Oro de Locos (Las Aventuras de Sam Harris 1) Capítulo 33
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Capítulo 33

Gloria les había conseguido sitio en una camioneta que llevaba un cargamento de víveres a Riccuarte.

Las gallinas cacareaban y aleteaban en jaulas de madera colocadas sobre sacos de arroz y azúcar.

Las cajas de aceite de cocina relucían bajo el sol de la mañana allí donde parte del contenido se había derramado sobre el cartón.

Gloria y Mike iban delante, con ella en medio y él apretujado contra la puerta.

Gloria tuvo que lidiar con la incapacidad del conductor para mantener la mano en la palanca de cambios.

No tardó en darse cuenta de que, al menor bache del camino, la mano se le escapaba y acababa sobre su rodilla.

Se le había contagiado parte de la indignación de Sam ante el machismo cotidiano de los hombres de Sierramar y, cuando él se volvió más atrevido y le puso la mano en el muslo, Gloria fingió quemarle por accidente el dorso de la mano con el cigarrillo.

Él captó la indirecta y condujo malhumorado el resto del trayecto.

Gloria se había convertido en una mujer liberada.

¿Qué diría Sam? Mike, siendo como era, no se enteró de aquel drama porque iba asomado por la ventanilla, hasta que un insecto enorme le golpeó en la boca y lo arrancó de sus ensoñaciones.

Volvió a meterse en la cabina e intentó subir la ventanilla, pero la manivela giraba sin enganchar.

Cuando entraron en la plaza principal de Riccuarte, Gloria vio a Segundo caminando junto a una mujer negra y regordeta. Los dos se reían, y ella llevaba el brazo enlazado con el de él. Gloria y Mike bajaron de la camioneta y alcanzaron a la pareja.

—¿Segundo? —dijo ella, dándole un golpecito en el hombro—. ¿Qué está pasando? ¿Dónde está Sam? ¿Quién es esta mujer?

Él se volvió de golpe y pareció culpable durante un instante, aunque no tardó en recobrar la compostura.

—Señorita Gloria, ¿qué hace usted aquí? Esta es doña Elodea.

Gloria saludó a Elodea con la cabeza, pero volvió a centrar su atención en Segundo.

—Hemos venido a ver si podíamos ayudar, pero parece que lo tienes todo bajo control.

Su sarcasmo dio en el blanco. Segundo bajó la vista, indeciso.

—Los aldeanos no me dejaron marchar —dijo—. Carlos ha ido a Arenas para avisar a don Moises de que Wilson Ortega no debe llegar a la meseta. Don Moises es el jefe de la tribu indígena que vive en Arenas, así que Wilson no podrá escapar. Carlos lo traerá de vuelta aquí.

—Don Moises no nos fallará —dijo doña Elodea.

—¿Quién es don Moises? —preguntó Mike.

Antes de que Elodea pudiera responder, un dolor espantoso le recorrió el brazo y le atenazó el pecho. Alargó una mano hacia Gloria, pero cayó al suelo antes de conseguir agarrarla del brazo.

Gloria gritó al ver a Mike desplomarse a sus pies. Segundo se arrodilló a su lado y le tomó el pulso.

—¿Está muerto? —preguntó Gloria, pálida por la impresión.

—No lo creo.

—Llevadlo a mi casa —dijo doña Elodea—. Soy la curandera del pueblo.

Segundo se agachó y se cargó a Mike al hombro. Después lo acomodó en el asiento delantero de la camioneta. El conductor se dirigió a casa de doña Elodea con Segundo encaramado en el portón trasero, desde donde le iba dando indicaciones a gritos.

Gloria siguió la camioneta junto con doña Elodea. Cuando el vehículo cayó en un bache enorme, una lluvia de agua embarrada las empapó. El conductor había ayudado a Segundo a llevar a Mike al interior de la casa y salió por la puerta principal mientras devoraba una empanada.

—Conductor, ¿puedes llevarnos esta noche a San Lorenzo? —preguntó Segundo.

—Claro. Dejadme descargar primero todos los víveres y volveré después de comer para recoger a quien quiera ir.

Gloria entró en la casa, donde Mike yacía en la cama con los ojos abiertos mientras doña Elodea le aplicaba una especie de cataplasma en el pecho. Al entrar Gloria, la mujer se volvió y dijo:

—Un ataque de angina.

Después siguió trajinando alrededor de Mike y mezclando en cuencos unos ingredientes de aspecto extraño. Gloria sospechó que era una bruja, pero no dijo nada por si estaba en lo cierto. Mike había recuperado el color.

