El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

LEO

Nos sentamos en el despacho de mi padre, rodeados del hedor a whisky, puros y recuerdos amargos.

Un retrato gigante del mismísimo hombre nos observa desde lo alto, como si fuera el tercer participante en esta conversación.

Resulta algo inquietante, probablemente por eso Diana eligió esta habitación.

La pillo estudiando el retrato con expresión amarga, pero yo no le ofrezco ninguna ventana a mi alma.

No merece conocer mis pensamientos, así que cojo el vaso de whisky, lo hago girar y espero a que empiece la función.

—Era un hombre intimidante.

Diana alude al fantasma que nos acompaña, y asiento.

—Desde luego.

Suspira y cruza las piernas, dejando a la vista una pierna larga y torneada, probablemente para distraerme. No funciona, y le digo con impaciencia:

—¿Qué quieres contarme?

—Los Señores Oscuros.

Se estremece al pronunciar el nombre.

—Mario estaba obsesionado con ellos.

No digo nada. Espero a que continúe mientras observo con interés cómo sus ojos destilan aversión.

—Cuando murió nuestra abuela, nos enviaron a vivir con Sam y Claire Bachini. Querían una hija y acabaron con dos de regalo. Mario era su hijo, o eso creía yo entonces.

—¿Quieres decir que no lo era?

Ya sé quién es en realidad ese cabrón, pero quiero que ella lo confirme.

—No.

Se estremece.

—Descubrí muchos años después que ese honor le correspondía a Carlos Matasso.

Me estudia en busca de una reacción.

No se la doy.

—Mario me lo contó un día, después de una discusión con su padre. Me dijo que Sam no le llegaba a la suela del zapato a su verdadero padre, y que en cuanto demostrara su valía, se iría a vivir con él.

—¿Tenía que demostrar su valía?

Niego con la cabeza y Diana asiente.

—Giselle Matasso no era la madre de Mario y no quería saber nada del bastardo de su marido.

—¿Y Carlos le hizo caso a su mujer? Me cuesta creerlo.

Me río por lo bajo y Diana replica bruscamente:

—Entonces es que no conoces a Giselle Matasso.

—Tuve la desgracia de crecer con esa mujer, y créeme, hay una razón por la que ha sobrevivido tanto tiempo.

Interesante, pero me lo guardo y miro a Diana con cara de aburrimiento.

Se estremece.

—Giselle es manipuladora, fría e insensible, y solo ha mantenido el interés de Carlos gracias a quién es su familia.

—O sea que viene de otra familia mafiosa.

Me encojo de hombros con indiferencia.

—Una que no le llega ni a la suela a la de Matasso, así que ¿por qué iba a importarle?

—Porque le debe a Don Vieri.

—¿Por qué?

Me estudia con expresión pensativa, y noto que está disfrutando cada segundo.

—Para pagar su cuota de entrada.

—Verás, el verdadero Señor Oscuro Supremo es el padre de Giselle, Don Vieri.

Carlos espera heredar el título cuando muera el Don, por estar casado con Giselle.

Según él, los nietos del Don no tienen interés en continuar el negocio familiar de Los Señores Oscuros, y lo ve como la oportunidad perfecta para convertirse en la familia más poderosa de todas.

Me inclino hacia delante y la miro fijamente.

—Esta organización de Los Señores Oscuros... ¿Por qué es tan poderosa?

—Porque su lista de miembros es impresionante.

No solo hay mafiosos, sino también grandes empresarios, políticos, policías y famosos.

Abarca todo el continente, y pertenecer a ella garantiza el éxito.

Si Carlos se deshiciera de su mujer, se enfrentaría a la ira de toda la organización; por eso se limita a tolerarla.

Por eso envió a su único hijo a vivir con los Bachini, y por eso es tan cruel.

—Por su mujer.

—No.

Parece casi amargada.

—Por cómo ella le hace sentirse.

—Pareces saber mucho sobre Carlos Matasso y sus emociones, Diana. ¿Hay algo que no me estés contando?

—gruño, mirándola fijamente. Por un momento parece sobresaltada, pero enseguida cierra los ojos y recompone el gesto.

—Me estaba tirando a su hijo. Lo sé todo sobre esa familia.

—Otro más.

Niego con la cabeza, divertido.

—¿No hay nadie con quien no te acostarías para medrar, Diana? Dime, ¿quién es el siguiente? ¿El presidente, quizás? ¿O hay algún otro pobre infeliz que haya captado tu atención?

Hace un mohín petulante.

—Tienes todo el derecho a estar enfadado, Leo, pero estás olvidando que yo también soy una víctima, igual que tú.

Me dan ganas de soltar una carcajada, pero en lugar de eso digo con frialdad:

—Porque...

—Porque Giselle Matasso asesinó a mi madre, y sé que entiendes lo que se siente.

Una vez más me recuerda mi pasado y lo usa en mi contra. Necesito toda mi fuerza interior para permanecer impasible; me limito a asentir.

—Lo entiendo.

Animada por mi aceptación, dice con tristeza:

—Oí una pelea y reconocí la voz de mi madre. Estaba llorando y quise ayudarla. Cuando me colé en la habitación, vi a Carlos golpearla en el estómago. Corrí hacia ella gritándole que la dejara en paz.

