El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

LEO

El corazón me late desbocado, pero mi entrenamiento se ha impuesto justo cuando más lo necesito. Al oír el disparo, supe que algo iba mal. Mi primer instinto fue proteger a Chastity, pero al ver la expresión de Ryan, mi lado más oscuro se apoderó de mí y me preparé para algo que no me iba a gustar.

Chastity estará a salvo en esa sala, rodeada de gente. Lo que nos aguarda quizá no sea tan seguro, así que saco el arma mientras corro hacia la entrada del hotel, porque si mis hermanos están siendo atacados, yo también.

Mis hombres se agrupan a mi alrededor formando una armadura impenetrable, y el corazón se me retuerce de pura angustia al oír gritos antes siquiera de ver qué está pasando.

Todo es un mar de trajes negros y voces ásperas, pero la multitud se abre a mi paso mientras corro hacia el cuerpo tendido en el suelo.

Apenas registro a una mujer que grita el nombre de Matteo mientras me dejo caer junto a mi hermano y contemplo una escena para la que me había preparado, pero que nunca creí que llegaría a ocurrir.

La sangre gotea de la herida hasta el suelo, y sus ojos llenos de dolor me miran con expresión casi de disculpa.

—Leo.

Gime al pronunciar mi nombre y le suelto con brusquedad:

—Deja de hablar, joder, si te duele tanto.

—¿Dónde coño están los paramédicos? —grito.

—En camino, jefe —dice Ryan con voz mesurada a mi espalda, lo que me recuerda que estoy perdiendo los estribos.

—Hemos acordonado la zona y la policía viene de camino.

—¿Te parece que me importa una mierda la policía?

Bajo la mirada hacia mi hermano y me duele físicamente verlo sufrir así. Entonces oigo un rugido: Domenico abriéndose paso entre la multitud.

—¡Matteo, qué cojones! —grita mientras se desploma junto a nosotros con todo su corpachón, visiblemente en estado de shock—. Dime que llevabas el chaleco, por el amor de Dios —gruñe con tono amenazante.

Matteo hace una mueca al intentar sonreír.

—¿Tú qué crees?

Escupe algo de sangre y le pregunto con aspereza:

—¿Dónde te han dado?

—En el hombro. Solo es un rasguño.

Los sollozos me están sacando de quicio, pero antes de que pueda hacer nada al respecto, Matteo mira por encima de mi hombro y su expresión se suaviza.

—Abi, estoy bien —dice con voz entrecortada.

—Ni de coña lo estás.

Su esposa se deja caer junto a él y le acuna la cabeza en el regazo.

—No te atrevas a dejarme, cabrón.

Lo dice entre sollozos, y la expresión de amor en el rostro de él me recuerda que no soy el único que tiene que lidiar con lo que eso conlleva.

El sonido de sirenas a lo lejos me indica que la ayuda está en camino. Cuando la ambulancia frena en seco, el mar de trajes negros que nos rodea se abre para dejarlos pasar. Si les intimida la escena, no lo demuestran: simplemente se ponen manos a la obra para atender a mi hermano.

Nos apartamos y Dom gruñe:

—¿Qué ha pasado?

Me vuelvo hacia Ryan en busca de respuestas, y me dice en un susurro:

—Chase me ha puesto al tanto. Estaban en posición cuando llegó tu hermano.

La rutina de siempre, pero en cuanto salió del coche, sonó el disparo desde el otro lado de la calle y cayó.

Los nuestros lo rodearon de inmediato y el resto se dispersó en busca del francotirador. Es todo lo que puedo decirte.

—¿Alguna idea? —pregunta Dom, furioso.

Se me hiela la sangre porque no necesito adivinar: ya lo sé. Y acabo de dejar a la única persona que juré proteger en la misma sala que él.

—Matasso —suelto por encima del hombro mientras echo a correr, confiado en que Matteo está en las mejores manos.

Está vivo, eso es lo único que importa ahora. Solo espero que sean paranoias mías mientras voy a ver cómo está mi mujer.

Dom me pisa los talones mientras entramos en el salón de baile, sin apenas reparar en las caras de estupor de la gente, que todavía está asimilando que ha habido un tiroteo a las puertas del hotel.

Me abro paso a empujones entre la gente, con Ryan y Dom pegados a mis talones, y enseguida queda claro que faltan cuatro personas.

—Sella las salidas —le ladro a Ryan, que sale disparado.

Dom grita:

—¿Qué cojones está pasando?

—Se ha llevado a Chastity.

—¿Quién?

Dom me mira confundido y le grito:

—¡A mi prometida, joder!

Su sorpresa es casi cómica: me mira como si viera a un impostor, porque yo no tengo citas, y mucho menos me prometo. Pero no tengo ni un segundo para explicárselo a nadie, porque lo único que importa es encontrarla antes de que sea demasiado tarde.