—¿Qué ha pasado? —preguntó.

—Has sufrido un ataque de angina. ¿Te había pasado alguna vez? —dijo Gloria.

—Hum, sí. Ya te dije que tenía un problema de corazón.

—Creía que estabas exagerando. ¿Por qué no nos dijiste que era tan grave?

—No me habríais dejado venir.

—Tienes razón, no te lo habríamos permitido. En cualquier caso, tenemos que llevarte al hospital para que te hagan una revisión.

—¿Y qué pasa con Alfredo y Sam?

—Don Moises se asegurará de que Wilson no pueda hacerles daño. Estarán bien y, quién sabe, quizá encuentren el tesoro y lo traigan a casa —dijo Gloria.

—Pero ahora estoy bien.

—¿Y cómo lo sabes? ¿Crees que voy a dejar que la fuente de mi sueldo se meta en la selva para sufrir otro ataque al corazón? Ni hablar. Nos volvemos a casa.

Mike sonrió.

—A mí no me engañas. En el fondo me quieres. Está bien, iré. He perdido el conocimiento durante un momento, y eso no puede ser normal. Sam y Alfredo están a salvo y quizá estén a punto de hacer un descubrimiento asombroso. ¿No deberíamos dejar aquí a Segundo?

—Se niega a separarse de mí hasta saber que estoy a salvo de vuelta en Calderon, así que voy a llevarte al hospital con él.

Podemos esperar allí a recibir noticias.

Deberíamos llamar a mi padre desde San Lorenzo para decirle que estamos a salvo.

Haré que envíe un coche a Riccuarte para que espere hasta que Alfredo y Sam salgan de la selva —dijo Gloria—.

Descansa un poco. El conductor volverá hacia las tres y tienes que estar listo para viajar.

—Vete a fumar y déjame en paz.

Gloria salió llevándose por el camino una de las empanadas de doña Elodea.

El conductor regresó a última hora de la tarde para recoger a Gloria, Mike y Segundo.

Mike y Gloria se sentaron delante. Durante el viaje de vuelta, el conductor no tocó la rodilla de Gloria.

Segundo había hablado con él sobre el respeto debido a la hija del señor Hernan Sanchez, lo que estuvo a punto de hacer que se desmayara de miedo.

Mike se había recuperado del achaque, pero seguía alicaído.

Volvieron a alojarse en el mugriento hotel de San Lorenzo.

De camino por el mercado, Gloria compró una mosquitera y la llevó a su habitación como si fuera contrabando.

Comieron en una cantina cercana, pero ninguno tenía apetito.

Gloria fue a la tienda del pueblo, donde se encontraba la única línea telefónica de la localidad, y llamó a su padre para decirle que estaban a salvo.

—¿Papi? Soy yo, Gloria. ¿Me oyes?

—Sí, garbancito, te oigo. ¿Estás bien?

—Ha sido toda una aventura. Mike ha sufrido un ataque de angina, pero ahora está bien. Voy a llevarlo al hospital de Calderon.

—¿Encontrasteis a Wilson Ortega?

—No, pero los lugareños lo están buscando y no llegará muy lejos.

—¡Excelentes noticias! ¿Dónde están Sam y Alfredo?

—Siguen en la selva. ¿Podrías enviar a tu chófer a Riccuarte para que los espere? Imagino que estarán agotados cuando salgan. No tenemos noticias de sus progresos, pero ahora están a salvo porque los lugareños ya saben lo de Wilson.

—Será un placer, cariño. ¿Puedes pedirle a Segundo que se ponga, por favor?

—Está aquí mismo. Ah, ¿y puedes mandar al chófer a recogernos mañana por la mañana para que podamos tomar el vuelo de la tarde a Calderon? Después puede regresar a Riccuarte para esperar a Sam y Alfredo.

—Lo llamaré después de hablar con Segundo. Cuídate y nos veremos pronto.

Gloria dejó el auricular sobre la repisa y fue a buscar a Segundo. Él se acercó y se llevó el teléfono al oído.

—Buenas noches, jefe —dijo.

—Buenas noches, Segundo. Saca a mi hija de ahí antes de que se meta en problemas.

—No hay problema, jefe.

—Eres un buen hombre en una crisis. Ya sabes dónde recoger tu dinero.

—Sí, jefe. Gracias.

Segundo colgó el teléfono con una sonrisa y regresaron a sus habitaciones llenas de crujidos.