El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 33
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CAPÍTULO 33

CHASTITY

El corazón me martillea mientras lucho por liberar las manos de las esposas.

Estoy casi segura de que las muñecas nunca volverán a ser las mismas mientras me raspo la piel contra el acero frío, desesperada por soltarme.

Por suerte, siempre he tenido las muñecas pequeñas, y estas esposas las diseñaron para atrapar a un hombre, así que, tras una experiencia dolorosa, pronto consigo librarme de una de ellas.

Sin perder un segundo, echo mano del cuchillo y fuerzo la cerradura de la otra esposa con la hoja.

Un pequeño truco que me enseñó un amigo de la calle que presumía de sus habilidades.

Ahora le estoy muy agradecida: la cerradura cede y respiro hondo, aliviada, mientras pienso en qué hacer a continuación.

No tengo mucho tiempo. Lo sé, y me dirijo a la puerta, gruñendo de frustración al ver que está cerrada con llave. De nuevo, cojo el cuchillo e intento forzar la cerradura, pero esta vieja cerradura de metal se resiste más.

Oigo pasos fuera, seguidos de risas, y me quedo helada al darme cuenta de que no estoy sola. Por supuesto, ha dejado a algunos de sus hombres vigilando, y dudo que llegara muy lejos aunque consiguiera salir de esta habitación.

Miro a mi alrededor con la desesperada esperanza de encontrar una salida obvia, pero lo único que veo son las frías y deprimentes paredes de mi tumba.

No tenía que acabar así. Me entrené para matar al hombre responsable de asesinar a mis padres a sangre fría, y lo único que he conseguido es ponérselo fácil para que termine el trabajo. Odio las emociones que me desgarran e intento poner orden en mi mente revuelta.

Si mato a Carlos en esta habitación, sus hombres terminarán el trabajo que él empezó.

De eso no tengo ninguna duda. Los hombres como él siempre tienen un plan B, y me pregunto por qué su esposa cree que puedo lograr algo que muchos hombres antes que yo han intentado.

Debe saber algo que yo desconozco, porque si no, ¿por qué iba a ayudarme?

He estado en el infierno y aún lucho por salir, y lo único por lo que vale la pena luchar está ahora mismo enfrentándose a la posibilidad de perder a otro miembro de su familia.

¿Perderá a dos personas cercanas en una sola noche por culpa de un hombre?

No me cabe duda de que Carlos fue el responsable del disturbio en el evento benéfico.

Que me trajera aquí me confirmó que él orquestó la distracción.

Matteo siempre iba a pagar por matar a su hijo, y el evento le brindó la oportunidad perfecta para conseguir lo que quería.

Tengo la mente acelerada, así que respiro hondo varias veces para recuperar la calma en medio de la tormenta, porque si algo he aprendido en estos últimos años es a no entrar en pánico.

El póker me enseñó mucho sobre esto: lo más importante es descubrir la debilidad del oponente y no revelar nunca tu miedo. Recurro a esa habilidad ahora mientras planeo mi venganza, porque si Carlos cree que le espera una noche de placer, está muy equivocado.

Permanezco acurrucada en el suelo, abrazándome el cuerpo, durante otra hora más.

El frío nunca me ha molestado porque durante años estuve helada permanentemente.

Se convirtió en un estado mental, así que me quedo sentada aceptando mi situación con calma mientras elaboro mi plan.

Una cosa está clara: Carlos tiene intención de matarme, así que quizá sea más sensato luchar para salir de aquí antes de que llegue.

De vez en cuando, unos pasos se detienen frente a la puerta antes de alejarse, y presto atención a la frecuencia.

Al cabo de un rato distingo un patrón y deduzco que los soldados siguen una rutina al patrullar la zona, lo que me indica que probablemente solo hay dos, tres como mucho.

Si hubiera más, tendría un guardia permanente apostado fuera de mi puerta, así que cuando los pasos se alejan, cuento hasta cincuenta mentalmente hasta que dejo de oírlos.

Debo de tener al menos diez minutos antes de que vuelvan, así que fuerzo la cerradura con cuidado, haciendo la cuenta atrás en mi cabeza mientras el ruido de la cerradura oxidada llena el espacio cavernoso.

Hacen falta tres intentos para que la cerradura ceda a regañadientes y, cuando la puerta se abre con un clic, juro que tengo todos los nervios a flor de piel.

No tardará en llegar la siguiente ronda y rezo para que no comprueben la puerta y descubran que me he escapado.

Una vez más, espero a que el soldado se aleje antes de entreabrir la puerta, rezando para que no haga ningún ruido que delate mi huida.

La puerta se abre lo justo para que pueda escurrirme, y agradezco la oscuridad inquietante mientras me fundo con las sombras.

Una vez más, estoy en el enorme espacio abierto del almacén y, pegada a las paredes, me muevo rápidamente hacia la esquina más oscura mientras cierro la puerta tras de mí.

