El don (Mafia Ortega nº 3) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

LEO

Tuve que ser brutal en el avión, aunque más por mi propio bien que por el de ella.

Este es un momento crucial en la vida de mi familia, y podría significar su fin.

Chastity es un contrato, nada más, y a pesar de la atracción que siento por ella, no puedo permitirme desarrollar sentimientos a raíz de eso.

Así que, más por mi propio bien, se lo solté todo sin rodeos y odié ver cómo mis duras palabras le arrancaban lágrimas.

Como yo, ella tampoco espera afecto, pero a diferencia de mí, lo conoció una vez, cuando sus padres la querían.

Yo no sé lo que es eso, así que no voy a perseguir algo que nunca he tenido; prefiero blindar mi corazón para protegerme.

A diferencia de mis hermanos, que han encontrado su paz con las mujeres que se cruzaron en su camino.

Yo no. Mi papel es salvar a esta familia y después sentarme a su cabeza.

No necesito distracciones, salvo algún polvo increíble de vez en cuando.

Chastity y yo follaremos. Ya lo sé, y será un acto de necesidad física, no emocional. Hay demasiada química sexual entre nosotros como para ignorarla y, como todas las mujeres antes que ella, Chastity cobrará y se largará cuando el trabajo esté hecho.

Así que me echo hacia atrás, vuelvo a mi lado del coche y le tomo la mano, Dios sabe por qué.

Mientras sus dedos se entrelazan con los míos, me permito un momento para disfrutar de lo inesperado.

Es como si pensáramos igual y hubiéramos sellado un pacto.

Estamos juntos en esto, y no bromeaba. La protegeré porque tenemos un objetivo común: la vida de Carlos Matasso.

Al cruzar las conocidas verjas de la finca, se me encoge el corazón. Odio este lugar con toda mi alma porque no alberga más que recuerdos amargos. Cada recodo del camino me recuerda algún acto violento que ocurrió allí, y el lugar está plagado de pesadillas retorcidas y almas rotas.

Cuando los coches se detienen en la entrada principal, mis hombres bajan y se plantan frente a los que se quedaron bajo el mando de Diana y Mario.

Ahora que él está muerto, dudo que la respeten igual, así que no encontramos resistencia mientras avanzo hacia la puerta abierta, arrastrando a Chastity detrás de mí.

La agarro tan fuerte que me duele hasta a mí.

La señora English, nuestra sufrida ama de llaves, nos recibe, y las lágrimas en sus ojos resquebrajan un poco el hielo que envuelve mi corazón. Casi hace una reverencia al decir:

—Don Ortega.

Esas dos simples palabras me aplastan el alma y, al mismo tiempo, la fortalecen. Cuando mi padre murió, yo era el heredero legítimo, pero resulta que le cedió ese título a otro.

—Todavía no, señora English, pero estoy en ello.

Le guiño un ojo y ella asiente.

—Entonces le deseo suerte, señor —dice esperanzada.

—¿Dónde está mi madrastra?

Odio cómo sabe esa palabra en mi boca. La señora English niega con la cabeza y señala la terraza.

—Lo está esperando, señor.

No me quedo para presentaciones. Con Chastity y Ryan a mi lado, salimos a la luz cegadora del sol, donde veo a Diana de pie en el lugar exacto donde murió mi madre.

Por un instante se me para el corazón y creo ver un fantasma, porque lleva el mismo vestido que ella llevaba el día en que la asesinaron.

Parpadeo de nuevo y debo de apretarle la mano a Chastity, porque susurra:

—¿Estás bien?

Seguro que piensa que es por Diana y probablemente cree que estoy enamorado de esa miserable. No lo estoy ni lo he estado nunca, pero esta bienvenida calculada no me está sentando nada bien.

La luz del sol brilla tras su larga melena rubia y le crea un halo que no se ha ganado en absoluto. Se acerca a nosotros con una sonrisa inocente y me mira por debajo de las pestañas, con las mejillas sonrosadas.

—Leo. Has venido.

Cualquiera que estuviera mirando pensaría que esta mujer es un ángel. Se presenta así mientras oculta al diablo bajo esa fachada de inocencia. Ignora por completo a Chastity, que está tensa a mi lado, la antítesis de la mujer que me mira con lo que parece amor en los ojos.

—Madrastra —digo con sarcasmo.

Ella niega con la cabeza, apenada.

—Ahora soy Diana, Leo. Ya no estoy casada.

—¿Y esperas que lo celebre? —replico con dureza.

Ella suspira como si la hubiera herido.

—Por favor, Leo. ¿Podemos hablar?

Echa un vistazo a mi mano, que sujeta la de Chastity, y susurra:

—En privado.

Antes de que pueda hablar, Chastity interviene con naturalidad:

—Encantada de conocerla, señora. Soy Chastity, la prometida de Leo.

Eso obliga a Diana a reconocer su presencia. Chastity señala a Ryan con la mano.

—Este es Ryan, y no puedo decir que esté encantado de conocerla, pero qué se le va a hacer.

Diana abre los ojos de par en par y mira a Chastity con sorpresa. Entonces Chastity se vuelve hacia mí y me dedica una sonrisa amorosa.

—Quizá deberías continuar esta conversación después de que nos hayamos instalado. El vuelo ha sido una mierda y me vendría bien refrescarme. ¿Qué dices, cariño? ¿Te apetece frotarme la espalda?

Diana parece haber recibido un picotazo de abeja; hace una mueca visible que me arranca una sonrisa.

—Por supuesto, tienes razón, nena. Vamos a instalarnos y quedamos para tomar algo. ¿En una hora?

—Que sean dos, cariño.

Chastity me guiña un ojo y me aletea las pestañas, sin dejarle ninguna duda a Diana de sus intenciones.

Diana tiene cara de pocos amigos cuando le damos la espalda y volvemos a la casa, y por alguna razón no puedo evitar celebrarlo. Sí, Chastity es una profesional y ha entendido la situación a la perfección. Ahora tenemos dos placenteras horas para «instalarnos», como ella dice.