CAPÍTULO 32
LEO
Mis hombres registran el hotel de arriba abajo y no hay ni rastro de Chastity ni de los Matasso.
Estoy fuera de mí, y cuando veo a Diana acercándose, no pierdo un segundo en agarrarla del brazo con fuerza.
—¿Dónde coño está? —le gruño al oído, mientras ella niega con la cabeza, con las lágrimas cayéndole por el rostro.
—Matty, ¿está...?
—Vivo, y no gracias al padre de tu novio.
—¿Carlos? —Abre los ojos de par en par y niega con la cabeza.
—No puede haber sido él. Estuvo aquí todo el tiempo.
—Entonces, ¿dónde está? —digo entre dientes, y ella mira a su alrededor con aire inocente.
—Estaba aquí hace un momento. Mira, ahí está su consigliere. No andará lejos.
Señala a un hombre apoyado contra la pared que observa la sala, y digo en un susurro ronco:
—¿Adónde se ha llevado a Chastity?
—¿De qué hablas, Leo? —Intenta zafarse y le gruño:
—Dímelo o te mato yo mismo.
—Leo, por favor. —Tiene los ojos llenos de lágrimas, y susurra:
—Debe de estar en el baño. No andará lejos.
Dice casi desesperada:
—Por favor, llévame con Matty. Necesito saber si está bien.
—Él no te quiere cerca.
No puede responder porque Dom aparece con una réplica exacta de Diana a su lado.
—¡Flora! —A Diana se le iluminan los ojos, se suelta y abraza a su hermana.
—¡Qué alegría verte!
Dom gruñe amenazante, la aparta de un tirón y escupe:
—No vuelvas a tocarla en tu puta vida, basura.
Diana nos mira con los ojos muy abiertos.
—Chicos, por favor. Me estáis malinterpretando. Yo... —Niega con la cabeza y dice con tristeza:
—Os quiero. Siempre os he querido.
Se vuelve hacia su hermana y dice con voz triste:
—Yo también te quiero, Flora, más de lo que nunca sabrás. Por favor, dame la oportunidad de demostrarlo.
Flora la mira con asco y, pegándose más a Dom, sisea:
—Que te jodan, Diana. Tú no eres hermana mía.
Ryan aparece y niega con la cabeza.
—No está en ninguna parte.
Me dan ganas de aullar de rabia, y entonces veo a Carlos Matasso entrar en la sala de la mano de su esposa. Diana dice con cierto alivio:
—Ahí están. Seguro que Chastity no anda lejos. Eres un paranoico, Leo.
Ignoro a la zorra y voy directo hacia mi enemigo. Odio la sonrisa burlona que pone cuando me ve acercarme.
—Leo y Dom. No he visto a los hermanos Ortega juntos en muchos años. Es una pena que uno de vosotros esté en el hospital. ¿Tenéis noticias? Espero que no sea grave.
Doy un paso adelante y sus soldados se mueven rápido, interponiéndose entre nosotros mientras él se ríe.
—No hace falta montar un espectáculo. Hay muchos testigos que me respaldarían si digo que me atacaste. Por no hablar de mi buen amigo el jefe de policía, al que tengo que saludar.
Se aleja y oigo:
—Connor, Mary, qué encantador veros esta noche.
Mientras Carlos se escabulle de una situación extremadamente peligrosa, sabe que solo está ganando tiempo.
Capto la expresión en los ojos de su esposa mientras me mira con interés antes de seguir a su marido.
Dom sisea:
—Solo di la maldita palabra, hermano.
Flora se aferra a su mano con expresión preocupada.
—Siempre olvido lo mucho que me asusta ese hombre.
Dom dice con aspereza:
—Sus días están contados.
Ella se estremece.
—Mario tenía la misma mirada de loco, esos ojos malvados.
Bajo la voz.
—Seguid vigilándolo a él y a todos en su organización. Está tramando algo, y tiene que ver con Chastity.
Dom asiente.
—No lo perderemos de vista.
Estoy frustradísimo, pero tenemos que esperar.
Si conozco a Carlos, estará planeando una sorpresa desagradable para nosotros, y solo espero que no tenga que ver con la mujer que amo.
Aún me aferro a la esperanza de que esté aquí, en alguna parte, acechando a su presa, porque si está en peligro por mi culpa, jamás me lo perdonaré.