Me quito los tacones y los pies avanzan por la piedra áspera y fría del almacén abandonado, tropezando con piedras afiladas y llenándose de suciedad.

Es curioso cómo, una vez que has vivido en las sombras, se convierten en parte de ti, y en lugar de sentir miedo, es como volver a casa.

Tengo la memoria aguda y la uso bien para guiarme por un espacio que alberga lo desconocido.

Tengo el ingenio afilado y la determinación firme mientras me relajo y empiezo a disfrutar de la oportunidad que siento que he estado esperando toda mi vida.

El acero frío de la pistola me pesa en la espalda y me divierte lo mucho que Carlos me subestimó. Ni por un segundo pensó que llevaba armas ocultas cuando me trajo aquí, lo que demuestra que me las estoy viendo con un aficionado.

Observo a uno de los guardias dirigirse hacia mi prisión con una linterna y me encojo entre las sombras, pegándome a las paredes mientras espero que sea un poco negligente.

Como antes, se limita a pasar junto a la puerta, comprobar que está cerrada y volver por donde ha venido.

El latido del corazón es el único sonido que hago mientras me muevo rápidamente hacia el extremo opuesto de la estancia y pienso en cómo escapar.

Supongo que los soldados están apostados junto a la entrada para avisar cuando regrese su amo.

Me muevo en dirección contraria a por donde entramos, con la esperanza de que haya una entrada trasera sin cerrar.

Lugares como este esconden un sinfín de posibilidades porque dan cobijo a personas como yo cuando hace frío fuera.

Las ventanas rotas y las cerraduras reventadas son la invitación a entrar para los desesperados.

Es irónico que esta vez esté desesperada por salir, y eso me ofrece la misma oportunidad.

Como pensaba, hay una abertura, esta vez no hecha por el hombre, y veo que una parte del edificio se ha derrumbado, lo que me permite arrastrarme por un agujero en el que apenas quepo.

La oscuridad me recibe como a una vieja amiga mientras respiro hondo el aire fresco y me alejo del almacén abandonado sin perder un segundo, consciente de que no tengo mucho tiempo antes de que ese cabrón regrese.

Mientras me muevo entre las sombras, sé que podría regresar en cualquier momento y que, en cuanto descubra mi huida, la zona se llenará de soldados. Necesito aprovechar cada segundo de ventaja, y mientras avanzo, calculo el mejor lugar posible para esconderme.

Siento una necesidad abrumadora de quedarme y terminar el trabajo, pero ya sé que no estoy preparada para eso.

La pistola que llevo a la espalda no tiene suficiente alcance, y no conseguiría acercarme lo bastante para usar el cuchillo y matar a un tirano.

Debo esperar mi momento y planear mi ataque, porque soy débil cuando debería ser fuerte.

Oigo un vehículo acercándose y el corazón me da un vuelco mientras me pego contra la pared de un edificio cercano.

Veo un camión que viene hacia mí y reconozco el rótulo del lateral.

Salgo y levanto la mano en una súplica desesperada.

El camión frena en seco con un chirrido y el conductor se asoma sorprendido.

—¿Estás bien, cariño? —Su cara refleja pura preocupación.

Digo con voz llorosa—: ¿Me podrías llevar a la ciudad?

—Claro, sube.

Mientras me apresuro hacia la puerta, doy gracias por los camioneros, porque lo han visto prácticamente todo en esta vida, y una mujer vestida como la jodida Cenicienta, arrastrándose por un muelle abandonado de madrugada, seguramente no sea lo más raro que este hombre haya visto en su vida.

La puerta se cierra y agarro el cinturón de seguridad. Mientras me lo abrocho, su risa casi me hace sonreír. —Joder, cariño, hay que tener agallas para andar por aquí. ¿Qué ha pasado? ¿Tu carruaje se convirtió en calabaza a medianoche o qué?

—Algo así —sonrío aliviada, y mientras me calzo los tacones, él suelta una carcajada.

—¿Dónde está tu zapatilla de cristal, cariño? El Príncipe Azul no podrá encontrarte sin ella.

—Eso espero —le devuelvo la sonrisa y él esboza una mueca divertida—. Él se lo pierde, cariño. Toma.

Estira el brazo hacia atrás y me lanza una manta que usa para echarse alguna cabezada. Mientras me acurruco en ella, le digo agradecida: —Tampoco tú eres mal Príncipe Azul.

—Díselo a la parienta. Me mira como si fuera Voldemort casi todos los días.

Me guiña un ojo. —Bueno, ¿adónde quieres que te lleve?

—A casa, por favor.

—¿Al castillo? —bromea.

—Algo así.

Cuando le digo la dirección exacta, silba. —Retiro lo dicho, cariño, tú sí que sabes lo que es vivir con Voldemort.

—No es para tanto.

Su risa me hace sonreír. —Ya te lo dije, desde luego que tienes agallas.

Mientras dejamos atrás los muelles, sonrío para mis adentros, deseando poder ver la cara de Carlos cuando descubra que su pajarito ha volado del nido.