CAPÍTULO 9
CHASTITY
Pensé que lo tenía calado. Me equivoqué.
En cuanto se fue, solté el aire que estaba conteniendo porque me leyó como un libro abierto.
De algún modo, logró adentrarse en mis pensamientos más oscuros y sacó a la luz el monstruo en que me he convertido.
Tenía razón. Hice todo eso y más, y no me avergüenzo.
Era necesario convertirme en un monstruo, y supongo que hace falta uno aún mayor para reconocer a un espíritu afín cuando lo ve.
No sé qué hacer ahora. Quiero desaparecer. Esconderme donde nadie pueda ver lo débil que soy. Me ha acorralado y la única salida es luchar. Matar, engañar y arrancarme el último resto de humanidad que me queda.
Por alguna razón, se me escapa una lágrima mientras miro por la ventana, recordando mi vida cuando no sabía lo que era el dolor. Echo tanto de menos a mis padres que me duele físicamente. Ahora no tengo a nadie. Estoy sola y es en momentos como este cuando me doy cuenta de lo duro que es.
Durante el resto del vuelo, me quedo sentada en silencio e intento recomponerme.
Ordenar mi pasado y organizar mi presente.
Mi futuro depende de ello, y que mi debilidad haya quedado al descubierto durante un instante de quiebra no me distraerá de mi misión.
Dirijo mis pensamientos hacia el hombre al que he dedicado mi vida a destruir.
Siempre está ahí, detrás de mis ojos cuando se cierran y en mis pesadillas.
Cuando camino, creo verlo, y el corazón me da un vuelco de miedo antes de darme cuenta de que es solo un hombre que se le parece, y el alivio es imposible de ignorar.
Temo volver a verlo y me preocupa mi reacción ante eso.
¿Puedo hacer esto? ¿O todo habrá sido en vano?
De vez en cuando, miro hacia la parte trasera del avión y veo la cabeza inclinada de un hombre que me ha sorprendido.
Pensé que era como todos los hombres que había conocido antes.
Lo subestimé. No lo es. Jugó conmigo a mi propio juego y ganó, y odio el sabor amargo de la derrota. Siempre lo he odiado.
Ahora quiere que interprete a su novia adoradora y no estoy segura de estar a la altura del desafío.
Eve se detiene y me lanza una mirada preocupada.
—¿Puedo traerte algo, Chastity? ¿Algo de comida quizás, o otra copa de champán?
Que sea amable significa mucho para una mujer como yo, porque no tengo amigos. Nunca estoy en un lugar el tiempo suficiente para crear vínculos.
—¿Puedo tomar un café, por favor?
Sonrío y ella asiente.
—Por supuesto, enseguida lo traigo.
Se va con una sonrisa comprensiva, y apoyo la cabeza contra la ventana mientras contemplo el sol posado en el borde de las nubes.
Cualquiera pensaría que estoy de visita en el cielo.
Viendo lo que podría haber sido mío si no me hubiera pasado al lado oscuro.
Cuando atravesemos esas nubes, quién sabe qué infierno en la tierra me espera, y es tan tentador quedarme aquí y dejar fuera la vida real.
Eve regresa con el café y unas pastas finas, pero me deja a solas, consciente de que eso es exactamente lo que necesito ahora mismo.
Soy una solitaria y siempre lo he sido, y todo lo que he hecho para adiestrarme en el arte de la venganza no me hace sentir mejor conmigo misma en absoluto.
El avión aterriza en otro aeródromo privado y el sol radiante me indica que aquí hace calor. La hierba seca y las palmeras lo confirman, y mientras el avión se detiene, ya noto el calor del exterior a través de la ventana.
Levanto la vista cuando Leo se detiene frente a mí y dice con voz aburrida:
—Ven. Ahora viajas conmigo.
Me ofrece la mano, que ignoro deliberadamente, y me levanto del asiento para mirarlo con el odio que se merece.
Solo consigue que su sonrisa se ensanche aún más, y mientras se da la vuelta y se dirige a la puerta, me desconcierta un poco la sonrisa genuina que le dedica a Eve al decir cortésmente:
—Gracias.
Observo cómo le pone un fajo de billetes en las manos y solo el rubor de sus mejillas revela cuánto le gusta.
Bueno, ya somos dos, porque ese simple gesto ha borrado parte de la irritación que siento hacia él, al reconocer a un hombre que lucha por contener su lado bueno.
Me permite entrever a un hombre que me gusta mucho más que el que se sentó frente a mí y destrozó mi vida con palabras hirientes y una perspicacia devastadora.
Me detengo solo para abrazar a mi nueva amiga y salgo a la luz del sol. Me encanta sentir su calor en mi sangre ya ardiente. Tiene algo casi curativo, y alzo el rostro hacia él, respiro hondo e intento absorber la luz en medio de una situación tan oscura.
Llegamos al segundo coche y me deslizo junto a Leo. La puerta se cierra detrás de mí, aislándome de la realidad, y mientras el coche se aleja del avión, miro fijamente por la ventana, consciente de que tiene la atención clavada en mis piernas.
—Estás enfadada.
Su voz ronca me alcanza, y me encojo de hombros.
—No siento nada.
Su risa grave me irrita aún más, y casi pego un brinco cuando su dedo se desliza por mi mejilla hasta posarse en mi barbilla y me gira el rostro hacia el suyo.
Está tan cerca que se me corta la respiración mientras sus labios se ciernen peligrosamente sobre los míos y susurra:
—Estamos enamorados, ¿recuerdas? Tienes que hacer tu papel porque mi madrastra se dará cuenta enseguida si estamos fingiendo.
—Pero estamos fingiendo.
Aleteo las pestañas mientras roza sus labios contra los míos y dice con voz ronca:
—Ya has fingido antes. Eres toda una profesional, recuerda.
Se me llenan los ojos de lágrimas al recordarme lo escoria que soy, y me sorprende cuando me las seca con delicadeza y me mira con preocupación.
—No te juzgo, Chastity. Eres muy parecida a mí. Hacemos lo que debemos para sobrevivir.
Me quedo paralizada, incapaz de moverme aunque quisiera, mientras sigue acariciándome la mejilla con suavidad y susurra:
—Relájate, cariño. Estoy contigo en todo esto y, al fin y al cabo, me conviene que salga bien.
Me sorprende cuando se inclina y posa sus labios sobre los míos, y solo sentir esa suavidad me desarma en un instante.
Cuando me atrapa el labio inferior con delicadeza y lo muerde suavemente, me acerco a él, desesperada por más de esa atención deliciosa.
Su mano se desliza hasta mi nuca y me agarra el pelo, sujetándome la cabeza con firmeza mientras me besa con suavidad y seducción, saboreando cada segundo.
Por alguna razón, me gusta y le devuelvo el beso, dejándome llevar por el momento y bajando un poco la guardia.
Es como si fuéramos amantes de verdad: me trata como si fuera de porcelana fina, con una delicadeza exquisita.
Es embriagador y quiero más, y cuando se aparta, una ola inmensa de decepción amenaza con ahogarme.
Una vez más, me acaricia el rostro mientras me mira a los ojos y quedo hipnotizada cuando susurra:
—Te trataré como a mi reina. Pero no cometas el error de enamorarte de mí.
Me hace sonreír y mis ojos brillan divertidos mientras susurro:
—Lo mismo digo, cariño.
Sonríe contra mis labios y, así sin más, la nube negra se disipa y llegamos a un entendimiento. Mientras sellamos el trato con otro beso abrasador, me siento más dueña de la situación y me recuerdo a mí misma que en solo unos días esto será un simple recuerdo feliz, o no sabré absolutamente nada.