Se le llenan los ojos de lágrimas mientras susurra:

—Él se limitó a reírse y me agarró. Mamá le gritó que me soltara, pero él le dijo que le presentaba a su sustituta. Yo no entendía qué estaba pasando, y él me tiró al suelo y...

Parpadea conteniendo lágrimas falsas mientras susurra:

—Me violó delante de mi madre.

Las lágrimas le corren por las mejillas mientras solloza:

—Conseguí escapar y salí corriendo de la habitación.

Mi madre me gritaba, llamándome puta, diciendo que me lo merecía.

No podía entender qué había pasado y fui a parar directamente a Giselle Matasso.

Me obligó a contárselo todo y luego me dijo con una voz gélida que corriera a decírselo a mi padre.

Antes de que llegara siquiera a la escalera de servicio, sonó un disparo.

Sus hombros se sacuden mientras susurra:

—Mi padre vino corriendo, le conté lo que había pasado y me ordenó que fuera a esperar con Flora. De repente nos metieron en un coche y esa fue la última vez que los vi. Fuimos a vivir con nuestra abuela, que era cruel y controladora, así que supongo que más de lo mismo.

Se seca las lágrimas y susurra:

—Murió poco después y fuimos a vivir con los Bachini. Nos adoptaron y fue entonces cuando empezó mi verdadera pesadilla.

—Continúa.

Me interesa vagamente, pero no me creo nada de lo que sale de la boca de esta mujer. La observo mientras coge el vaso y lo vacía de un trago, antes de decir con aspereza:

—Mario no era mejor que su padre, y me refiero a Carlos.

Me enamoré de él porque tenía mucho carisma y era muy fuerte.

Necesitaba un hombre así en mi vida y caí rendida.

Le seguí el juego en sus retorcidos pasatiempos porque lo amaba.

Estaba cegada por él y perdí la cabeza. Lo seguía a todas partes y hacía lo que me decía porque de verdad creía que me amaba.

Se seca las lágrimas y dice con un hilo de voz:

—Me habló de la Mafia Ortega. Que Giovanni había matado a su esposa y buscaba una sustituta. Organizó un encuentro donde estaría tu padre y yo hice mi parte.

Mira el retrato de mi padre y sisea:

—Fue fácil. No se cansaba de mí. Aunque era tan viejo...

Se estremece.

—Viejo y cruel, me recordaba a Carlos Matasso. Odiaba cada minuto a su lado, por eso busqué consuelo en los brazos de sus hijos.

—Ah, sí. Consuelo. ¿De verdad esperas que me lo crea? —digo con voz inexpresiva, y ella replica bruscamente:

—Es la verdad. Me habían usado durante tanto tiempo que estaba embriagada por el amor que recibía de cada uno de vosotros. Nunca tenía bastante, y entonces tu padre lo descubrió y tuve que protegerme.

Me mira desafiante.

—No iba a ser otra muesca en su lista de víctimas, así que hice lo necesario para sobrevivir.

Mario me presionaba cada vez más, así que, como siempre, le seguí el juego.

Vosotros tres estabais a salvo de ellos y me alegraba de que hubierais rehecho vuestras vidas lejos del peligro.

Mario se instaló aquí y se ganó la confianza de tu padre con el único objetivo de que lo nombrara beneficiario en su testamento.

Que lo mataran antes de que estuviéramos preparados fue un pequeño contratiempo, pero aun así lo celebré.

Me inclino hacia delante.

—¿Por qué quería Mario la Mafia Ortega?

—Por poder. Para desafiar a su padre y demostrar su valía.

Me recuesto en el asiento y la miro con expresión vacía.

Su historia no cuadra y, como ya ha demostrado que es buena actriz, no me creo ni una palabra.

Me lo guardo para mí porque lo último que necesito es que se entere de que ya sé lo que hay en el testamento de mi padre, así que me encojo de hombros, me levanto y la miro con desdén.

—Entonces me pregunto qué pasará cuando se lea el testamento de mi padre. Con Mario fuera de juego, supongo que hay una vacante en la cúspide, a menos que…

—hago una pausa para crear efecto—. A menos que mi padre decidiera que la familia es lo primero y no cayera en tus artimañas. Quizás nunca llegó a cambiar sus últimas voluntades y todo habrá sido para nada. Así que mi pregunta es: ¿por qué me cuentas esto?

La rapidez con que disimula una sonrisa triunfante me dice todo lo que necesito saber. Diana ya sabe lo que hay en ese testamento y se está cubriendo las espaldas por si todo se va a la mierda.

Compone una expresión inocente y dice con un brillo resuelto en los ojos:

—Porque quiero vengar la muerte de mi madre y hacer que el responsable pague. Quiero ayudarte a acabar con Carlos, y haré lo que haga falta.

Finjo aceptar sus mentiras con un gesto de asentimiento para que piense que me las trago.

¿Creo que es una víctima? Ni de coña, pero al menos ha aclarado algunas cosas y ahora sé a qué me enfrento, y no es a la mensajera que me mira con esperanza en los ojos. Es al hombre que lleva años manejándola como a una marioneta, el hombre al que más deseo atrapar: Carlos Matasso.