CAPÍTULO 28
LEO
Ahora hay mucho más en juego, y todo por ella. Lo que acaba de pasar me dejó aturdido, y me costó centrarme de nuevo en lo que tenía entre manos.
Por mucho que quisiéramos, no podíamos perder más tiempo, así que ahora vamos camino del evento benéfico, deseando estar a salvo en la cama, con el mundo entero fuera.
No decimos nada, al menos en voz alta, pero cómo Chastity me aprieta la mano me dice todo lo que necesito saber.
Está tan nerviosa como yo porque vamos hacia lo inesperado, hacia lo desconocido, y no hay garantía de que volvamos a casa esta noche.
Ni siquiera puedo tranquilizarla porque no tengo nada que ofrecerle. Esta noche es el aperitivo: los cócteles antes del evento principal de mañana. Solo una persona saldrá del despacho de Ernest Bagway como Don Ortega, y espero vivir lo suficiente para estar en la carrera.
La seguridad es férrea y he repasado el plan mil veces mentalmente, pero esta vez no depende de mí. Depende de la persona sentada a mi lado, perdida en sus propios pensamientos.
Chastity se aleja de mí, mentalmente al menos, y se prepara para lo que la trajo aquí desde el principio.
Ryan me manda un mensaje desde el coche que va delante.
—Ha llegado.
Se me encoge el estómago al saber que Carlos Matasso ha llegado al evento antes que nosotros.
—¿Mis hermanos?
Respondo, y la contestación no me tranquiliza.
—Todavía no.
Tenemos ojos dentro y alrededor del edificio esta noche, y me llega todo lo que necesito saber. Diana salió antes en su coche y lleva allí una hora.
Cuando nos detenemos frente al hotel de lujo, Chastity suelta el aire de golpe.
—Bueno, aquí estamos.
Ni siquiera puedo mirarla porque si lo hago, cambiaré de opinión en un instante. Me limito a asentir.
—Todo irá bien. Quédate cerca de mí y estate atenta a lo que pase.
—Por supuesto.
Le tiembla un poco la voz, y eso me destroza por dentro. ¿Qué demonios hago metiendo a esta mujer en esta situación? Debería haberlo cancelado todo y haberla encerrado en mi habitación, porque si le pasa algo por mi culpa, más me valdría pegarme un tiro. No podría vivir con lo que habría hecho.
Se abre la puerta y mis hombres rodean el coche. Agarro la mano de Chastity con fuerza y la arrastro conmigo a la locura.
Nos escoltan por la alfombra roja, protegiéndonos de los flashes de los paparazzi, y al entrar en la recepción de mármol, mis hombres nos guían hacia el enorme salón de baile donde se celebra el evento de esta noche.
Al llegar a la enorme entrada, se funden en las sombras, dejando solo a Ryan como mi guardaespaldas más cercano.
Cogemos una copa de champán de la bandeja de una camarera sonriente y, al adentrarnos entre la multitud, un destello de seda roja a lo lejos me llama la atención.
—¿Es Diana? —susurra Chastity siguiendo mi mirada. Gruño.
—Por desgracia, sí.
Se ríe de algo que le dice un hombre de esmoquin y, al fijarme mejor, veo que es el gobernador Michaels. Ella tiene la mano en su brazo y lo mira con esa dulzura que es pura trampa. Casi me da pena el pobre desgraciado.
Chastity recorre la sala con la mirada y de pronto se queda inmóvil. Me aprieta la mano con tanta fuerza que ya sé a quién ha visto. Sigo la dirección de sus ojos y el corazón me late de rabia al ver a Carlos Matasso de pie junto a su esposa Giselle, dominando el centro de la sala.
—Tranquila, cariño —susurro cuando él levanta la vista y nuestras miradas se cruzan. Estoy casi seguro de que en la mía solo ve desinterés, porque llevo toda la vida practicando ese arte.
Lo observo sonreír con suficiencia antes de saludar a un conocido que pasa, y se me cierran los puños mientras Chastity susurra:
—Solo para que lo sepas, Leo…
Se vuelve dándole la espalda a Carlos, me besa y su voz es suave pero letal:
—No tienes que pagarme para matar a ese cabrón. Lo haré encantada.
Odio que me recuerde que compré sus servicios, porque ese contrato ya lo he sustituido por otro. Un contrato vinculante de otro tipo, al que pienso dedicar mi vida, aunque ella no necesita saberlo ahora mismo.
Tenemos que sobrevivir a las próximas veinticuatro horas antes de hablarle de nuestro contrato matrimonial, porque si cree que voy a dejarla salir de mi vida cuando esto acabe, lo lleva claro.