CAPÍTULO 11
CHASTITY
Supe que Leo lo estaba pasando mal en cuanto salimos, y la razón iba vestida de blanco y cargada de malas intenciones.
He tratado con suficientes zorras en mi vida como para reconocer a una de campeonato, y que ignorara por completo a todos menos a Leo me puso los pelos de punta.
Fui descarada, cortante y brusca, y lo hice para dejar las cosas claras. Nadie se mete con Chastity Blake y vive para contarlo, y si esta mujer cree que es la excepción, está a punto de aprender una lección muy dura.
Leo me conduce por una gran escalinata de dos tramos y, al llegar al piso intermedio, me guía hacia una puerta al fondo. La habitación está llena de antigüedades, brocado dorado y objetos elegidos por su valor más que por su belleza.
—¿Esta es tu habitación? —digo, mirando alrededor con desagrado, y Leo suspira con pesadez—. Por desgracia, sí.
—¿Quién la decoró, la reina de Inglaterra? —Niego con la cabeza mientras Leo se quita los zapatos y se sienta en el borde de la cama.
—Estoy casi seguro de que ella lo habría hecho mejor —gruñe mientras se sienta en el borde de una cama con dosel rodeada de cuatro enormes cortinas de brocado pesado.
—Vaya, no me extraña que te largaras —me río mientras observo los muebles con pan de oro y los retratos de vejestorios polvorientos.
—Ven aquí.
Su orden me pilla desprevenida. Me doy la vuelta y lo miro con sorpresa mientras se quita la chaqueta y se desabrocha la camisa.
—¿Qué haces? —siseo mientras me hace un gesto con el dedo para que me acerque y señala el suelo.
—He dicho que vengas aquí.
—Vete a la mierda —respondo, sacudiendo el pelo y cambiando el peso de un pie a otro con incomodidad. La verdad es que no sé cómo actuar porque esto es inesperado. ¿De verdad espera que me arrodille ante él y le chupe su piruleta dorada antes de la cena?
Una risa baja me hace mirarlo, y sonríe.
—Me encanta cuando te enfadas.
No digo nada y trago con dificultad mientras tira la camisa al suelo y flexiona los abdominales.
—Tranquila, no voy a abalanzarme sobre ti. Solo quiero repasar algunas cosas.
—Pues habla.
Niega con la cabeza y dice con un gruñido grave:
—No me obligues a ir a buscarte.
—Me gustaría verte intentarlo, imbécil —le suelto, porque ni de coña voy a dejar que un hombre me controle.
Suspira con fuerza y señala la habitación alzando las cejas, y enseguida sé a qué se refiere. He estado en suficientes situaciones como para conocer las cámaras ocultas y los dispositivos de escucha, así que, sintiéndome un poco tonta, me acerco y me siento junto a él lo más pegada posible.
—Necesito follarte ahora mismo.
Lo dice en voz ligeramente más alta de lo normal, y ahora entiendo a qué juega.
—¿Y a qué esperas? —digo mientras me coloco a horcajadas sobre él en la cama. Por si acaso, claro.
Me atrae hacia él y susurra contra mis labios:
—Ducha. Ahora.
Mira fijamente hacia la puerta que supongo da al baño y, sin mediar palabra, nos levantamos y lo sigo hasta un cuarto de baño anticuado. Pone los ojos en blanco mientras reprimo una risita al ver los grifos chapados en oro y la bañera con patas; la decoración parece sacada de los años cincuenta.
Se me cae la mandíbula al mismo tiempo que los pantalones cuando se los quita en toda su gloria desnuda y, con una sonrisa burlona, entra en la ducha. Abre los chorros al máximo y se apoya contra la pared de azulejos mientras me observa con un desafío en la mirada.
—¡En serio! —articulo sin emitir sonido, y él asiente y dice en voz alta—: Date prisa, cariño, pensé que querías que te frotara la espalda.
El desafío queda flotando entre nosotros, y yo nunca me he echado atrás ante uno, así que llevo lentamente la mano a la espalda y bajo la cremallera del vestido, dejándolo caer al suelo y revelando que la ropa interior no es lo mío.
La sorpresa en su rostro mientras me planto ante él tal como Dios me trajo al mundo hace que todo valga la pena, porque a este juego pueden jugar dos, y a mí siempre me gusta ganar.
Me acerco a él con mi propia sonrisa burlona y, al entrar en la ducha, le cojo la mano y digo con voz ronca:
—A ver, ¿qué decías de frotarme la espalda?
