El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 21
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CAPÍTULO 21

CHASTITY

A la mañana siguiente, me despierto sola y me pregunto si Leo llegó a acostarse anoche. La cama está fría, pero las almohadas hundidas y las sábanas arrugadas me dicen que no dormí sola.

Me incorporo y me paso los dedos por el pelo con una agitación que creía enterrada hace mucho. Las pesadillas fueron desvaneciéndose a medida que ganaba seguridad en mí misma, pero anoche volvieron con toda su fuerza, y me siento más vulnerable.

Antes de que pueda moverme, la puerta del baño se abre y trago saliva cuando Leo sale con una pequeña toalla enrollada en la cintura y el pelo húmedo de la ducha.

Sus ojos oscuros y turbulentos brillan con algo que no logro identificar, y me sorprende cuando se sienta en el borde de la cama junto a mí y me toma la mano.

—Dime qué estabas soñando anoche.

Lo miro atónita. ¿Qué demonios hice anoche?

—Nada. No me acuerdo —me aparto, pero él me obliga a mirarlo y gruñe—: Dímelo.

—Vete a la mierda —gruño, odiando que me acorralen así. Él suspira y me clava una mirada decidida.

—Estabas llorando, te sacudías y gritabas.

—A lo mejor el que soñaba eras tú —le aparto la mano con rabia y él niega con la cabeza.

—Escúchame, Chastity. Esto es importante.

Lo miro con dureza y él dice con suavidad:

—Dime qué pasó después de la muerte de tus padres.

—¿Por qué? —la palabra casi se me atraganta mientras él se acerca un poco más; su aftershave resulta tan embriagador como el propio hombre.

—Quiero saber adónde fuiste. Si no vas a contarme cómo murieron, al menos dime qué pasó después. Es importante.

—Acabé en la calle.

—¿Qué edad tenías?

Parece enfadado y le espeto:

—Catorce.

—Nadie fue a buscarte.

—Estaban muertos —digo con amargura, y el trauma de la pesadilla, sumado a todo lo demás, hace que una lágrima solitaria me resbale por la mejilla, delatando lo vulnerable que me vuelve este tema.

Para mi sorpresa, me besa la lágrima y susurra:

—Quiero saberlo porque algo no cuadra. He estado dándole vueltas toda la noche y necesitamos ser sinceros el uno con el otro.

—Vale —suspiro, encantada de sentir cómo su brazo me atrae hacia él. Apoyo la mejilla en la piel cálida de su pecho, respiro hondo y saboreo ese aroma a masculinidad que, de algún modo, me hace sentir a salvo.

—Ocurrió una noche. Mi madre me dijo que me escondiera en la trampilla bajo la cama.

Oí voces airadas y después un disparo que mató a mi padre.

En ese momento no lo sabía, pero de algún modo lo sentí.

Supe que se había ido. Luego trajeron a mi madre a mi habitación y le preguntaron dónde estaba yo. Ella mintió y ellos…

Respiro hondo mientras Leo me frota el hombro para reconfortarme, y siseo:

—La violaron. Todos y cada uno de ellos. Y luego Carlos le meó encima antes de pegarle un tiro.

Es como si fuera una extraña contando algo tan espantoso que ni siquiera parece real. Susurro:

—Uno de sus hombres preguntó si debía buscarme y Carlos le dijo que me encontrara, que yo podría saldar la deuda de mis padres después de que él me probara primero.

—¿Deuda? —la voz de Leo es suave y serena, y asiento contra su pecho—. Dos mil libras.

Se tensa y un gruñido grave me llega mientras dice:

—Asesinaron a tus padres por dos mil putas libras. ¿Qué cojones?

—Sí —me sorbo la nariz y me tapo los ojos con los dedos.

—Me quedé en mi escondite durante horas, hasta asegurarme de que se habían ido.

Cuando salí, vomité al ver el cuerpo ensangrentado y magullado de mi madre.

Le acuné la cabeza entre mis brazos y lloré tanto que pensé que había agotado las lágrimas de toda una vida.

Después me aterró que volvieran a buscarme.

Cubrí su cuerpo con el edredón de mi cama y metí mi elefante de peluche junto a ella.

Reuní todo lo que pude cargar y me fui sin mirar atrás.

Bajé las escaleras y encontré a mi padre con la mitad de la cabeza esparcida por las paredes.

Intenté no mirarlo, pero lo tengo grabado en la memoria.

Fui a trompicones hasta el estudio y busqué algo de valor.

Encontré doscientos dólares y una tarjeta de crédito, los cogí y salí por la puerta de atrás.

Leo me estrecha tan fuerte que casi me hace daño, pero se lo agradezco. Significa que tiene sentimientos en algún rincón de su ser, y me acurruco más contra él.

—Eché a andar. No tenía ni idea de adónde iba y acabé en la ciudad. Me vestí como una vagabunda, me cubrí la cabeza y llevaba una bolsa de papel con una botella de licor vacía para que nadie se me acercara.

Me sorbo la nariz y se me escapa una risita.

—Es curioso lo invisible que se vuelve una persona cuando actúa como si estuviera loca. Empecé a perfeccionar el papel. Supongo que en parte sí estaba loca, porque los horrores de aquella noche me dejaron una marca en la mente de la que nunca me recuperaré.

