El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 29
63%

CAPÍTULO 29

CHASTITY

Casi no puedo respirar. El hedor de la muerte flota pesado en la habitación, y de mí depende asegurarme de que no venga por Leo ni por mí.

Cuando vi a Carlos Matasso, me quedé rígida de rabia y sed de venganza.

Deseaba con todas mis fuerzas acercarme a él, hundirle el cuchillo en el corazón y arrancárselo delante de toda la sala llena de espectadores horrorizados.

La venganza se ha apoderado de mí, me ciega a todo lo demás, y ni en sueños ese hombre sobrevivirá esta noche si de mí depende.

Pero Leo no necesita oír eso. Me dijo que no me separara de él para protegerme. Sé que teme por mí. Sus prioridades han cambiado, y solo por razones egoístas. Las mías no. Vengaré la muerte de mis padres, y será esta noche.

Mientras beso al hombre del que me estoy enamorando perdidamente, rezo para que no sea la última vez, y oigo una risita burlona justo cuando Leo se tensa contra mí.

Al apartarme, me giro y veo a Diana observándonos divertida mientras sostiene la mano de un hombre que es un calco de todos los multimillonarios exitosos de la sala.

—Leo, cariño, te presento al gobernador Michaels. Me estaba contando lo importante que será esta noche para las numerosas organizaciones benéficas que apoya.

El gobernador mira a Leo con un entusiasmo que me sorprende, casi como si lo idolatrara, y resulta un poco extraño.

Leo asiente.

—Gobernador.

El gobernador tropieza con sus propias palabras:

—S... señor Ortega, me alegro mucho de que esté aquí. No solemos verlo en estos eventos y me encantaría poder comentarle algunos proyectos interesantes en los que estoy trabajando.

Noto que Leo preferiría arrancarse el corazón, y Diana no ayuda al decir con ligereza:

—Tienes que venir a casa, Clay —le bate las pestañas y ronronea—: Insisto.

Su intención está escrita en la cara para que todos la vean, y el gobernador parece encantado mientras la mira a los ojos y asiente:

—Me encantaría.

Diana le dedica una sonrisa radiante a Leo.

—Organizaré una cena una noche. ¿Qué dices, Leo? ¿Te apuntas?

Es como si yo ni siquiera estuviera en la habitación, aunque tengo a Leo de la mano mientras me tratan como si fuera invisible.

Leo me atrae hacia él y dice con aire de aburrimiento:

—Quizá en unas semanas. Ahora mismo no tengo tiempo. Los asuntos de familia son lo primero.

El gobernador parece decepcionado y a Diana se le cae la cara cuando Leo me sonríe y dice:

—Me voy a casar.

No sé quién está más sorprendido: yo, Diana o el gobernador, y me libro de tener que reaccionar cuando Ryan le susurra algo al oído a Leo y este dice secamente:

—Si nos disculpan, madrastra, gobernador.

Mientras nos alejamos, susurro:

—¿Qué demonios ha sido eso?

—¿Adónde vamos? —casi tropiezo con el vestido mientras nos adentramos en la sala, y Leo gruñe:

—Lo más lejos posible de ellos.

No dice nada, solo me guiña un ojo antes de volverse hacia Ryan:

—Gracias. Momento perfecto, como siempre.

La música empieza y veo que varias parejas salen a la pista. Me sorprende cuando Leo me rodea la cintura con el brazo y sonríe:

—¿Bailamos?

Mientras empezamos a bailar, apoyo la cabeza en su hombro y me encanta la sensación de pertenencia que me da estar con él.

Me sostiene como si temiera que fuera a romperme antes de poder atrapar mi alma una vez más.

Es fuerte, exigente y arrogante, y sin embargo el amante más dulce que cualquier chica podría desear.

Lo vi entrar en esta sala sin fijarse en nadie que no le interesara.

En menos de un minuto, había localizado a todos los que importaban y su mente trabaja a toda velocidad mientras elabora su estrategia.

Es un hombre de mi misma pasta, al que le entrego mi corazón voluntariamente.

Puedo aprender mucho de Leonardo Ortega, y espero que el destino me dé esa oportunidad.

Bailamos tres canciones, y desearía que pudiéramos seguir toda la noche. Entonces suspira contra mi mejilla y susurra:

—Deberíamos buscar a Ryan. Por mucho que quiera tenerte en mis brazos toda la noche, estamos aquí por negocios.

Asiento, odiando el motivo que nos ha traído aquí, pero a la vez disfrutando de la emoción. He esperado demasiado tiempo este momento y no puedo permitir que nada me distraiga.

Cuando nos giramos para salir de la pista, suena un disparo que sume la sala en el caos.

Es como si todo sucediera a cámara lenta mientras la multitud grita a nuestro alrededor y el miedo se apodera del ambiente.

Leo me atrae con fuerza contra él, usándose como escudo humano, y me arrastra hacia la salida justo cuando Ryan corre hacia nosotros.

Por la expresión de su cara, son malas noticias.

—Jefe, es Matteo.

—¡Joder! —la pura agonía en esa palabra me acompañará toda la vida, y Ryan dice con expresión de dolor:

—Lo han abatido.

—Quédate aquí, entre la multitud. Es más seguro —son sus últimas palabras antes de salir corriendo tras Ryan, y se me parte el corazón por él. No puede perder a su hermano, no puede. Ya ha perdido a demasiados miembros de su familia. El destino no puede ser tan cruel como para arrebatarle a otro.

Tengo la mente hecha un caos mientras lucho por respirar, por no hablar de pensar, y entonces un movimiento a mi espalda me hiela la sangre: el acero frío de un arma se clava en mi espalda y la voz de mis pesadillas dice con crueldad:

—No montes una escena o los demás mueren. Camina conmigo y puede que sobrevivan para llorar en tu funeral.

Me empuja por detrás y, cuando Diana y Giselle Matasso se ponen a caminar a mi lado, sé que estoy jodida.