Me doy la vuelta y dejo que los chorros me limpien el cuerpo.
Cojo el jabón y empiezo a frotármelo con movimientos lentos y sensuales.
Él se acerca más, me recoge el pelo sobre un hombro y, mientras sus dedos me masajean suavemente el cuello, cualquiera pensaría que he despertado en el cielo.
Me deja besos ligeros como plumas en el cuello y susurra:
—Recuerda, tenemos que seguir con este papel incluso cuando no haya nadie cerca, porque esta casa tiene ojos y oídos en todas partes.
Asiento, prometiéndome hacer un barrido de la habitación por mi cuenta, porque estoy acostumbrada a buscar dispositivos; forma parte de mi trabajo.
Me estremezco cuando me mordisquea la oreja y susurra con voz ronca:
—Así que ahora eres mi prometida.
Sonrío para mis adentros, encantada con su tono burlón mientras el vapor acaricia mi cuerpo dolorido.
—Pensé que apreciarías el gesto.
—Supongo que viene con ciertos beneficios.
—Como un anillo, quizás. Prefiero los solitarios. A lo mejor podríamos ir a buscar uno por la mañana.
Sus labios trazan un camino desde mi cuello hasta mi hombro, y sentir su contacto en mi piel es el mayor placer que he tenido en mucho tiempo.
—Te costará.
Su voz grave contra mi oído me hace temblar, y susurro:
—¿No paga el hombre el anillo?
Arqueo la espalda cuando su mano me rodea la cintura, se extiende sobre mi vientre y me atrae con más fuerza.
—¿Qué obtengo por mi dinero?
Baja la mano, y mis sentidos se descontrolan mientras digo con un suspiro:
—¿Qué quieres?
Gimo cuando sus dedos bajan y me acarician el clítoris, y él gruñe:
—¿No es obvio?
—En realidad, no —bromeo, esperando que lo diga claramente solo por diversión, y cuando me mete dos dedos, las rodillas casi me fallan mientras me frota el clítoris y empuja con más fuerza al mismo tiempo.
—Ahora, ¿es obvio?
Gime contra mi oído y respiro entrecortadamente mientras jadeo:
—¿Quieres follarme?
—¿Te gustaría eso, nena?
—Si consigo un anillo, claro —replico, sabiendo que soy una zorra descarada que lo haría por el morbo de todos modos.
—Tendré que sacarle partido a mi dinero.
Me empuja hacia delante y el agua cae sobre mi espalda, y cuando me separa las piernas de una patada, extiendo las manos y me apoyo en los azulejos.
Su polla presiona contra mí desde atrás y gruñe:
—¿Es esto lo que quieres?
—Sí —susurro, porque justo en este momento es todo lo que quiero en la vida, y no pierde tiempo en embestirme, lo que me hace gritar—. ¡Joder!
Coloca ambas manos en mis caderas y embiste con tanta fuerza que casi caigo hacia delante, y es lo único que me impide estamparme la cara contra los azulejos. Es tan bueno que quiero que dure para siempre mientras me llena por completo y el vapor de la ducha alivia el ardor.
Mientras embiste, me frota el clítoris con los dedos, y juro que veo ángeles cuando me corro tan fuerte que grito el nombre del cabrón.
—Leo, joder, qué bueno. No pares.
Continúa sin descanso, atravesándome el cuerpo, y cuando creo que no puedo aguantar más, se retira y se corre sobre mi trasero con un rugido.
El corazón me late tan rápido que no puedo seguirle el ritmo y agradezco que la ducha limpie mi pecado porque ¿qué demonios acaba de pasar?
Quedé atrapada en un momento que no habría podido detener aunque lo hubiera intentado, y no estoy segura de cómo me siento ahora.
Nunca tuve intención de que esto pasara.
Estaba jugando con él, provocándolo, y sin embargo quería lo que pasó más que nada.
Lo quería a él más que a nada ni a nadie que haya conocido.
Entonces sucede algo que me sorprende aún más: me da la vuelta y me envuelve en sus brazos, con suavidad, delicadeza y me atrevo a decir que con afecto. Me estrecha contra su pecho y entierra el rostro en mi cabello empapado y susurra:
—Gracias.
Este pequeño gesto me afecta más que lo que acaba de suceder, y mientras me aferro con fuerza, emociones extrañas desplazan mi vergüenza y permanecemos abrazados mientras el agua humeante limpia nuestras almas.