso en la frente, acción que la hace sonreír.
Ha llegado el momento. Me subo la máscara blanca, rompiendo el anonimato. Ahora que nada se interpone entre mis ojos y el espectáculo, me dispongo a disfrutar de mi momento preferido de la noche.
En pocos segundos, partes del hombre comienzan a crujir; le sale sangre a borbotones de la boca. Una obra de arte.
—Sabes que no me corrí, ¿verdad? —confiesa mi pequeña muñequita, unos minutos después.
—¿Y eso qué significa? —Sigo sus pasos con los ojos, detallando sus piernas perfectas bajo ese vestido negro de encaje que apenas le cubre los muslos. No voy a mentir, le queda como anillo al dedo pero, si me preguntas, la prefiero desnuda.
—Lo que tú quieras que signifique —Se sube a la mesa, abriéndose para mí, dejándome ver su coño empapado.
—Estamos muy mal de la cabeza —nos sentencio, rozándole el entrepierna. —No está bien que nos ponga tanto follar con gente muerta alrededor.
—Él también disfrutó y se corrió. Nos lo merecemos, por dejarlo ir feliz. —Su mirada me pide a gritos que me acerque y me la folle hasta que se desmaye.
Ya la tengo dura de nuevo. En serio, soy un adolescente hormonal cuando estoy con esta mujer.
Pero, primero, quiero que se corra una o varias veces antes de volver a hacerlo yo.
La atraigo hacia mí. Con una mano aprieto su cuello, sintiendo cómo su respiración se entrecorta lo justo.
Sus labios se encuentran con los míos, y el mundo se reduce a
este instante de lujuria.
Rompo el beso, me alejo apenas unos centímetros y me detengo a observarla. Lleva un antifaz negro de encaje a juego con su vestimenta que apenas cubre sus ojos marrones.
Es preciosa y es toda mía.
Me acerco de nuevo repartiendo besos que apenas rozan su piel a través de la ropa. Bajo centímetro a centímetro hasta alcanzar mi objetivo. Sujeto sus bragas y las hago jirones de un tirón seco.
—Eres hermosa —le confieso, viendo cómo sus caderas se mueven.—Cállate y fóllame —consigue decir, jadeante, con los ojos fijos en el bulto de mi pantalón.
—No te preocupes: después de esto te costará caminar unos cuantos días.
Me pongo de rodillas, para tener su dulce coño frente a mi cara.
Comienzo rozándole con el dedo índice de arriba abajo a lo largo de su abertura, notando cada sacudida de su cuerpo al estremecerse.
Paso sin prisa la punta de la lengua sintiendo cómo tiemblan sus piernas.
Con ambas manos cojo sus cade-ras y presiono para que no pueda moverse al tiempo que le dejo besos regados en su vientre en señal de agradecimiento.
Vuelvo a acercar mi cara a su centro y esta vez pongo dura la lengua y en cortos movimientos rozo su clítoris.
—Dios, por favor. Sigue, sigue, no pares, Dios.
Continúo dándole lo que me pide, como un puñetero consolador encendido. Intento ignorar el hecho de que está gritándole a Dios y no mi jodido nombre.
Sus piernas tiemblan cada vez más, sin control, y en pocos segundos su silencio es mi advertencia; está a punto de correrse.
Con un grito ensordecedor, se deja llevar.
—La próxima vez, quiero que grites mi nombre, Dios no está aquí —Me pongo en pie, pasándome el pulgar por la comisura de la boca para saborearla de nuevo.
—Necesito más —pide casi sin poder pronunciar palabras, con la boca seca después de tantos jadeos.
Las noches en las que muere alguien no se puede controlar; el deseo le entra por las venas y necesita correrse una y otra y otra vez. Y yo encantado de complacerla.
Sonrío de medio lado, saco la navaja de mi bolsillo y doy unos pasos hacia atrás.
—¿Quieres sangre?
Hace un gesto afirmativo con la cabeza, sonriendo, así que le doy la espalda, me pongo de cuclillas para llegar al hombre que yace en el suelo, aún atado a la silla, muerto.
Le corto un pequeño trozo de piel, la remojo un poco en el pozo de sangre aún caliente que hay a su alrededor.
Vuelvo a acercarme a ella y con suaves movimientos rozo su centro.
—Es mía, hijo de puta, mía y de nadie más —exclamo en voz alta mientras termino de esparcir la sangre sobre ella.
Tiro el trozo de carne a un lado, dejo la navaja sobre su vientre, saco de nuevo mi polla inconforme y utilizando la sangre de lubricante me deslizo suavemente dentro de ella.