Lo miro a los ojos, endurecidos, y por un instante vislumbro un destello de lo que podría ser afecto. Sonrío cuando acerca los labios a los míos y susurra:

—Ya no estás sola, cariño.

Una frase sencilla que significa tanto para una mujer que solo cuenta consigo misma.

—Aprendí mucho en la calle. A sobrevivir, a escapar, a defenderme.

Escuchaba desde las sombras y empecé a observar.

Pedía limosna y me alimentaba de los contenedores.

Era una superviviente. No paraba de repetírmelo hasta que acabé creyéndomelo.

Pasado el shock inicial, empecé a trazar un plan.

En la calle vivían muchos exmilitares encantados de contarme sus batallitas.

Solía animarlos a hablar mientras nos sentábamos alrededor de bidones con fuego, y al poco empezaron a enseñarme a pelear.

Me río al recordar aquellos tiempos.

—De un modo extraño, nos convertimos en una familia. Estaban perdidos, como yo, pero decididos a sobrevivir. Ellos me cuidaban y yo los cuidaba a ellos, y me hicieron más fuerte. Me animaban a hablar, lo que ayudaba a pasar las horas. Y entonces, un día, tuve un golpe de suerte.

—¿Qué pasó? —No deja de acariciarme la espalda, y es tan agradable que sonrío contra su cálido pecho.

—Una señora se detuvo y dejó caer un puñado de billetes de dólar en mi regazo antes de agacharse a mi lado y ofrecerme una bebida caliente. Fue muy amable, no me juzgó en absoluto, y agradecí su compasión. El caso es que me ofreció un trabajo.

Leo gruñe, y eso me hace reír.

—Nada de eso. Era un trabajo honesto. Vale, implicaba trabajar en un burdel, pero solo como recepcionista, por así decirlo, y el puesto incluía habitación y comida.

Le sonrío.

—Aprendí mucho de Coco y sus chicas, aunque no lo que te imaginarías por vivir entre prostitutas. Como yo, intentaban sobrevivir y, una vez más, encontré algo parecido a una familia.

Leo exhala con fuerza. —Debió de ser duro para una chica tan joven.

—Lo fue. —Me acurruco más contra él y termino mi historia.

—Me quedé allí tres años, ahorrando cada céntimo que ganaba. Hasta que un día me metí en una partida de póquer y aposté la mitad de mis ahorros.

—¿Ganaste?

Sonrío ante el recuerdo. —Gané. Jugábamos mucho al póquer en las calles.

Sobre todo por alcohol o un paquete de galletas.

Me enseñaron los mejores y aprendí bien la lección.

Total, que pronto ganaba todas las partidas y me hice con una reputación, así que pasé de los tugurios a los clubes privados donde las apuestas eran más altas.

Escuchaba e investigaba, y pronto descubrí que tenía talento para sacarles partido.

Entonces mi vida dio un giro cuando escuché una conversación que no debería haber oído.

Un hombre y una mujer hablaban de un encargo.

Uno era el cliente y el otro el sicario.

Escuché cada detalle y juro que el corazón casi se me para.

Cuando se separaron, seguí al sicario por curiosidad, supongo.

En cuanto salió a la calle, vi lo que iba a pasar y le grité que tuviera cuidado.

Era demasiado tarde: un camión acabó con su vida antes de que pudiera siquiera empezar el trabajo por el que le pagaban.

Leo me estrecha con más fuerza, y me encanta lo segura que me hace sentir.

—No perdí tiempo: fingí ser su novia y me incliné sobre su cuerpo llorando, mientras me las arreglaba para quedarme con su móvil y las instrucciones que el cliente le había dado. Cuando el circo creció, me escabullí entre las sombras, y así empezó mi siguiente profesión.

—¿Hiciste el trabajo? —pregunta Leo con interés, y asiento.

—Al día siguiente seguí las instrucciones y vi a una mujer salir de un hotel de lujo con un hombre.

Me aseguré de que fuera el mismo sobre el que habían encargado el golpe.

Por lo visto, había abusado de su hija de nueve años y lo habían soltado por un tecnicismo.

La pareja se separó y lo seguí hasta el metro. Fue muy fácil.

Por alguna razón, el recuerdo me hace reír.

—Acabamos en un andén abarrotado, con poco espacio, y me aseguré de colocarme justo detrás de él.

Estaba mirando el anuncio de la pared de enfrente, de cara a las vías, y cuando el tren entró en la estación, le presioné detrás de las rodillas y cayó delante del convoy.

Nadie vio nada, y en el caos que siguió, logré escabullirme mientras evacuaban la estación.

Leo se ríe bajito. —Apuesto a que sentó de maravilla.

—Así fue. —Me echo hacia atrás y le sonrío, sorprendida por su comprensión, y digo con voz ronca—: Recogí el dinero del punto de entrega acordado, y fue increíble.

Se convirtió en algo que hacía más por la emoción que por el dinero.

Solo aceptaba trabajos para matar a los malos.

Gente sin moral y con el alma corrompida que se salía con la suya.

—Deberías estar orgullosa de ti misma.

Leo me roza los labios con un beso suave y sonríe. —Estoy orgulloso de ti, Chastity, y lo digo en serio.

—¿Lo estás? —Lo miro sorprendida y me pilla desprevenida cuando dice con una sonrisa tierna—: Vístete, cariño. Es hora de ir a por ese anillo de compromiso.