CAPÍTULO 31
CHASTITY
Me meten a empujones en un coche, me esposan y me tapan la boca con cinta adhesiva.
Carlos y Giselle se sientan a cada lado de mí mientras Diana observa desde la acera. Mi odio por esa mujer arde con fiereza a medida que el coche se aleja, dejándola atrás para que fabrique aún más mentiras. Intento controlar mi respiración con Carlos apuntándome a la cabeza con su pistola.
—Chastity Blake —suelta una carcajada—. ¿O debería decir Callie Morgan?
Se me hiela la sangre al oír un nombre que intento olvidar.
Esperaba que esto fuera solo para herir a Leo, pero ahora me doy cuenta de que es mucho más que eso.
Sabe quién soy.
Su esposa permanece en silencio a su lado, y siento cómo su curiosidad se extiende hacia mí. No hay emoción en esta mujer, probablemente destruida hace años tras vivir en el infierno con este bastardo sádico.
—Conocí a tus padres, Brad y Penny —lo dice casi como quien charla del tiempo, y la rabia me abrasa el alma mientras habla como si saludara a la hija de un viejo amigo.
—Trabajaron para mí hasta que decidieron quedarse con lo que era mío y negarse a devolverlo.
Se ríe como si fuera un recuerdo entrañable antes de presionar la pistola contra mi cabeza.
—Es hora de cobrar su deuda y, en su ausencia, tú tienes ese honor, querida.
Le dice a su esposa:
—Ya sabes cómo odio que me deban algo. Bueno, los padres de esta mujer me debían dos mil dólares.
Ella no dice nada, y él obviamente está acostumbrado porque se ríe por lo bajo.
—Quiero decir, eso fue hace tiempo, y los intereses han crecido mucho a lo largo de los años. Callie va a devolverme hasta el último centavo antes de que la envíe a reunirse con ellos.
Tiemblo por dentro, pero mantengo la compostura. Debo recordar mi entrenamiento si quiero sobrevivir, así que intento centrarme y dejar el miedo a un lado. Si algo he aprendido en la vida es que siempre hay una oportunidad. Por muy fugaz que sea.
Conducimos unos veinte minutos hasta llegar a un almacén junto a los muelles, y se me hiela la sangre. Va en serio.
El coche se detiene y, en cuanto se abre la puerta, me sacan de un tirón. Tropiezo con el vestido y caigo al hormigón, raspándome el brazo.
Carlos sale tras de mí y me da una patada fuerte en el costado. Gimo cuando el dolor me pilla desprevenida.
Lo oigo decirle a su esposa:
—Ven, querida. Esto no llevará mucho tiempo, y luego podrás volver a la fiesta.
Dos soldados me ponen de pie de un tirón y me agarran las muñecas con fuerza mientras me arrastran tras su jefe y su esposa, esa mujer siniestra de cojones, hacia un almacén asqueroso que apesta a sangre de condenados.
Atravesamos un enorme espacio en ruinas hasta una habitación con puerta metálica. Es pequeña, pero me llena de terror cuando veo las esposas sujetas a las paredes húmedas y oscuras.
—Bienvenida a tu nuevo hogar, Callie —se burla.
—Ha tardado mucho en llegar.
Intento resistirme con todas mis fuerzas, pero no hay nada que hacer contra el acero frío presionado contra tu cabeza. Mientras los soldados me esposan a la pared, pienso que esta es una fiesta a la que me habría encantado no asistir.
Carlos se aparta y me mira con lascivia. Odio el escalofrío que me recorre al ver su expresión perversa.
—Esperarás a que vuelva. Tengo que regresar a la fiesta, pero volveré más tarde esta noche y dedicaré el resto a cobrar mi deuda.
Se da la vuelta cuando un hombre entra en la habitación y dice con voz profunda:
—Tenemos un problema.
—¿Qué problema? —Carlos parece irritado, y el hombre gruñe:
—Paulie Danone. Pregunta por usted.
—¿Ahora qué?
Carlos suspira mientras su soldado asiente.
—Dice que tiene información y lo vio llegar.
—¿Dónde está?
—En la sala de interrogatorios.
Carlos niega con la cabeza.
—Le daré dos minutos y luego nos vamos de aquí.
Se marcha sin mirar atrás, caminando a grandes zancadas tras su soldado, y deja a su esposa y a los dos soldados que me arrastraron hasta aquí.
En cuanto desaparece de la vista, Giselle espeta:
—Dejadnos.
Los dos hombres ni siquiera la cuestionan y salen de la habitación, cerrando la puerta suavemente tras ellos.
Me estudia de una forma un tanto inquietante antes de acercarse y decir con suavidad:
—Eres muy hermosa. Oí el rumor.
No puedo hablar por la cinta que me tapa la boca. Ella susurra mientras desliza un dedo por mi pecho:
—Me dijeron que había una mujer entrenándose para matar a mi marido. Una asesina, por así decirlo, y sentí curiosidad.
Tiemblo mientras me mira con interés.
—Qué premio, tan adorable que es casi una lástima saber que mi marido arruinará tanta belleza.
Un destello de repugnancia cruza sus ojos y sisea:
—Y te arruinará. Te torturará, te violará varias veces y te someterá a los actos más crueles. Desearás morir, pero prolongará tu vida para su propio entretenimiento. Eso es lo que es. Un sádico sin corazón. Debería saberlo. He vivido en el infierno el tiempo suficiente.
Me quedo paralizada mientras se aprieta contra mí, desliza las manos por la pared fría y dura hasta entrelazar sus dedos con los míos, y dice con un tono gélido:
—Casi desearía poder quedarme a mirar. Te animaría a ti antes que a él cualquier día.
Suspira y dice con desesperación:
—Regresará y despedirá a sus guardias para poder jugar contigo sin interrupciones. Usa lo que has aprendido porque solo tendrás una oportunidad de matar al bastardo.
Alza la vista y veo el arrepentimiento en su expresión.
—Sabes, Callie... —suspira, y apoyándose contra mí, susurra—: He pasado toda mi vida esperando que alguien me libere de mi prisión.
Que mate al hombre que odio con pasión y me deje vivir una vida normal.
Si eres tú quien me da lo que quiero, ven a buscarme cuando lo consigas para que pueda agradecértelo personalmente. Te recompensaré bien.
El acero de mi propio cuchillo, sujeto a la cara interna del muslo, me recuerda que aún queda algo de esperanza, y rezo para que esta mujer se marche antes de que decida registrarme más.
El ruido de unos pasos en el exterior la hace apartarse y quedarse en silencio, a la espera de que la puerta se abra. Cuando su marido entra en la habitación, gruñe irritado:
—Giselle. Date prisa, no tenemos mucho tiempo.
Ninguno de los dos me mira mientras salen. Cuando la puerta se cierra de golpe tras ellos y oigo la llave girar en la cerradura oxidada, lo único que siento es alivio por estar sola al fin.